La luz que pagamos por adelantado, por Elizabeth Sánchez Vegas @elhabito

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Sobre la extraña cortesía de pedirle aplauso a un país saqueado, ahora que pretenden presentar como artífice de la reconstrucción a quien cobró por una luz que, cuando el pueblo la necesitó para no morir, simplemente no estaba

Hay una cortesía nueva, casi obscena, que empiezan a pedirnos como si fuera realismo: que un país saqueado reciba en silencio, o incluso con aplauso, a quienes pasaron por la administración de sus escombros, porque ahora se habla de petróleo, de inversión y de reconstrucción, y la memoria estorba.

El nombre de Alejandro Betancourt vuelve a esa conversación. Antes de que una fotografía en Washington se convierta en el comienzo oficial de su historia, conviene poner sobre la mesa la imagen que ninguna agencia distribuyó.

Lo que casi nunca se cuenta de aquellas noches es cuánto duraban, porque el horror en Venezuela pocas veces fue un instante y casi siempre fue una jornada completa. En un pasillo del hospital Manuel Núñez Tovar de Maturín, durante el apagón de marzo de 2019, una enfermera cuyo nombre probablemente nunca sabremos apretó con la mano una bolsa de ventilación sobre la cara de un recién nacido y contó bajito para no perder el ritmo, uno, dos, uno, dos, y a la hora y media el brazo se le durmió hasta el hombro, y entonces otra mujer se acercó sin decir nada y le puso la mano encima de la mano para relevarla, y después una tercera, y así se turnaron en la oscuridad, contando en voz baja, sustituyendo con el brazo una electricidad que este país había pagado años antes y que, cuando hubo que usarla, no estaba. Eso termina de dos maneras nada más: cuando amanece o cuando deja de hacer falta.

Ninguna quiere ser la que la tenga en la mano cuando deje de hacer falta.

Esa mujer no aparece en ninguna foto de reconstructor. Él sí.

Cada venezolano guarda su versión de aquella noche: la poca carne pudriéndose en la nevera, el teléfono convertido en una reserva de vida, los padres solos en un edificio sin agua ni ascensor, las calles vueltas una amenaza, y ese silencio extraño de las ciudades cuando desapareció el zumbido que habíamos oído toda la vida sin advertir que existía.

Organizaciones independientes documentaron muertes asociadas a aquel colapso, mientras el Gobierno lo negaba con la serenidad de quien ya no sabe avergonzarse. Queda, sin embargo, un hecho que no debe soltarse ahora, cuando cambian los nombres, los aliados y hasta el modo de contar aquella época: Venezuela ya había pagado, y había pagado cantidades extraordinarias, precisamente para que aquello no ocurriera.

La emergencia eléctrica declarada por Hugo Chávez era real, y también fue una puerta. Por ella entró Derwick Associates, vinculada a Alejandro Betancourt López, entonces un empresario que aún no cumplía treinta años y cuya compañía carecía de una trayectoria proporcional a los proyectos que empezó a recibir. Doce contratos en catorce meses. A esa velocidad no se construye una empresa; se abre una puerta.

Investigaciones periodísticas, Transparencia Venezuela, el OCCRP y una comisión de la Asamblea Nacional señalaron sobrecostos de miles de millones, equipos cuestionados y plantas que entregaron una fracción de lo prometido. Inaugurar dejó de significar construir: bastaba la cinta, el discurso y la fotografía. El país pagó oro por megavatios que no llegaron. Él cobró.

Y conviene decir en qué se convirtió lo cobrado, porque el lujo tiene fechas y las fechas son documentos. El 23 de agosto de 2012 adquirió el penthouse de la Olympic Tower, en la Quinta Avenida de Nueva York. En España compró la finca de El Alamín, en Toledo: mil seiscientas hectáreas y un castillo, un castillo de verdad, con almenas, que la Audiencia Nacional ordenaría registrar años más tarde dentro de una investigación por presunto blanqueo. Para 2021 llevaba colocados más de trescientos millones de dólares en empresas y propiedades de varios países, entre ellas una marca española de lentes de sol y un banco en Senegal. Y un avión privado, que es lo que en definitiva permite aterrizar en Maiquetía cuando conviene y no estar aquí cuando no. Aquel miedo que usted recuerda tiene un apellido y acaba de leerlo.

Lo más grave no es el saqueo contable. Aquel dinero no era una abstracción presupuestaria; era el dinero con el que se suponía que Venezuela iba a impedir que un hospital quedara a oscuras y que una ciudad entera se quedara sin agua, sin comunicaciones y sin dignidad. Era el dinero del ascensor de ese edificio, el de la bomba de agua del piso once, el del generador que nunca llegó a ese pasillo. Cuando el sistema colapsó, no estábamos ante una fatalidad imprevisible: estábamos ante el incumplimiento de una promesa ya cobrada.

Aquella enfermera de Maturín no es solo heroísmo anónimo. Es un país descubriendo, con el agua al cuello, que había pagado por adelantado su propio salvavidas y que el bote nunca llegó. Mientras ella sostenía un pulmón ajeno con los dedos, en otra latitud ya se levantaba una fortuna con el nombre de esa misma promesa.

Sería cómodo archivar esto bajo la palabra chavismo si Alejandro Betancourt fuera solo una figura de aquel pasado. No lo es. Reaparece ahora, cuando el petróleo vuelve a servir de tapete y ciertos fortunados de la emergencia desfilan como si su biografía hubiera comenzado esta mañana. Quieren que miremos el traje nuevo y olvidemos quién se lo pagó.

Tampoco llega con un expediente en blanco. Ha sido investigado en Europa por operaciones de enorme dimensión, detenido en Londres a raíz de requerimientos de Suiza y España, y ligado a una causa por presunto blanqueo y delitos fiscales vinculados a movimientos multimillonarios procedentes de PDVSA. Un archivo provisional no es una canonización. Una mesa con una potencia no es un sacramento. Y una fianza pagada no lava una noche.

La presunción de inocencia debe respetarse en un tribunal. Lo que no puede aceptarse es la alquimia inversa: convertir la ausencia de condena firme en absolución histórica, moral y política, como si un contrato nuevo o una fotografía en Washington tuvieran la facultad de borrar las anteriores. No la tienen. Nadie se las ha dado.

Hay una respetabilidad prestada que se concede cuando Washington se sienta con alguien, como si esa cercanía otorgara retrospectivamente una patente de honor que ningún tribunal ha emitido. En Venezuela ese automatismo es letal, porque demasiadas veces confundimos poder con legitimidad, acceso con virtud y éxito con perdón. Betancourt no necesita que lo absuelvan los jueces para que ciertos salones lo reciban. Necesita que nosotros dejemos de nombrarlo. Eso no va a ocurrir.

El país necesita inversión, y negarlo sería otra forma de crueldad. Pero la necesidad no es un solvente moral: no disuelve lo vivido ni transforma un contrato nuevo en una conciencia limpia. Se puede aceptar el capital. No se puede aceptar que el cobrador de la luz apagada regrese como benefactor.

Ya conocemos la receta del olvido administrado, esa que se presenta casi siempre con un tono razonable y pide, antes que nada, ser prudentes. Hay que serlo: una transición frágil no se conduce a gritos, ni todas las verdades caben en el mismo minuto. El problema empieza cuando esa prudencia deja de ordenar los tiempos de la política y pasa a ordenar también lo que una sociedad puede recordar. Primero se dice que no es el momento; después, que es de mal gusto; más tarde, que insistir es resentimiento. Al final mueren los testigos y alguien podrá contar 2019 como si hubiera sido mal clima. Para entonces el problema ya no será un apellido: será el de una sociedad que, teniendo todavía memoria, la guardó en un cajón por prudencia y descubrió demasiado tarde que los cajones también se pierden.

Estados Unidos defenderá sus intereses, y eso no nos convierte en Washington. Somos quienes pagamos dos veces, primero con el tesoro público y después con la oscuridad. La última cortesía que se nos pide, quizá la más humillante, es olvidar con elegancia para no incomodar la reconstrucción. No. Que la reconstrucción se incomode. Es lo menos que puede hacer un país que ya se acostó a oscuras.

Que los jueces hagan su trabajo y que llegue el capital que tenga que llegar. Nada de eso obliga a recibir ciertos regresos como si el país hubiera nacido ayer. Nada de eso obliga a estrechar la mano que cobró por una luz que no estuvo.

Alejandro Betancourt puede alegar que no apagó el interruptor, que no estuvo en la sala y que no vio lo que aquellas mujeres vieron. Esa es la cobardía elegante de quien cobra la promesa y delega el desastre. La tragedia no siempre necesita un asesino con el arma en la mano; a veces le basta un hombre que se enriquece con el rescate. Nunca tuvo que oprimir ningún botón. Le pagaron para que el botón no fallara, y falló.

Dentro de veinte años habrá fotos de cascos, taladros y apretones de manos. Ojalá sobreviva también la imagen que nunca se tomó: unas mujeres en Maturín haciendo con las manos lo que un sistema eléctrico, cobrado por adelantado al pueblo, no pudo hacer. Si hay que elegir una sola fotografía de esa época, que no sea la suya.

Y si estas líneas alguna vez llegan hasta él, que no las lea como un libelo ni como una amenaza, porque no lo son. Que las lea como un asiento contable. Puede comprar mesas, aviones, portadas, consejos directivos y el silencio cómodo de mucha gente que lo va a saludar con entusiasmo porque conviene. Hay una sola cosa en el catálogo que no está a la venta, y es justamente la que anda buscando: el derecho a ser recordado como un hombre decente por el país donde nació. Ese renglón no se subasta, no se licita y no admite sobreprecio.

Porque lo que se discute aquí no es un contrato petrolero. Es cuál de los dos venezolanos de esta historia se parece a nosotros: la que se quedó contando uno, dos, uno, dos, con el brazo dormido en un pasillo sin luz, o el que compró un castillo con el dinero de la luz que no encendió.

Elizabeth Sánchez Vegas

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