Este 24 de agosto se cumplieron dos meses del doblete sísmico que sorprendió al país y dejó un gran duelo colectivo. El municipio Silva en el estado Falcón fue afectado severamente, pero el evento natural dejó al descubierto el abandono por años del chavismo y las condiciones de vulnerabilidad en que vive su gente mucho antes de los sismos. Ellos resisten día a día a necesidades básicas como el agua y el servicio eléctrico, pese a ser el municipio turístico más importante de Falcón.
La mayoría de las casas de Boca de Aroa y Tucacas tienen años que no reciben mantenimiento, pues sus pobladores viven de la pesca artesanal y de las actividades turísticas propias de una zona playera. Es decir, venden comidas, trabajan en hoteles, posadas y emprenden con algún servicio como alquiler de toldos y sillas. Lo que generan apenas les permite sobrevivir en un país dolarizado.
Según el registro del consejo comunal de Cayumar en Boca de Aroa, la zona más afectada del municipio Silva, unas 90 familias fueron afectadas por los terremotos: a algunas se les hundieron las casas, a otras se les levantaron y otras más colapsaron por completo. Los afectados quedaron refugiados en carpas estadounidenses donadas por una iglesia cristiana, mientras que otros decidieron irse a casas de familiares.
Quienes viven en carpas, están a merced del inclemente sol característico en la zona, por lo cual solo las usan en las noches, mientras que en el día están en casas cercanas. El mayor deseo de los lugareños es volver a tener una casa, y el miedo es que eso no se materialice.
Ayuda de EEUU
Refieren que fueron visitados por los gringos, quienes les llevaron algunos alimentos que nunca habían saboreado.
Al abordar el tema de las casas, los estadounidenses propusieron unas viviendas prefabricadas que pueden durar unos tres años, mientras el régimen construye las nuevas casas.
Sin embargo, estas familias no son las únicas con problema habitacional. Otros pobladores de Boca de Aroa y Tucacas quedaron con sus casas destruidas, y aun así permanecen en estas, porque no tienen adónde ir.
Tal es el caso de Lismar Borges, de 38 años, que vive con su esposo y sus dos hijos de 13 y 16 años. Su casa quedó completamente agrietada, pero lo que más le preocupa es el edificio, que está cercano a su vivienda, que desde el doblete sísmico y las réplicas que se han registrado, se ha ido cayendo a pedazos.
“Cada vez que hay una réplica, salimos corriendo o nos cae la casa encima o nos cae el edificio que se ha ido desmoronando. Aunque le hemos dicho a todo el que pasa por aquí, nadie ha hecho nada. Tenemos mucho miedo”, dijo.
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