Por José Ignacio Gerbasi
En medio de una realidad nacional donde la nevera brama por el vacío, el agua sale a cuentagotas con color a misterio y la luz se va con la precisión de un reloj suizo, nos llega la gran iluminación político-festiva del siglo: ¡se necesitan elecciones sindicales, comunales y hasta de reina de carnaval para salvar al país! Como diría el inmortal Groucho Marx con su proverbial picardía al analizar las grandes genialidades humanas: «Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros», aunque en este caso los principios del disparate superan cualquier guion de comedia negra. ¿Habrá pensado el buen Enrique Márquez que la escasez de alimentos se cura con una buena comparsa de samba, o que el infame ladrón nocturno de la inflación, ese que entra a hurtadillas a desvalijar los bolsillos de los venezolanos cada madrugada, se va a asustar porque coronemos a Miss Simpatía del municipio? Es un enfoque tan brillantemente delirante que uno al principio creía estar viendo un sketch improvisado de medianoche, pero resulta que era una propuesta formal de quien camina por la palestra pública.
Con semejante ocurrencia, ya sabemos exactamente cuál es la verdadera aspiración de nuestro estratega: su único y legítimo anhelo parece ser postularse y salir electo por aclamación popular como el mismísimo Rey Momo de las fantasías tropicales, luciendo su carroza de cartón piedra, antifaz de gala y banda de satín brillante mientras el resto de la nación intenta sobrevivir al día a día. Mientras él anda montado en su desfile de carnaval mental, el venezolano de a pie tiene los pies bien plantados sobre la tierra y comprende con absoluta claridad que aquí los problemas básicos no se resuelven con serpentinas ni con tarimas de coronación, sino exigiendo lo único que puede enderezar de verdad el rumbo institucional de la patria: una elección presidencial seria, limpia y transparente. Ojalá que la mesa de entendimiento político no termine por convertirse en un circo de enredos donde el número estelar sea este espectáculo humorístico de saldo, porque con tanta payasada suelta, lo único que nos van a dejar es un desfile de ilusiones rotas, y lo peor del caso, ¡ni una sola risa genuina que valga la pena recordar!
Vamos por más…
@jgerbasi


