El chavismo después de Maduro

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La fractura del movimiento bolivariano no significa necesariamente su desaparición. Mientras una facción negocia su supervivencia, otra intenta convertir la derrota en traición y reconstruir desde allí el mito revolucionario

Hay derrotas políticas que tienen la virtud de la claridad. Un gobierno pierde unas elecciones, entrega el poder, sus dirigentes hacen las maletas y sus adversarios ocupan los despachos. Y hay otras, mucho más latinoamericanas, en las que el régimen cae pero permanece, desaparece pero sigue respirando, pierde el poder mientras sus supervivientes comienzan inmediatamente a discutir quién tiene derecho a heredar sus símbolos, sus partidarios y, sobre todo, sus mitologías.

Venezuela parece haber entrado en esta segunda categoría.

Desde la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero, el chavismo atraviesa una transformación que sería un error interpretar simplemente como desintegración. Lo que ocurre en sus entrañas se parece más a una guerra de sucesión. El viejo centro desapareció y alrededor del vacío dejado por Maduro comienzan a moverse quienes pretenden administrar los restos del poder, quienes quieren salvar la revolución bolivariana acusando de traidores a sus antiguos camaradas: Delcy y Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello, y quienes intentan regresar a una suerte de chavismo originario, anterior a la catástrofe.

La disputa se ha vuelto incluso grotesca.

Juan Barreto, antiguo alcalde de Caracas, utilizó recientemente una tribuna vinculada al Centro de Estudios para la Democracia Socialista para lanzar una vulgar descalificación contra María Corina Machado y, casi simultáneamente, burlarse de antiguos compañeros chavistas que hoy denuncian la negociación política. La anécdota sería apenas desagradable si no revelara algo mayor: cuando un sistema político pierde su lenguaje, la vulgaridad suele ocupar el lugar de los argumentos. Pero lo verdaderamente interesante no fue el insulto, fue el ataque hacia dentro.

Una parte del chavismo acusa al interinato y a quienes conducen la negociación de haber capitulado ante Washington. Mario Silva e Iris Varela han representado de manera estridente esa corriente. Para ellos, lo que ocurre no sería una transición venezolana sino una rendición cuidadosamente administrada.

La acusación tiene una finalidad política evidente.

Si la revolución fue derrotada, el proyecto fracasó. Si, por el contrario, la revolución fue traicionada, el proyecto puede sobrevivir.

Esa diferencia semántica parece pequeña, pero contiene el futuro político del chavismo.

De allí que los distintos grupos comiencen a fabricar sus propias versiones del desastre. Maduro pudo equivocarse, dirán algunos, pero Chávez tenía razón. La cúpula pudo corromperse, pero el socialismo bolivariano continúa siendo reivindicable. Delcy Rodríguez pudo negociar con Estados Unidos, pero eso demostraría precisamente que abandonó la revolución.

Es una operación política tan antigua como eficaz: separar la doctrina de sus consecuencias.

Los grandes experimentos autoritarios rara vez desaparecen aceptando que aquello que prometieron estaba equivocado. Prefieren atribuir la catástrofe a desviaciones, conspiraciones, traiciones o individuos incompetentes. La utopía permanece inocente. Los culpables son siempre quienes la ejecutaron mal.

Por eso resulta especialmente significativa la reaparición del discurso de la soberanía.

Elías Jaua y otros dirigentes históricos han rechazado cualquier forma de tutela extranjera. Francisco Arias Cárdenas ha llevado el razonamiento todavía más lejos al formular una pregunta incómoda: ¿continúa Venezuela en guerra o debe aceptar una derrota?

La pregunta contiene una honestidad que buena parte del chavismo parece incapaz de permitirse.

Porque el 3 de enero modificó la realidad venezolana de una manera que ningún discurso puede borrar. Washington adquirió una capacidad extraordinaria para condicionar el proceso político y económico. El petróleo, las finanzas, la reconstrucción y la negociación institucional forman ahora parte de una arquitectura donde la soberanía venezolana está sometida a restricciones que habrían sido inimaginables bajo el antiguo orden.

Aquí aparece una de las grandes ironías de esta historia.

El movimiento que construyó durante un cuarto de siglo su identidad denunciando al imperialismo norteamericano contempla ahora cómo una parte de sus dirigentes necesita negociar su supervivencia precisamente con Washington.

Para el chavismo radical, semejante contradicción es un regalo político. La soberanía puede convertirse en su nueva bandera. No para restaurar necesariamente a Maduro, sino para construir algo potencialmente más duradero: un chavismo sin Maduro. Ese es el peligro que los demócratas venezolanos deben observar cuidadosamente.

Existe una tendencia comprensible a interpretar las divisiones del adversario como evidencia de su desaparición. Pero los movimientos políticos no mueren necesariamente cuando pierden gobiernos. Pueden sobrevivir durante décadas en sindicatos, estudiantes, organizaciones territoriales, redes económicas, burocracias, símbolos familiares y memorias colectivas. Sobre todo cuando consiguen reinventar al enemigo.

Durante años, el chavismo necesitó a Estados Unidos, a la oligarquía y a la oposición como adversarios indispensables. Ahora puede agregar una figura todavía más útil: el traidor interno. 

El chavista que negoció.

El funcionario que cedió.

El dirigente que entregó la revolución.

Nada cohesiona mejor a ciertos movimientos que la búsqueda de un renegado.

Delcy Rodríguez enfrenta, por ello, un dilema complejo. Necesita negociar con sus antiguos adversarios y, simultáneamente, impedir que quienes se oponen a esa negociación le arrebaten las bases chavistas. Cada concesión que facilite la transición democrática puede ser presentada por sus rivales internos como otra prueba de capitulación.

Pero la oposición enfrenta un dilema igualmente serio. No basta con esperar que el chavismo se destruya a sí mismo.

En política no hay vacíos. Si las fuerzas democráticas no convierten rápidamente su legitimidad en instituciones, otros ocuparán esos espacios. Y eso significa recuperar garantías políticas, reconstruir un árbitro electoral confiable, liberar a los presos políticos, devolver derechos confiscados y establecer reglas capaces de sobrevivir incluso a quienes hoy negocian.

La estabilización tampoco debe confundirse con la democracia.

Un país puede recuperar producción petrolera, electricidad, inversiones y cierta normalidad económica mientras permanece políticamente suspendido. Puede existir incluso una transición eternamente anunciada que jamás termine de producirse.

Ese sería uno de los peores desenlaces venezolanos: sustituir el régimen chavista-madurista por una administración tutelada que, en nombre de la estabilidad, posponga indefinidamente la devolución plena de la soberanía a los ciudadanos.

La democracia no consiste simplemente en reemplazar a quien usurpa el poder. Consiste en destruir las condiciones que permiten que alguien vuelva a secuestrar un pais. Por eso la verdadera transición venezolana será mucho más difícil que la caída de Maduro.

Hay que desmontar un sistema de incentivos, dependencias, complicidades y mitologías construido durante más de dos décadas. Hay que impedir que los chavistas robolucionarios y violadores de derechos humanos se disfracen de nuevos demócratas sin rendir cuentas y, al mismo tiempo, permitir que millones de ciudadanos que alguna vez creyeron en el socialismo del siglo XXI encuentren un lugar legítimo dentro de la nueva democracia, porque excluirlos sería regalarle al próximo cabecilla el resentimiento que necesitará para reconstruir el movimiento.

La batalla que ocurre dentro del chavismo debe entenderse, entonces, como lo que realmente es. No están discutiendo únicamente el pasado. Están peleando por el futuro.

Quién heredará a Chávez.

Quién conservará las bases.

Quién podrá presentarse mañana como víctima.

Quién transformará la derrota en traición.

Y quién logrará pronunciar la frase que todos parecen preparar desde ahora: “Nosotros no fuimos responsables”.

Venezuela debería desconfiar profundamente de esa absolución anticipada.

El chavismo que gobernó durante décadas puede estar llegando a su final histórico., pero eso no significa que sus ideas, sus métodos y sus tentaciones autoritarias hayan desaparecido con él.

Entre las ruinas ya comenzó la construcción de sus posibles herederos y quizá esa sea la gran paradoja venezolana: sacar a Maduro resultó ser solamente una batalla.

La verdadera guerra democrática consiste en conseguir que el sistema que lo hizo posible no vuelva a nacer con otro rostro. 

Antonio de la Cruz

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