Por David Morán Bohórquez
¿Qué es el poder? Podríamos definirlo como la capacidad de unos de moldear, limitar o determinar la conducta y decisiones de otros actores. Pero esa es una noción intuitiva y, en el fondo, errónea. Es como pensar que la inflación es el aumento de los precios; el aumento es el termómetro, no la inflación propiamente dicha.
La base del poder es la obediencia voluntaria. No hay otra. Lo demás son recursos y medios para moldearla, como la coerción, la corrupción, la persuasión o la disuasión. Tenemos, entonces, que un actor es poderoso porque tiene muchas personas que lo obedecen voluntariamente. Es decir, el poder es una cualidad transitiva, que viaja de muchos otros hacia algo o alguien; supongamos, la Constitución de un país, donde esa obediencia del ciudadano es la que establece y sostiene el orden social.
En el siglo XVI, el filósofo francés Étienne de La Boétie formuló la paradoja sobre lo que califico como la “servidumbre voluntaria”: las tiranías y los sistemas de poder no se sostienen por la fuerza física del gobernante, sino porque los gobernados consienten su propia dominación. Con esto quiero ilustrar que el poder no reside en quien da la orden, sino en quien decide obedecerla.
Hago estas precisiones compactas para que veamos cómo opera el juego de poder en un proceso de negociación.
En la toma de decisiones y la negociación estratégica, el poder real no se mide por la estridencia de las amenazas o la acumulación de recursos de coerción, sino por la capacidad de alterar la matriz de pagos del adversario y de controlar el menú de opciones disponibles.
Bajo esta lupa, no estamos ante un proceso de negociación genuino, donde dos actores con cuotas de poder real y autónomo medición fuerzas para alcanzar un equilibrio de compromisos. Lo que presenciamos es, en realidad, una coreografía de la actuación. Un simulacro diseñado para proyectar la ilusión de que existe un canal de resolución de conflictos, cuando en la práctica su único objetivo es consolidar y perpetuar la obediencia voluntaria de los actores involucrados y de la audiencia que los observa.
En este mecanismo, el señor Kozak ha impuesto sus condiciones:
- La agenda está predeterminada: Se discute únicamente lo que al poder estadounidense le resulta cómodo o funcional para ganar tiempo, excluyendo sistemáticamente las variables estructurales que podrían alterar el statu quo.
- Las reglas del juego son asimétricas: Ha impuesto a las partes —Figuera y Rodríguez— que actúen bajo la premisa de que la coerción y la disuasión son absolutas, autoexcluyéndose ambos de la posibilidad de romper la baraja.
- El resultado es un falso consenso: Se firma la apariencia de un acuerdo para justificar la permanencia en el tablero, legitimando indirectamente al controlador bajo el manto de la «diplomacia».
Y, queramos verlo o no, el tiempo no es de Venezuela; el reloj que marca la actuación es el de Estados Unidos. Quienes participan de este mecanismo bajo la etiqueta de «negociadores» no están ejerciendo poder; están siendo disciplinados por él. Al aceptar un menú de opciones diseñado exclusivamente por EE. UU., su aparente «voluntad de negociar» no es más que otra forma de servidumbre voluntaria, una capitulación metodológica que disfraza de pragmatismo lo que en el fondo es pura subordinación.
El objetivo real de esta puesta en escena no es el resultado nominal —quiénes integrarán el nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE) o qué día exacto se fijará en el calendario para las elecciones presidenciales—. Esos son apenas los accesorios llamativos que se agitan en el aire para mantener distraída a la audiencia. El verdadero objetivo es controlar el tiempo.
En la estrategia política, el tiempo es un recurso asimétrico. Para el régimen, congelar el tiempo o dilatarlo indefinidamente es una victoria táctica que prolonga el statu quo. Para las fuerzas democráticas y la sociedad civil, el tiempo que se escurre sin concreciones es pura entropía y desgaste.
Una negociación profesional y genuina no es un proceso infinito ni un estado de deliberación permanente. Es, por definición, un método de resolución de conflictos finito, estructurado y de carácter eminentemente pragmático, que se desarrolla básicamente en tres actos perfectamente delimitados:
- Primer Acto (Exposición de demandas): Ambas partes ponen sobre la mesa sus posiciones iniciales, delimitando el espacio de lo que es negociable y lo que no, sin agendas ocultas sobre el propósito del encuentro.
- Segundo Acto (El punto de encuentro): Tras el intercambio de concesiones y el análisis de la matriz de pagos de cada actor, se llega a un punto intermedio que satisface el umbral mínimo de viabilidad y beneficio mutuo para ambas partes.
- Tercer Acto (El anuncio y la arquitectura): Se presenta públicamente el resultado del acuerdo y, de inmediato, se ejecuta la arquitectura institucional y las garantías que aseguran su cumplimiento estricto.
Cualquier proceso que no transite por estos tres actos con un horizonte temporal claro no es una negociación; es un mecanismo de contención.
Al sustituir este esquema profesional por el «mecanismo Figuera-Rodríguez», el titiritero logra que las marionetas representen una obra sin fin: un segundo acto eterno donde se discute sobre la discusión, se negocia sobre lo ya negociado y se simulan avances que se desvanecen al día siguiente. Mientras el público debate sobre los nombres del CNE o las fechas del calendario, el titiritero sonríe: el tiempo sigue corriendo a su favor y el control de la escena permanece intacto.
La gran pregunta para el análisis del poder es: ¿quién en EE. UU. está fijando el tiempo? Porque es claro que Kozak, el titiritero, es a su vez una marioneta de un juego mucho mayor.
P.D. ¿Y María Corina?
María Corina Machado es la verdadera jugadora de poder en Venezuela. Su peso político no es una concesión del tablero exterior ni un subproducto del «mecanismo»; representa el mandato de «We the people» emanado directamente de las primarias y ratificado en la gesta del 28 de julio.
Como jugadora de poder con entendimiento estratégico, sabe que el mecanismo Figuera-Rodríguez es impropio, artificial y ajeno al interés nacional. Su relación de poder es el ejemplo vivo de lo expuesto al inicio de estas líneas: se basa en la confianza de que ella obedecerá el mandato de los ciudadanos, y es esa obediencia mutua lo que la hace verdaderamente poderosa. No hay rastro de ingenuidad en su conducción; al contrario, ha demostrado una astucia y una consistencia notable.
¿Qué esperar de ella frente a este teatro? La contraloría ciudadana activa sobre el proceso. Por eso le temen tanto en el Departamento de Estado como los propios partícipes del simulacro local: porque ella representa el tiempo y el reloj de los venezolanos, que no necesariamente coinciden con los intereses de los titiriteros Washington.
En X @morandavid


