Durante décadas creímos que las naciones colapsaban cuando perdían sus instituciones. La historia demuestra algo más inquietante: los países comienzan a desmoronarse mucho antes, cuando sus ciudadanos dejan de encontrar sentido a la experiencia compartida. Los edificios pueden seguir en pie, las oficinas públicas continuar abiertas y los decretos seguir publicándose. Sin embargo, si el vínculo entre el sufrimiento colectivo y la esperanza desaparece, el derrumbe ya ha comenzado.
Eso es precisamente lo que revela la última encuesta de Meganalisis realizada tras los terremotos del 24 de junio de 2026. Más que una fotografía política, constituye una radiografía existencial de una sociedad que intenta comprender el significado de una tragedia que superó la capacidad de respuesta de sus instituciones.
Las cifras impresionan por sí mismas. Ocho de cada diez venezolanos identifican la indignación como el sentimiento dominante. La impotencia y la tristeza ocupan inmediatamente los siguientes lugares. Pero los números, por sí solos, nunca cuentan toda la historia. Lo verdaderamente importante es aquello que revelan sobre la condición humana.
Toda tragedia plantea una pregunta silenciosa: ¿para qué seguir adelante?
No existe sociedad capaz de sobrevivir indefinidamente si esa pregunta permanece sin respuesta.
Durante los días posteriores a los terremotos, los venezolanos contemplaron escenas que ninguna nación desea convertir en memoria permanente: ciudades destruidas, familias buscando cuerpos entre los escombros, comunidades enteras organizándose para rescatar vecinos mientras la incertidumbre ocupaba el lugar que debería haber llenado la información oficial. La encuesta muestra que el mayor dolor no estuvo asociado únicamente a las pérdidas materiales. Lo que más marcó a la población fue la cantidad de muertos, el sufrimiento de las familias, los niños huérfanos y quienes quedaron atrapados bajo los escombros.
El dolor físico termina encontrando un límite. El sufrimiento moral no. Porque el sufrimiento cambia de naturaleza cuando la persona siente que pudo haberse evitado.
Esa diferencia explica por qué la indignación supera incluso al miedo. El miedo inmoviliza. La indignación, en cambio, moviliza. Cuando una comunidad concluye que el desastre natural fue agravado por decisiones humanas, la tragedia deja de percibirse como un accidente y comienza a interpretarse como una ruptura del pacto entre gobernantes y gobernados. Por eso la confianza resulta mucho más difícil de reconstruir que un edificio.
Los datos muestran una fractura extraordinaria: la inmensa mayoría considera insuficiente la información oficial y afirma no confiar en ella. Paralelamente, las redes sociales se consolidan como la principal fuente de información para los ciudadanos.
Cuando una sociedad deja de buscar orientación en sus instituciones y comienza a buscarla únicamente entre sus semejantes, el problema ya no pertenece únicamente al ámbito de la comunicación. Se convierte en una cuestión de legitimidad.
Sin embargo, incluso en medio del colapso, aparece una verdad profundamente humana.
La encuesta formula una pregunta distinta: ¿qué fue lo más admirable en medio del desastre? Las respuestas cambian completamente el paisaje emocional.
La solidaridad entre venezolanos ocupa el primer lugar. También destacan la generosidad ciudadana, la capacidad de organización espontánea y el apoyo proveniente de otros países. Este hallazgo merece más atención que cualquier porcentaje de desaprobación.
Las instituciones administran recursos. Las personas producen significado.
En los momentos más oscuros de la historia, las sociedades no sobreviven gracias a la perfección de sus gobiernos. Sobreviven porque los individuos descubren que aún pueden ser responsables unos de otros. Allí reside una de las paradojas más profundas del sufrimiento colectivo.
Las catástrofes destruyen ciudades, pero también revelan reservas morales que permanecían ocultas durante los períodos de normalidad. Bajo los escombros aparecen cadáveres, pero también aparecen héroes anónimos.
Mientras la encuesta refleja una evaluación muy negativa de la respuesta gubernamental, también documenta el extraordinario reconocimiento hacia quienes ayudaron sin esperar órdenes ni recompensas.
Eso modifica la naturaleza del liderazgo.
Durante mucho tiempo se asumió que el liderazgo descendía desde las instituciones hacia la sociedad. La tragedia invirtió esa dirección. Ahora el liderazgo asciende desde la sociedad hacia las instituciones. La autoridad moral ya no depende únicamente del cargo ocupado. Depende de quién estuvo presente cuando todos los demás desaparecieron.
Las consecuencias políticas de este fenómeno probablemente serán más profundas que las consecuencias materiales del terremoto.
Toda legitimidad descansa, en última instancia, sobre una convicción sencilla: la creencia de que alguien protegerá a la comunidad cuando llegue el peligro. Cuando esa convicción desaparece, ninguna estructura burocrática basta para reemplazarla. Pero existe otro aspecto igualmente significativo.
La encuesta también refleja incertidumbre respecto al papel de Estados Unidos y una mezcla de decepción, confusión e indignación frente a determinadas decisiones percibidas como contradictorias con las expectativas de buena parte de la población venezolana. Ese dato revela una realidad frecuente en los procesos históricos.
Las sociedades no juzgan únicamente las intenciones. Juzgan los resultados visibles.
La legitimidad internacional, igual que la legitimidad doméstica, depende finalmente de la capacidad de reducir el sufrimiento humano. Todo lo demás termina pareciendo secundario.
Quizá la enseñanza más importante de esta encuesta no sea política. Sea existencial.
Los venezolanos no parecen haber perdido únicamente la confianza en determinadas instituciones. Están intentando reconstruir una respuesta mucho más difícil.
¿Qué significa seguir siendo una comunidad después de haber contemplado tanto dolor?
Ningún informe técnico puede responder esa pregunta. Ninguna estrategia geopolítica puede resolverla por sí sola.
Solo puede hacerlo una sociedad que descubra que incluso después de una tragedia todavía conserva la libertad de decidir qué hará con su sufrimiento. Porque existe una diferencia decisiva entre padecer una desgracia y quedar definido para siempre por ella.
Las naciones, al igual que las personas, no se transforman únicamente por aquello que les sucede. Se transforman, sobre todo, por el significado que son capaces de otorgarle a lo ocurrido. Y quizá ese sea el dato más esperanzador que permanece escondido detrás de todos los porcentajes de esta encuesta.
Mientras exista una comunidad capaz de convertir la solidaridad en propósito, el sufrimiento deja de ser el final de la historia.
Se convierte en el comienzo de otra.
Antonio de la Cruz
Director ejecutivo de Inter American Trends



