Por Juan Carlos Sosa Azpúrua
Hay una superstición muy extendida, y muy venezolana, según la cual negociar es sinónimo de claudicar. Ese prejuicio, forjado en veintisiete años de fraudes disfrazados de diálogo, tiene una explicación histórica legítima. Mas, confundir las negociaciones fallidas del pasado con la negociación como instrumento político es como renunciar a la cirugía porque un curandero nos mintió una vez.
La historia reciente del mundo enseña lo contrario de lo que el escepticismo venezolano querría creer: las transiciones más duraderas de la tiranía a la democracia no nacieron de la humillación del adversario, sino de la mesa.
Existe además un principio que suele olvidarse: los grandes sistemas autoritarios rara vez colapsan porque alguien derriba la puerta principal. Por regla general, se erosionan porque sus propias estructuras dejan de encontrar razones suficientes para sostenerse. Los estrategas militares conocen este principio desde Sun Tzu: la victoria más elegante consiste en quebrar la voluntad del adversario antes de destruirlo.
También la teoría moderna de negociación coincide en que los cambios duraderos aparecen cuando los incentivos para permanecer dentro del sistema se vuelven inferiores a los incentivos para abandonarlo, porque reduce violencia, resistencia, costos humanos y aumenta la posibilidad de estabilidad posterior. Es vital comprender que no se trata de salvar un régimen, sino un país.
Roger Fisher y William Ury, en Getting to Yes, desmontaron hace décadas uno de los grandes errores de la negociación tradicional: concentrarse en posiciones en lugar de intereses. Mientras las posiciones afirman: “no cedo”; los intereses preguntan: “¿qué necesita cada actor para aceptar el cambio?”
Por su parte, Thomas Schelling mostró que muchas crisis en apariencia irresolubles encuentran salida cuando cambian los incentivos y las expectativas de costo. En teoría de juegos ocurre algo similar: no siempre gana quien amenaza más; con frecuencia triunfa quien logra modificar la estructura misma del juego. Y esto es lo que diferencia una negociación estratégica de una simple conversación.
España no salió del franquismo por asalto, sino por artesanía política. Adolfo Suárez, un hombre del propio régimen, negoció con una oposición que incluía comunistas recién legalizados los términos de una Ley para la Reforma Políticaque el propio búnker franquista terminó votando en las Cortes. De ahí nacieron los Pactos de la Moncloa: no a partir de una rendición, sino de un armisticio entre adversarios que decidieron que el país importaba más que la revancha. España pasó de la autarquía al parlamentarismo sin una sola guerra civil adicional porque nadie exigió decapitaciones en la plaza pública.
Polonia ofrece una lección todavía más precisa para Venezuela, porque allí también gobernaba un aparato criminal que no tenía intención de irse. El general Jaruzelski se sentó, en 1989, en la Mesa Redonda de Varsovia con un sindicato, Solidaridad, al que había proscrito y encarcelado apenas años antes. El resultado no fue la humillación del Partido, sino unas elecciones semilibres que el propio oficialismo pensó que podía controlar. Se equivocó: perdió todos los escaños que estaban en disputa. Pero el punto esencial es que el aparato comunista polaco tuvo una salida negociada, no una horca, y eso fue lo que evitó que Polonia repitiera Rumania, donde Ceaușescu cayó fusilado y el país tardó una década en digerir el vacío de poder que dejó esa violencia.
Sudáfrica también ofrece una lección: Mandela salió de veintisiete años de prisión, el mismo número, por ironías del destino, que lleva Venezuela sumida en la oscuridad chavista. Y en lugar de organizar la revancha, se sentó con de Klerk en el CODESA. El resultado fue una Comisión de la Verdad y la Reconciliación que privilegió la verdad sobre el castigo, y un país que, con todas sus fallas posteriores, no se despeñó en la guerra racial que muchos pronosticaban.
En Checoslovaquia, la Revolución de Terciopelo demostró que una transición podía producirse casi sin violencia cuando las condiciones internas e internacionales convergían.
Incluso Alemania Oriental terminó desmoronándose más desde el agotamiento interno que desde una conquista militar externa.
El patrón es similar en estos casos mencionados: el régimen saliente no fue derrotado por acción militar interna, ni arrinconado hasta el colapso. Fue “convencido” de que tenía más que ganar aceptando reglas nuevas que resistiéndose a ellas. Esa es la diferencia entre una transición y un despeñadero.
Ahora bien: sería una ingenuidad, o complicidad, presentar la negociación como una panacea sin distinguir la que hoy se instala en Caracas de las farsas que la precedieron. Venezuela ya conoció el diálogo como anestesia. En Santo Domingo, en Barbados, en Noruega, el régimen se sentó una y otra vez con interlocutores que carecían de la fuerza, la legitimidad y la voluntad real de arrancarle concesiones verificables.
El chavismo no llegaba a esas mesas a negociar su salida: llegaba a comprar tiempo, sobornar “opositores”, enfriar la calle, diluir sanciones y regresar de cada ronda con la misma cuota de poder y un barniz adicional de legitimidad internacional. La “oposición” que se sentaba enfrente, fragmentada y sin garantías de cumplimiento, terminaba firmando comunicados que el régimen incumplía antes de que se secara la tinta. Eso no fue negociación: fue una entelequia, una ficción con forma de acuerdo, y el país pagó esa ficción con más años de miseria.
El proceso que arrancó este agosto en Caracas se diferencia de aquellas farsas en un dato que no es menor: por primera vez, Estados Unidos no observa la mesa desde la barrera diplomática, sino que la tutela desde adentro, con capacidad real de imponer costos y de ofrecer incentivos verificables, desde licencias petroleras hasta la modernización de infraestructura eléctrica, a cambio de pasos concretos y auditables.
La diferencia entre un mediador que solo puede pedir buena fe y un garante que puede condicionar sanciones, activos y reconocimiento internacional es la diferencia entre un notario y un fiador. Esa arquitectura de incentivos y castigos es lo que faltó en Barbados y en Santo Domingo.
Eso no garantiza el éxito, pero sí cambia la naturaleza del juego: ya no se negocia en el vacío, sino bajo la sombra de una potencia mundial dispuesta a hacer cumplir lo pactado.
Toda negociación exitosa entre un poder atrincherado y una sociedad que exige salir de la oscuridad se apoya en principios que la teoría de la negociación y la diplomacia de las transiciones democráticas han probado una y otra vez:
a) Separar a las personas del problema. No se negocia con «el enemigo»: se negocia sobre garantías electorales, sobre un Poder Judicial creíble, sobre un cronograma verificable. Personalizar el conflicto, convertirlo en una guerra de egos, es la manera más segura de hacerlo fracasar.
b) Negociar intereses, no posiciones. El régimen no defiende una ideología: defiende impunidad, patrimonio y seguridad personal. Reconocerlo sin disimulo y ofrecer salidas legales dignas a cambio de una salida real del poder es más eficaz que exigir arrepentimientos que nadie va a pronunciar.
c) Reciprocidad gradual y verificable. La estrategia GRIT: pasos pequeños, unilaterales y comprobables, correspondidos paso a paso por la otra parte, es la que permitió desescalar la Guerra Fría sin que ninguna de las partes se sintiera humillada. Aplicada a Venezuela: liberación de presos políticos a cambio de levantamiento parcial de sanciones, y así, peldaño a peldaño, hasta el CNE y el TSJ.
d) Mecanismos de verificación con dientes. Un acuerdo sin observadores internacionales, sin fechas ciertas y sin consecuencias automáticas ante el incumplimiento no es un acuerdo: es una carta de intención. Las entelequias del pasado murieron por carecer de esto.
e) Amnistía calculada, no impunidad total. Las transiciones que funcionaron: Sudáfrica, España, Chile, Checoslovaquia y Alemania Oriental entendieron que exigir justicia plena de entrada bloquea cualquier salida negociada, pero que la impunidad absoluta envenena la legitimidad del resultado. El punto medio: verdad a cambio de garantías individuales, sin renunciar a la posibilidad de justicia futura, es incómodo, pero es el único que ha funcionado en la práctica.
Hay una tentación, comprensible después de tanto sufrimiento, de exigir que el régimen sea derrocado desde afuera, de un golpe, sin más trámite. Pero esa tentación es un error estratégico. La experiencia de Libia y de Irak, donde el colapso del aparato de poder se produjo sin una arquitectura negociada que lo sustituyera, no dejó democracia: abrió un vacío que la anarquía y las milicias llenaron durante años.
Un régimen que se desvanece desde adentro, negociando su propia irrelevancia a cambio de garantías, deja detrás de sí instituciones que pueden reformarse. Un régimen forzado a colapsar desde afuera, sin acuerdo, deja detrás de sí un cráter. Venezuela no necesita un cráter: necesita instituciones que, aunque hoy estén secuestradas, puedan ser recuperadas sin empezar de cero.
Escribo esto consciente de que Venezuela lleva veintisiete años (el mismo tiempo que Mandela pasó en prisión, como ya dijimos) sumida en una oscuridad que muchos de nosotros pensamos que no veríamos terminar.
Pero la Venezuela que hoy negocia no es la misma que negociaba hace cinco años. La captura de Maduro, el tres de enero, cerró una época de facto. El doble terremoto obliga a una reconstrucción física que ahora se entrelaza con la reconstrucción institucional; y la decisión de Washington de involucrarse no como espectador sino como garante activo, desde la reactivación petrolera hasta la modernización del sistema eléctrico, ha creado, por primera vez en una generación, la convergencia de intereses que apunta en la misma dirección.
Y es importante recordar que las tiranías rara vez desaparecen porque alguien las empuja al vacío. Casi siempre desaparecen porque terminan convenciéndose de que el vacío es permanecer donde están
No hay que confundir esta oportunidad con una certeza. La mesa puede fracasar, el régimen puede volver a ganar tiempo, y la sociedad venezolana tiene todo el derecho a exigir que esta vez sea distinto.
Pero negarse a ver la luz que se abre, por escepticismo, por cansancio o por la memoria justificada de tantas traiciones, sería el error final de una nación que ha sabido resistir la oscuridad, pero que ahora debe aprender, con la misma disciplina, a resistir la tentación de desperdiciar el amanecer.
Quizá ese sea hoy el verdadero desafío venezolano. No negociar por debilidad, sino porque la inteligencia política comprende que las grandes naciones no se reconstruyen sobre las ruinas de una victoria absoluta, sino sobre los cimientos de una paz sólida, lo suficiente para que la libertad pueda, al fin, echar raíces.
La paz nunca consiste en olvidar el pasado, sino en impedir que el pasado siga gobernando el futuro. Los países no renacen porque desaparezcan todos sus conflictos. Lo hacen cuando descubren que poseen una causa común más poderosa que sus diferencias.


