La política y el momento

Comparte en

Por Ricardo Ciliberto Bustillos

Es muy sabido que la política es una actividad en la que, como se dice popularmente, dos y dos no son cuatro. Ello significa lo difícil, complejo y en la que -de manera recurrente- se presentan situaciones impensables o no se obtienen los resultados esperados. En otras palabras, la política, desde que el mundo es mundo, está llena de propósitos en los que con frecuencia su concreción está comprometida.

En todo caso, esta requiere, habitualmente, ponderación, equilibrio, de desmenuzar y reflexionar muy bien las ideas y acciones. Los equívocos, que son bastante, tienen su raíz, precisamente, en la toma de decisiones precipitadas y hasta instintivas.

Nuestra historia está repleta de circunstancias y efectos debido a impulsivas conductas. En este sentido, valga el ejemplo, la salida abrupta de Carlos Andrés Pérez de la Presidencia de la República en mayo de 1993 o la elección de Hugo Chávez en diciembre de 1998.

Igualmente, la política está llena de sinsabores, pero también de alegrías y satisfacciones, sobre todo, cuando tienen repercusiones convenientes a la colectividad por encima de las personales.

No se dispone de un manual que explique o enseñe como desempeñar esta actividad. Solo existen algunos referentes inscritos en la historia o en las biografías de líderes que han marcado rumbos, algunos perniciosos, pero otros (los más) muy idóneos y útiles para sus pueblos. No hay un texto primario para

el quehacer político y menos una guía práctica para su uso y “abuso”.

Por allá en 1513 y publicado en 1532, Nicolás Maquiavelo escribió “El Príncipe”, una obra dedicada a Lorenzo de Médicis, amo, dueño y señor de Florencia. Intentaba Maquiavelo, a través de múltiples consejos, la lisonja, el “arrastre” y elogios desmedidos, acceder a un cargo en la administración local. Con anterioridad, los Médicis habían sido expulsados de Florencia con el auspicio del monje dominico Savoranola en 1494, habiendo retornado al poder gracias a la intervención del papa Julio II y Fernando II de Aragón, once años después.

Desde entonces, activistas, dirigentes, gobernantes, estudiosos y analistas políticos, además de innumerables sediciosos, saboteadores, mentirosos y faltos de escrúpulos, han convertido este breve documento en una especie de instructivo, sin tomar en cuenta las realidades y los tiempos para su supuesto empleo.

En nuestro país, todavía andan algunos secundando sus consejos y exhortos. Es obvio que se encuentran fuera de tiempo y lugar, aparte de tener no muy claras sus intenciones.

En política, la sensatez debe privilegiarse. Nada hacemos con celebrar elecciones presidenciales si antes no liberamos los presos políticos, rehabilitamos los partidos, cambiamos el T.S.J y conformamos un nuevo C.N.E.

Insistimos, hay que actuar con claridad y coherencia política. Los apuros también tienen su método y ocasión. Una vez más, fijémonos, por ejemplo, que – intempestivamente – un importante número de electores en 1998, quizás manipulados y deslumbrados por las irresponsables ofertas de cambio, provocaron que -a estas alturas- estemos pagando semejante desliz y error.

La política tiene su momentum. Andar por allí solicitando apresuradas elecciones podría perjudicar, no solo a quien se

vislumbra como la indudable triunfadora, sino también todo el “proceso de transición” que nos permitirá restablecer la democracia y la ciudadanía que nos fuera arrebatada. Hay lecciones que no pueden caer en el olvido. La verdadera política también reclama sus razones y oportunidad.

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top