No pretendo ser médico ni experto en diagnóstico por imágenes. Sin embargo, los años de experiencia me permiten hacer una especie de radiografía de la realidad política y social que vive Venezuela.
Al observar con mirada crítica la situación del país, resulta imposible no identificar los males, las fracturas y las profundas deformaciones que padece la anatomía política venezolana.
La primera conclusión es evidente: el régimen está fracturado. Está roto. Su división es inocultable.
El PSUV, que durante años quiso proyectar una imagen de bloque monolítico, hoy se asemeja a un jarrón de cristal hecho añicos.
Por un lado están los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello, juntos solo por conveniencia. Por otro, aparecen los rebeldes encabezados por Iris Varela y Mario Silva, enfrentados abiertamente al Rodrigato.
A esa disputa se suma Elías Jaua, que intenta pescar en río revuelto y quedarse con los restos de un partido que se desmorona día tras día.
También está la familia de Hugo Chávez, que lucha por mantener espacios de influencia en medio del caos interno.
Y ni hablar del madurismo, cada vez más arrinconado, debilitado y sometido a las decisiones de Delcy y Jorge Rodríguez, quienes concentran más poder mientras despojan a otros sectores de influencia, recursos y capacidad de maniobra.
Pero la radiografía no termina allí.
También revela a los grupos económicos vinculados al régimen intentando salvar sus fortunas, reorganizar sus intereses y poner a resguardo capitales cuyo origen proviene del saqueo del que ha sido victima el pais.
En ese mismo escenario aparecen los militares, inmersos en dos grandes batallas.
La primera es la lucha por el control de la Fuerza Armada tratando de desplazar a los últimos leales a Chávez y a Maduro y consolidar una nueva estructura de poder.
La segunda es económica que es el temor a perder privilegios, fortunas y enfrentar la justicia por los delitos cometidos lo que los lleva a desconfiar unos de otros, atrincherarse y profundizar sus divisiones.
La radiografía también expone el deterioro económico de un país que continúa enfermo mientras persista la causa de su enfermedad.
El dólar sigue disparado y devorando el salario de los venezolanos.
La paralización de sectores productivos es cada vez más evidente por la ausencia de inversión y de confianza.
Venezuela es, hoy, un paciente en estado crítico.
Pero toda radiografía no solo permite identificar la enfermedad; también orienta el tratamiento.
La solución pasa por una verdadera transición democrática que devuelva la confianza, reactive la economía, reconstruya las instituciones y abra un futuro de libertad y progreso para todos los venezolanos.
La radiografía es clara y el problema tiene nombre y la salida también.
Venezuela necesita elecciones libres, una transición auténtica y un nuevo gobierno predidido por María Corina Machado que inicie la reconstrucción nacional.
Así de sencillo.
Sin más que agregar, nos leemos la próxima semana.
Omar González Moreno


