Un gentío, un parapeto por @ArmandoMartini

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Venezuela se ha convertido en un espejo roto. Al mirarlo, cada quien encuentra el reflejo de su tragedia, pero no reconoce la imagen de una nación. Lo que invita a reflexionar, si esta tierra ha dejado de ser pueblo para devenir en un gentío, un parapeto. La distinción no es semántica, sino existencial, define el diagnóstico y, por tanto, la cura posible.

Hay diferencias entre pueblo y gentío. El primero es una comunidad política, un conjunto de ciudadanos unidos por instituciones, normas compartidas y pacto que ordena la convivencia. Son reglas y afectos que trasciende a los individuos de turno. El segundo, en cambio, es una multitud yuxtapuesta por la geografía y circunstancia, carente del entramado institucional que da sentido colectivo. Cuando se afirma que Venezuela se ha convertido en un gentío, no se desprecia a su gente, se dictamina la ausencia que transforma a una masa humana en nación. El Estado como institución y las instituciones como esqueleto del Estado.

Max Weber, sociólogo alemán, definió al Estado moderno por su monopolio legítimo de la violencia. Pero esa prerrogativa es legítima y, por tanto, solo constituye un Estado cuando se ejerce a través de reglas estables, previsibles y aceptadas como vinculantes por gobernantes y gobernados. Un aparato que controla la fuerza, pero no se pliega a la ley no es un Estado, es una organización de poder indistinguible en su lógica de una banda criminal armada. La diferencia entre el Leviatán de Hobbes y el cacicazgo no radica en la magnitud del poder, sino en su institucionalización; que exista por encima de las personas que lo ejercen.

En Venezuela, las entidades que deben encarnar esa impersonalidad, Asamblea Nacional, Poder Judicial, Electoral, Fuerza Armada como cuerpo profesional, no partidista, han sido vaciadas de autonomía. No han desaparecido en su forma; los edificios siguen, los cargos están ocupados, las sentencias se dictan. Pero su función de arbitrar, limitar, ha sido sustituida por la lealtad a quien manda. Es la esencia de la desinstitucionalización; cuando la norma deja de ser el árbitro y el poder se convierte en el único criterio de verdad jurídica y política.

Émile Durkheim, sociólogo francés, llamó anomia a una sociedad donde las reglas colectivas perdieron su fuerza reguladora, dejando al individuo sin brújula. La crisis venezolana no es la ausencia de reglas escritas, sino el abandono de leyes creíbles. No se puede planificar la vida, empresa o futuro, confiando en que la guía de hoy regirá mañana o que se aplicará igual para todos. Cuando es discrecional, deja de ser derecho, convirtiéndose en instrumento de dominación.

Ortega y Gasset, ensayista español, advirtió sobre el peligro de una sociedad sin criterio ni respeto por minorías idóneas que sostienen la civilización. Venezuela vive una versión trágica de esa advertencia, no porque su gente carezca de virtud o inteligencia, las tiene, y en abundancia, sino que el espacio estructural que permite canalizar ha sido demolido. 

Sin ese andamiaje, la sociedad se atomiza en individuos que sobreviven por su cuenta, emigrando, improvisando economías paralelas, negociando micropoderes cotidianos. Un gentío coexistiendo en el mismo territorio sin arbitraje normativo que las convierte en un cuerpo político.

Alexis de Tocqueville, historiador francés, observó que la fortaleza de una democracia no reside solo en sus leyes, sino en el lienzo asociativo que se construye entre individuo y Estado; gremios, prensa libre, partidos con vida propia. Ese tejido intermedio impide el poder absoluto, evitando la disolución de la sociedad. En Venezuela ha sido erosionado con saña, inhabilitando el derecho a elegir y ser elegido, medios clausurados, intervenciones injustificadas, asociaciones cooptadas, expropiadas. El remanente no es una sociedad civil recia, vigorosa, enfrentando un Estado fuerte, sino un vacío reglamentario. Ni Estado, ni verdadera sociedad organizada. Solo un parapeto, sostenido por la memoria de lo que fue y la esperanza de lo que podría volver a ser.

Norberto Bobbio, politólogo italiano, recordaba que una institución no es edificación ni cargo, es la convención sostenida por la creencia de que vale la pena respetarla, incluso cuando resulta incómoda. El día en que los ciudadanos y quienes gobiernan, dejen de creer que las reglas los obligan, el organismo muere, aunque su nombre permanezca en la Gaceta Oficial. 

Reconstruir Venezuela como Estado, es tarea de ingeniería constitucional, reforma administrativa, pero, ante todo, la reparación de la fe cívica, la convicción de que existe algo por encima del poder de turno. Mientras no se reconstruya, seguirá siendo, políticamente, un parapeto de multitud de destinos individuales, sin el hilo organizativo que los diseñe como pueblo.

La pregunta, no es si lo somos, sino si estamos dispuestos a dejar de serlo. El gentío es un hecho, la ciudadanía, el pueblo, un proyecto. Y para ser viable, urge recuperar la esperanza de lo común.

@ArmandoMartini

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