EEUU no reconstruirá a Venezuela (ni queriendo)

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Por David Morán Bohórquez

De la ilusión humanitaria a la urgencia de legitimidad

La semántica juega. Reconstruir significa volver a armar, restaurar o edificar algo que ha sido destruido, dañado o alterado. Es preciso el término y su comprensión.

En todo caso, lo que EEUU puede hacer, y lo está haciendo (mostrando el músculo logístico que se espera de una superpotencia cercana geográficamente) es ayudar a ponerle fin a la emergencia. Algo que está a años luz de reconstruir. Y ponerle fin a la emergencia significa también necesariamente pornerle fin al tutelaje.

Vayamos por pasos:

He preparado este gráfico para que el lector comprenda lo que ocurrió, que se ha hecho y que se necesita para comenzar la reconstruccion. Se explica solo

La curva azul de «Interés General» ilustra la trampa de la opinión pública y de la propaganda política: el foco de atención mundial (y la promesa de ayuda masiva) se concentra cuando la emergencia está en su punto más álgido (Etapas 1, 2 y 3), pero se desploma drásticamente justo cuando empieza el verdadero y costoso esfuerzo de reconstrucción estructural (Etapa 7, que se proyecta a 10 años).

Las cifras reales vs. el relato

Para dimensionar el abismo entre la ayuda de emergencia y la reconstrucción física, hay que desagregar las variables financieras de la catástrofe. Al día de hoy, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) estima el siniestro o daño físico directo en unos $37,000 millones de dólares. Esto representa estrictamente el valor de reposición de los activos destruidos (los más de 58,000 edificios reportados por la NASA, subestaciones eléctricas, vialidad y puertos).

Sin embargo, para levantar al país no basta con ponerle parches a lo dañado; se requiere formular un PDNA (Post-Disaster Needs Assessment o Evaluación de Necesidades Post-Desastre). El PDNA es una metodología internacional que calcula el costo real de la reconstrucción sumando tres componentes: el daño físico inicial, las pérdidas por interrupción económica (lucro cesante, caída del PIB) y el costo incremental de reconstruir bajo el principio de resiliencia (Build Back Better), aplicando nuevas normas sismorresistentes y un estricto reordenamiento territorial (PDUL). Por eso, la estimación preliminar del PDNA para Venezuela escala a un rango de entre $52,000 y $64,000 millones de dólares.

Frente a esta colosal factura de ingeniería y planificación a 10 años, el gobierno de los Estados Unidos ha anunciado al día de hoy un importante paquete de asistencia por $300 millones de dólares. El monto es masivo y vital para la Fase de Emergencia: financia hospitales de campaña, plantas potabilizadoras, rescatistas (USAR), atención médica y soporte logístico en puertos. Pero en la matemática dura de la reconstrucción integral, esos $300 millones representan apenas el 0.81% del siniestro directo y un marginal 0.52% del PDNA estimado.

La conclusión técnica es matemática: Estados Unidos financia el shock de la emergencia, pero la reconstrucción estructural del eje centro-norte-costero (las 4 zonas cero que causó el doble sismo) dependerá de la capacidad de absorción del Estado venezolano y del Plan Maestro Territorial para cada zona cero . La reconstrucción externa no existe. Como dicen en los llanos venezolanos «esa mentira no es verdad«

Ver detalles en:  Cero millardos, más precisión: Dos proyectos indispensabels para la reconstrucción de las Zonas Cero en Venezuela

Un detallito para cerrar este punto

Y aquí viene el baño de realidad financiera que termina por sepultar la ilusión de la reconstrucción externa: en las condiciones actuales, Venezuela no califica para recibir préstamos multilaterales de envergadura estructural por parte del FMI, el Banco Mundial o el BID.

Aunque el país reanudó formalmente sus relaciones técnicas con estos organismos en abril de 2026, la transición para convertirse nuevamente en un miembro pleno y apto para recibir créditos soberanos de inversión de gran escala tomará años. De hecho, la única «ayuda» financiera real que se gestiona hoy ante el FMI no es un crédito fresco, sino la liberación del tramo de reserva propio de la República —unos $350 millones de dólares en fondos de liquidez existentes— exclusivamente para paliar la emergencia humanitaria.

Sin acceso a la chequera del crédito internacional de largo plazo, el colosal peso de la reconstrucción (estimado en el PDNA entre USD 52.000 y USD 64.000 millones) recaerá necesariamente sobre el lomo del sector privado nacional e internacional. El único camino viable, técnico y realista para reactivar el eje centro-norte-costero será la articulación de mecanismos locales innovadores como el Land Pooling (reordenamiento y reparcelación de la tierra afectada) y esquemas de concesión y privatización donde el músculo privado sea el verdadero motor a corto, mediano y largo plazo.

La superpotencia nos ayudará a salir de la zona de desastre inmediata, pero la reconstrucción o la pagamos nosotros con inversión privada y reforma urbana, o simplemente no ocurrirá.

La otra gigantesca y más amplia emergencia: la legitimidad

Detrás de los escombros físicos corre, en paralelo, la urgencia de resolver la monumental crisis de legitimidad institucional. El plan inicial de tres fases diseñado para la transición se desarrolló bajo el paraguas de una profunda ambivalencia estratégica por parte de los Estados Unidos; una postura que para finales de mayo ya comenzaba a hacer aguas. Bajo una dinámica de learning by doing (aprender sobre la marcha), Washington empezó a improvisar presionado por grupos de poder específicos con acceso directo a la Casa Blanca. De esa improvisación nació y se ensayó un mecanismo fusible, de arquitectura evidentemente ineficiente: el mecanismo Kozak, Figuera y Rodríguez (mecanismo KFR), concebido dentro del juego de tensiones internas en el ala oeste de la Casa Blanca.

Sin embargo, el terremoto del 24 de junio barrió los tableros intermedios. Ante la magnitud de la catástrofe, Washington se vio forzado a elevar el Mecanismo KFR a la visibilidad pública como su estrategia central. Hoy, el foco de dicho esquema se concentra en una ruta crítica unívoca: nombrar un nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE) y fijar una fecha cierta para las elecciones presidenciales. Es allí donde radica la demanda popular más dura y transversal en Venezuela: la ciudadanía quiere elecciones para este año. Es así de clarito, cero paja, cero caries

La racionalidad política indica que someterse a esa demanda es lo único sensato. Al convalidar la vía electoral inmediata, Estados Unidos podrá finalmente abandonar el tutelaje operativo y abrir paso a una época dorada de cooperación bilateral con Venezuela.

Solo bajo un nuevo marco de legitimidad política incuestionable florecerá la confianza institucional necesaria para que las inversiones privadas nacionales e internacionales fluyan con la escala, la velocidad y la fuerza jurídica que se requieren para, ahora sí, iniciar la verdadera reconstrucción del país.

¿Jugará racionalmente el tutor? Apuesto a que los intereses oscuros salgan de la Casa Blanca y que en este tiempo hayan aprendido y se imponga la racionalidad y la sensatez. Y que en los próximos años, «we the people» podamos decirle soberanamente «welcome friends».

En X: @morandavid

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