Durante más de veinticinco años, el chavismo ha demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación política. Desde el liderazgo carismático de Hugo Chávez hasta la consolidación autoritaria de Nicolás Maduro y la reciente reorganización del poder, el movimiento ha logrado transformarse repetidamente para sobrevivir. La pregunta ahora es si esa capacidad de reinvención ha llegado a su límite.
Por: Leonardo Vivas
Hay movimientos políticos que mueren con su fundador. Otros sobreviven gracias al control de las instituciones. Unos pocos, como el peronismo argentino, consiguen reinventarse una y otra vez, adaptándose a circunstancias cambiantes y encontrando siempre nuevas fuentes de legitimidad. Durante más de un cuarto de siglo, el chavismo ha pertenecido a esta última categoría.
Primero fue el liderazgo carismático de Hugo Chávez, capaz de interpretar el agotamiento del sistema político nacido en 1958 y presentarse como la encarnación de una nueva época histórica. Más tarde, tras su muerte, Nicolás Maduro logró prolongar la supervivencia del proyecto mediante una combinación de control institucional, represión, propaganda y una creciente sofisticación en el uso de las tecnologías digitales. Finalmente, los acontecimientos del 3 de enero, que pusieron fin al gobierno de Maduro y dieron paso a un gobierno provisional encabezado por Delcy Rodríguez, inauguraron una tercera etapa, caracterizada por una reorganización del poder que deja por fuera a los más cercanos aliados del tirano y por un inesperado entendimiento con Washington.
Cada una de estas transformaciones respondió a una lógica distinta. Sin embargo, todas compartieron un mismo objetivo: preservar la continuidad del chavismo.
La pregunta es si esa extraordinaria capacidad de adaptación está llegando a su límite.
El doble terremoto de junio no sólo representó una nueva tragedia para un país que ha acumulado crisis durante más de dos décadas: colapso económico, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, emigración masiva y deterioro progresivo de sus instituciones. También pudo haber puesto al descubierto el agotamiento de un proyecto político que, por primera vez, parece haber perdido el relato que justificaba su permanencia en el poder.
No se trata únicamente de una crisis de gestión. Tampoco exclusivamente de una caída en los niveles de popularidad. Lo que parece estar en juego es algo más profundo: la capacidad del chavismo para seguir explicándose a sí mismo y explicar al país por qué continúa gobernando.
El nacimiento de un proyecto histórico
Cuando la democracia representativa venezolana —la llamada IV República— colapsó a finales del siglo XX, numerosos analistas intentaron comprender las razones de aquel desenlace. Con el paso del tiempo, Hugo Chávez terminó ocupando el lugar que suele corresponder a los grandes líderes de ruptura: no sólo apareció como el sustituto de una dirigencia agotada, sino como la personificación de un nuevo ciclo histórico.
Su liderazgo consiguió articular una narrativa extraordinariamente poderosa. Prometía rescatar a sectores históricamente excluidos, denunciar a las élites tradicionales, reivindicar la figura de Simón Bolívar como símbolo de soberanía frente a las grandes potencias y utilizar la renta petrolera para impulsar un modelo alternativo de desarrollo y de integración latinoamericana.
El espectacular incremento de los precios del petróleo durante buena parte de la primera década del siglo XXI proporcionó los recursos necesarios para convertir ese relato en una realidad política con enorme capacidad de movilización.
Durante años, la oposición y numerosos analistas subestimaron la profundidad de esa transformación. Cada derrota electoral o política era interpretada como un episodio pasajero, mientras el chavismo consolidaba un imaginario que trascendía la figura de Chávez y comenzaba a identificarse con el propio Estado.
La muerte del líder, en 2013, pareció abrir una oportunidad para el fin del experimento bolivariano. Muchos pensaron entonces que el movimiento no sobreviviría sin el magnetismo personal de su fundador.
Ocurrió exactamente lo contrario.
Aunque Nicolás Maduro nunca consiguió reproducir el carisma de Chávez, el chavismo encontró una nueva fórmula de supervivencia. A medida que desaparecía la bonanza petrolera y se profundizaba la crisis económica, el régimen desplazó progresivamente el centro de gravedad de su legitimidad.
Allí donde antes predominaban el liderazgo carismático y la redistribución de la renta petrolera, comenzaron a imponerse el control absoluto de las instituciones, la militarización del poder, la subordinación de los demás poderes públicos, el fortalecimiento de mecanismos paralelos como las comunas y, sobre todo, la utilización sistemática de la represión como instrumento cotidiano de gobierno.
Al mismo tiempo, el discurso oficial continuó presentándose como la expresión venezolana de un amplio proyecto latinoamericano de transformación social. Incluso cuando la realidad económica erosionaba esa narrativa, el gobierno conservó una notable capacidad para administrar la opinión pública.
Como ha señalado Alberto Ray al definir el fenómeno del “autoritarismo líquido”, las nuevas tecnologías digitales permitieron desarrollar mecanismos mucho más sofisticados de vigilancia, segmentación del mensaje y construcción de consensos aparentes. Ya no se trataba únicamente de censurar o perseguir; también de modelar percepciones, administrar expectativas y reducir el costo político del deterioro institucional.
Fue esa combinación de control estatal, represión y adaptación tecnológica la que permitió al madurismo prolongar durante trece años un proyecto que muchos daban por agotado.
Sin embargo, toda reinvención exige renuncias.
Y la que comenzó después del 3 de enero obligó al chavismo a sacrificar algo mucho más profundo que determinadas políticas públicas: comenzó a cuestionar algunos de los elementos que habían definido su propia identidad histórica.
La tercera reinvención
La salida de Nicolás Maduro del poder abrió una etapa inédita. Por primera vez desde 1999, el chavismo dejó de organizarse alrededor de un liderazgo personal y comenzó a funcionar mediante una dirección colegiada.
El eje pasó a estar constituido por el triunvirato integrado por Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello, cuya prioridad ya no era expandir la revolución bolivariana, sino administrar su supervivencia.
En términos políticos, la operación fue notable. Para conservar espacios de poder, el chavismo aceptó renuncias que pocos años antes habrían parecido impensables.
La influencia cubana y rusa disminuyó considerablemente; comenzaron a introducirse reformas en el manejo de la industria petrolera y otros sectores estratégicos; y, sobre todo, se estableció una relación de cooperación con la administración estadounidense para conducir el proceso de estabilización posterior al 3 de enero.
No era la primera vez que el movimiento modificaba su estrategia. Lo verdaderamente novedoso era que, por primera vez, la adaptación afectaba el núcleo mismo de su identidad.
Durante más de dos décadas, el chavismo había construido buena parte de su legitimidad sobre tres pilares inseparables: el nacionalismo, el antiimperialismo y la promesa de representar a los sectores populares frente a las élites nacionales e internacionales.
Esa narrativa sobrevivió incluso cuando la economía colapsó y la represión se convirtió en un rasgo permanente del régimen. Muchos simpatizantes podían justificar los errores del gobierno porque seguían creyendo en el proyecto histórico que decía encarnar.
La nueva etapa exigía algo completamente distinto.
Ya no bastaba con administrar el poder; era necesario justificar una cooperación con el país que durante años había sido presentado como el enemigo principal de la revolución bolivariana.
El antiguo discurso antiimperialista cedió paso a un lenguaje pragmático, centrado en la estabilización política y la recuperación económica. Desde el punto de vista del ejercicio del poder, el giro podía resultar perfectamente racional. Desde el punto de vista ideológico, sin embargo, suponía un costo mucho mayor.
Todos los movimientos políticos evolucionan. Lo excepcional del caso venezolano es la magnitud de esa transformación.
El chavismo no está simplemente modificando algunas políticas públicas; está abandonando buena parte del relato que permitió cohesionar a sus bases durante un cuarto de siglo.
Por eso, la tercera reinvención es también la más frágil de todas.
La cuestión militar: el colapso de un mito fundacional
Desde el inicio del proyecto bolivariano, la Fuerza Armada ocupó un lugar central en el imaginario político del chavismo. No era presentada únicamente como una institución profesional encargada de la defensa nacional, sino como el instrumento histórico de un nuevo orden político.
La idea de la unión cívico-militar se convirtió en uno de los conceptos definitorios de la era de Hugo Chávez. Según esa visión, las Fuerzas Armadas habían roto con las élites tradicionales de la IV República y asumían una nueva misión histórica: defender la soberanía nacional, proteger a los sectores excluidos y garantizar la transformación social iniciada en 1999.
La propia trayectoria de Chávez fue fundamental en la construcción de ese relato. Su condición de oficial del Ejército, su papel en la rebelión militar del 4 de febrero de 1992 y su posterior llegada al poder permitieron vincular la institución castrense con la idea de una ruptura histórica con el viejo sistema político.
Durante más de dos décadas, esta narrativa proporcionó al chavismo una de sus fuentes más poderosas de legitimidad. La Fuerza Armada no era presentada solamente como un garante de la continuidad institucional, sino como la última protectora del proyecto revolucionario.
Sin embargo, los acontecimientos recientes han revelado una profunda contradicción entre ese relato y la realidad política.
El 3 de enero constituyó un momento particularmente significativo. La captura de Nicolás Maduro representó una prueba decisiva para la idea de la alianza cívico-militar. Un movimiento que durante años había presentado a la Fuerza Armada como el escudo protector de la revolución enfrentaba una pregunta fundamental: ¿actuaría la institución para defender el proyecto político al que supuestamente estaba unida?
La respuesta pública fue negativa.
Cualesquiera hayan sido los cálculos internos de la institución militar, el significado político resultó difícil de ignorar. La Fuerza Armada ni siquiera protagonizó una respuesta militar mínima o una movilización pública en defensa del gobierno de Maduro ni asumió el papel que durante años el propio chavismo le había asignado dentro de su narrativa fundacional.
Para un movimiento cuya identidad histórica estaba profundamente vinculada a la idea de una institución militar revolucionaria, el simbolismo fue enorme.
Pero la contradicción también apareció después de los terremotos de junio.
La limitada presencia inicial de la Fuerza Armada durante la emergencia resultó particularmente llamativa porque, durante décadas, el discurso oficial había presentado a los militares como una de las pocas instituciones nacionales capaces de movilizar recursos con rapidez y eficacia en momentos de crisis.
Desde los primeros años del chavismo, la participación militar en tareas sociales, distribución de alimentos, construcción de infraestructura y atención de emergencias había sido presentada como una expresión concreta de la unión cívico-militar.
Sin embargo, ante una tragedia de grandes dimensiones, la imagen proyectada fue diferente: un aparato estatal con dificultades para coordinar respuestas, movilizar recursos y transmitir la capacidad de acción que el discurso oficial había prometido.
La importancia de este episodio va mucho más allá de la gestión de un desastre natural.
El problema no fue simplemente que un gobierno respondiera deficientemente ante una emergencia. La cuestión más profunda fue que una institución central dentro de la mitología política del chavismo parecía incapaz —o no dispuesta— a desempeñar el papel histórico que el propio movimiento le había atribuido.
Esto no significa que la Fuerza Armada haya dejado de ser un actor político fundamental. Su influencia institucional, sus intereses económicos y su capacidad organizativa siguen siendo relevantes.
Tampoco significa que la institución militar haya dejado de tener importancia en el futuro político venezolano.
Lo que sí parece haber cambiado profundamente es la naturaleza de su relación con el chavismo.
La Fuerza Armada aparece cada vez menos como el instrumento ideológico de un proyecto revolucionario y más como una institución autónoma, preocupada por preservar sus propios intereses y su posición dentro de un escenario político cambiante.
Esa diferencia es fundamental.
Los movimientos políticos pueden sobrevivir cambios de liderazgo, derrotas electorales e incluso transformaciones profundas de sus políticas públicas.
Pero cuando las instituciones que encarnaban su mito fundacional dejan de comportarse de acuerdo con ese mito, las bases simbólicas del proyecto comienzan a debilitarse.
La cuestión militar refleja, en última instancia, el dilema más amplio que enfrenta el chavismo: conserva estructuras de poder, pero algunas de las narrativas que daban sentido histórico a esas estructuras comienzan a erosionarse.
Cuando la realidad rompe el relato
Los grandes desastres naturales suelen tener consecuencias políticas desproporcionadas. No porque derroquen gobiernos por sí solos, sino porque revelan fortalezas y debilidades que permanecían parcialmente ocultas durante períodos de normalidad.
En Venezuela ocurrió algo parecido.
El problema no fue únicamente la magnitud de la tragedia humana asociada a los dos terremotos de junio pasado . Fue también la imagen proyectada por un Estado incapaz de responder con la rapidez, coordinación y eficacia que exigía una emergencia nacional de semejantes dimensiones.
La lentitud de las operaciones de rescate, las dificultades para coordinar la asistencia a los damnificados, la persistencia de la crisis eléctrica y el deterioro de parte de la infraestructura habitacional construida durante los años de la bonanza petrolera proyectaron una imagen profundamente distinta de la que el gobierno provisional intentaba transmitir.
En lugar de un Estado que recuperaba capacidades, muchos venezolanos volvieron a encontrarse con un aparato público limitado, improvisado y con enormes dificultades para gestionar una crisis compleja.
La percepción pública se deterioró precisamente cuando el gobierno necesitaba consolidar su legitimidad.
El desafío era particularmente delicado porque la estrategia impulsada desde Washington descansaba sobre un supuesto relativamente sencillo: que el gobierno provisional podía conducir tres etapas —estabilización, recuperación y transición— sin provocar un nuevo colapso institucional.
El deterioro de la gestión después de los terremotos obligaba inevitablemente a revisar esa premisa.
No resultó casual que, mientras continuaban las labores de rescate, recuperara fuerza la iniciativa de promover un diálogo entre la Asamblea Nacional electa en 2015 y la actual Asamblea Nacional, bajo el auspicio del Departamento de Estado.
Más que un cambio completo de estrategia parecía un intento de ampliar las opciones disponibles para conducir la transición si el gobierno provisional continuaba perdiendo respaldo.
Hasta ese momento, Washington no tenía incentivos para modificar el equilibrio alcanzado después del 3 de enero. El triunvirato gobernante parecía ofrecer la alternativa más práctica para mantener estabilidad política mientras avanzaba la recuperación económica.
Pero la pregunta comenzaba a cambiar.
Ya no era únicamente si el nuevo liderazgo podía conservar el poder.
La cuestión era si seguía siendo el instrumento más eficaz para conducir a Venezuela hacia una nueva etapa política.
¿El final de un ciclo?
Sería un error interpretar las dificultades del gobierno provisional únicamente como un episodio coyuntural.
América Latina ha experimentado en los últimos años un marcado desgaste de numerosos gobiernos, tanto de izquierda como de derecha, como consecuencia de ciclos económicos adversos, polarización política, inseguridad y creciente desconfianza ciudadana.
En ese contexto, la pérdida de apoyo al chavismo podría parecer simplemente otro ejemplo de las fluctuaciones normales de un régimen político, aun no siendo democrático.
Venezuela, sin embargo, presenta una diferencia fundamental.
Lo que enfrenta hoy el chavismo no es únicamente una disminución del respaldo ciudadano. Es la erosión progresiva del relato que durante más de veinticinco años permitió explicar y justificar su permanencia en el poder.
Toda organización política necesita una fuente de legitimidad que le dé consistencia a sus argumentos políticos.
En el caso del chavismo, esa legitimidad nunca fue estática.
Con Chávez descansó sobre el liderazgo carismático y la promesa de una transformación social profunda. Bajo Maduro se desplazó hacia la defensa del proceso revolucionario frente a enemigos internos y externos, mientras el control institucional y la represión compensaban el deterioro económico.
Después del 3 de enero volvió a transformarse.
El movimiento ya no buscaba principalmente encabezar una revolución, sino presentarse como el único actor capaz de garantizar una transición ordenada y evitar un colapso institucional.
Cada una de esas etapas implicó una reinvención.
Pero cada reinvención también exigió abandonar una parte del discurso anterior.
La tercera transformación ha resultado particularmente costosa porque ha afectado el corazón mismo de la identidad chavista.
Durante décadas, el antiimperialismo, el nacionalismo, la reivindicación de la soberanía y la alianza cívico-militar constituyeron los pilares simbólicos del proyecto bolivariano.
Hoy, buena parte de esos referentes ha quedado profundamente erosionada.
La cooperación con Washington sustituyó la confrontación; la necesidad económica limitó el lenguaje de la soberanía; y la institución militar que fue presentada como guardiana de la revolución reveló una autonomía mucho mayor de la que sugería el relato original.
Esto no significa que el chavismo vaya a desaparecer de manera inmediata.
Los movimientos políticos rara vez se extinguen de un día para otro. Conservan redes de poder, cuadros dirigentes, estructuras territoriales e importantes recursos institucionales.
El chavismo puede continuar siendo un actor político relevante durante años, aun después de haber perdido buena parte de la capacidad de movilización que lo caracterizó en el pasado.
Lo que parece mucho más difícil es reconstruir el tipo de legitimidad que le permitió sobrevivir a crisis que, en otras circunstancias, habrían terminado con cualquier otro proyecto político.
En ese contexto deben entenderse las negociaciones actualmente en marcha y la posibilidad de una nueva convocatoria electoral.
Resulta imposible prever con certeza el calendario o el desenlace de la transición. Tampoco sería prudente confundir el análisis con el deseo. La política venezolana ha demostrado repetidamente su capacidad para desafiar los pronósticos más categóricos.
Pero precisamente por ello conviene mirar más allá de la coyuntura.
Los grandes ciclos históricos no concluyen cuando un gobierno pierde una elección o cuando un dirigente abandona el poder. Terminan cuando el principio que daba coherencia a un proyecto político deja de convencer incluso a quienes lo sostuvieron durante años.
Si esta interpretación es correcta, el doble terremoto de junio no será recordado únicamente por la magnitud de la devastación que produjo. Tal vez pase a la historia como el acontecimiento que hizo visible un proceso mucho más profundo: el agotamiento del ciclo histórico inaugurado por Hugo Chávez en 1999.
Y si ese ciclo efectivamente ha comenzado a cerrarse, la pregunta ya no será si el chavismo puede reinventarse una vez más.
La verdadera incógnita será qué tipo de Venezuela emergerá cuando, por primera vez en más de un cuarto de siglo, el país deba aprender a definirse más allá del chavismo.


