La inteligencia en terapia intensiva, por Soledad Morillo Belloso

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Las sociedades avanzan —de verdad avance, no ese simulacro de progreso que se vende en vallas luminosas hechas con IA— cuando ponen sus prioridades en el orden correcto: primero la filosofía y la ética, después la política, y entonces la economía. Ese orden no es teoría de salón; es la única secuencia que evita que el desarrollo sea un disfraz barato, un maquillaje que se corre con el primer calor.

La filosofía es el fogón donde una sociedad cuece qué considera justo, qué entiende por dignidad, qué valores quiere defender. Es el sitio donde se amasa la idea de país, como quien prepara masa de arepas al amanecer: con paciencia, con memoria, con intención.

La ética es esa masa ya en el  budare: la prueba de fuego. Es cómo se actúa, cómo se convive, qué límites se respetan incluso cuando nadie mira. Sin ese andamiaje moral, cualquier política es oportunismo y cualquier economía es saqueo con recibo.

La política, cuando llega en su turno y no empujando la cola, tiene un norte claro: organizar la vida pública para que esos principios se vuelvan instituciones, leyes, procedimientos. Es el artesano que toma la idea y la vuelve objeto, que convierte la aspiración en estructura.

Y solo entonces la economía puede cumplir su función real: distribuir recursos, generar bienestar, luchar contra la pobreza, crear riqueza sin romper el tejido social como quien descose una hamaca vieja.

El orden de los factores sí altera el producto

Pero cuando se invierte el orden —cuando la economía manda, la política obedece y la ética estorba— lo que aparece no es progreso sino distorsión. Surgen sociedades que producen mucho pero se degradan, países que crecen sin elevarse, naciones que tal vez se enriquecen mientras se vacían por dentro, como esas casas grandes de  pueblo que por fuera parecen señoriales y por dentro solo guardan polvo y telarañas.

Por eso, en cualquier proyecto serio de país, en cualquier país, la ecuación es simple: Primero pensar, luego normar, después producir.

Lo que diferencia a un estadista

Un estadista lo sabe. Por eso no manda: gobierna. Mandar es imponer órdenes. Gobernar es conducir: escuchar el cauce, leer la corriente, entender el territorio antes de poner un pie. Mandar es vertical; Gobernar es responsable. Mandar es ruido; gobernar es criterio. Mandar es obligar; Gobernar es sostener.

El que manda se cree dueño del país; el que gobierna sabe que apenas es su custodio. El que manda exige obediencia; el que gobierna inspira confianza. Mandar es un acto de poder. Gobernar es un acto de servicio.

La falta de estadistas no es un accidente: Es una grieta profunda en la arquitectura del mundo contemporáneo. Hoy abundan los políticos con diplomas colgados en paredes, los mandones que confunden autoridad con volumen, y  los tecnócratas que creen que un modelo matemático puede reemplazar la intuición moral. Pero escasean —hasta niveles de  ausencia— los hombres y mujeres capaces de mirar más allá de sus narices, más allá de su calendario, más allá de sí mismos. Y abundan los que se creen eternos, los que creen que pueden vencer a lo invencible: la mortalidad.

Un estadista no es un político pseudo ilustrado. Es alguien que entiende que el poder es, por diseño, temporal; no es un trofeo sino una responsabilidad que se carga como un cántaro: con cuidado, con equilibrio, con conciencia de que cualquier descuido puede hacer derramar el contenido. El político pedestre, de lectura reciente y comunicación sin contenido, piensa en la próxima elección; El estadista piensa en la próxima generación. El mandón cree que su palabra es una orden y  busca obediencia; el estadista busca sentido. El tecnócrata se enamora de sus gráficos; El estadista se compromete con su pueblo.

Egos inflados

Hoy el mundo está lleno de politiqueros con egos inflados: porque es más fácil inflar el pecho que ampliar la mirada. Es más cómodo gobernar desde la inmediatez y la seducción idiotizante que desde la responsabilidad histórica. Es mucho más rentable ser figura que ser conciencia. Y así, en los cinco continentes, vemos “líderes” que administran el día pero no el destino, que gestionan el ruido pero no el rumbo, que confunden el aplauso con la legitimidad.

La ausencia de estadistas no es solo un vacío: es un riesgo. Cuando el mundo se queda sin quienes piensan con profundidad en el largo plazo, lo que queda es una sucesión de decisiones cortas, improvisadas, ansiosas. Y un planeta gobernado por la ansiedad termina siendo un planeta sin horizonte.

El renacer

El Renacimiento no nació del hierro y la madera de una máquina; nació del estallido de una idea: que el pensamiento podía multiplicarse. Gutenberg no cambió la historia porque inventó la imprenta; la cambió porque permitió que las grandes preguntas, las intuiciones profundas, la limpieza de herejías luminosas y los descubrimientos incómodos dejaran de ser patrimonio de unos pocos y se volvieran alimento de muchos.

La revolución renacentista no fue técnica: fue intelectual. Lo que transformó a Europa fue que las palabras —esas brasas que antes se apagaban en monasterios y escritorios aislados— pudieron reproducirse, viajar, repetirse, infiltrarse en plazas, mercados, universidades, talleres. El Renacimiento ocurrió porque el conocimiento dejó de ser un susurro y se convirtió en coro. Porque las ideas, al fin libres de la cárcel del manuscrito único, pudieron circular como agua que encuentra cauce.

La imprenta fue la herramienta; la multitud pensante, el verdadero milagro. Sin lectores, no hubiera habido renacimiento. Sin difusión, no hubiera habido ruptura. Sin la democratización del pensamiento, no hubiera habido salto civilizatorio.

Tecnología

La tecnología contemporánea es, en teoría, el mayor acto de democratización intelectual que la humanidad haya visto. No exige linaje, no exige biblioteca, no exige tutor: basta un dispositivo y un poco de señal para acceder a todo el pensamiento acumulado desde Sumeria hasta hoy. Es un milagro silencioso. Un archivo infinito. Una biblioteca de Alejandría que, por fin, no puede incendiarse.

Uno pensaría —con ingenuidad, con esperanza— que semejante abundancia despertaría la curiosidad de niños, jóvenes y adultos. Que la posibilidad de leer a Tolstoi en la sala de espera de un aeropuerto, a Proust en una hamaca, a Hannah Arendt en una cola, a Cortázar en un autobús, abriría apetitos nuevos. Que la facilidad de acceso estimularía la curiosidad, la pregunta, el asombro, la duda, la exploración, el hambre de saber.

Pero no. El mercado dice otra cosa: Los libros que más se venden son -adivinen- los de autoayuda. Manuales para “ser feliz”, para “ser productivo”, para “ser exitoso”, para “ser uno mismo” en cinco pasos y dos respiraciones profundas. Es la paradoja de nuestra época: tenemos a disposición el pensamiento más complejo de la historia, pero preferimos recetas rápidas para aliviar angustias que no se resuelven con fórmulas y frases hechas.

La tecnología abrió la puerta; La indagación, sin embargo, no siempre entra. Y allí está el verdadero drama: no en la herramienta, sino en el uso. No en la disponibilidad, sino en la voluntad. No en el acceso, sino en la profundidad.

La paradoja es brutal: esos mismos públicos que consumen manuales de autoayuda —textos que prometen soluciones en un tris, alivios instantáneos, fórmulas para “sentirse mejor” sin pensar demasiado— son los que, en muchos países, terminan definiendo con su voto (cuando existe) o con su adhesión emocional quién manda. Y allí está el punto neurálgico: la superficialidad termina teniendo consecuencias políticas profundas.

No sorprende

No es extraño, entonces, que figuras tan patéticas como Vladimir Putin hayan llegado —y se mantengan— al frente de Rusia. O un misógino Trump en Estados Unidos, y una profana Delcy en Venezuela. No porque los ciudadanos lean autoayuda y eso determine directamente su voto o su sumisión, sino porque el clima cultural que privilegia la inmediatez, la simplificación y la búsqueda de alivio sobre la reflexión crítica crea terreno fértil para liderazgos manipuladores que se presentan como soluciones fuertes, rápidas, “claras”. Y un hombre como Marco Rubio, que parece inteligente, a tenor de sus recientes declaraciones y actuaciones, resulta que entre las orejas no tiene cerebro; solo aire. La comparación con cancilleres como Henry Kissinger y Madeleine Albright pone de bulto algo: la vara de veras está muy baja.

Nada cambió

Muchos, cuando la pandemia, tuvimos la esperanza de que ese paro forzado nos empujara a la reflexión, a la hondura, a la pausa que permite ver el mundo sin el ruido de la prisa. Pensamos que ese encierro obligatorio sería como el silencio de la madrugada en los pueblos: incómodo al principio, pero fértil. No fue así. Apenas se abrió la puerta, volvieron los vicios con más hambre y las banalidades con más estruendo. En vez de profundidad, hubo fuga; en vez de introspección, hubo incremento del consumo de futilidad. El error garrafal fue creer que el golpe nos haría mejores.

Lo inquietante es que la falta de pensamiento profundo en la ciudadanía —producto de una cultura que prefiere la autoayuda a la filosofía, la receta al cuestionamiento— termina abriendo espacio para liderazgos que no  buscan gobernar, sino mandar. Y cuando se manda sin espesura intelectual y sin contrapeso crítico, las consecuencias dejan de ser locales y se vuelven planetarias.

Por eso comprendo con precisión de bisturí la rabia de Ricardo Hausmann, a quien habría que aplaudir tanto más como pensador que como economista. A él le irrita —como debería irritarle a cualquiera con dos neuronas despiertas que aún se buscan y se encuentran— ver cómo la estupidez, esa bestia torpe y satisfecha, arrastra por el suelo a la inteligencia y encima celebra la proeza como si fuera un triunfo histórico.

No está muerta

La inteligencia no está muerta, pero la han guardado en un armario, como un abrigo caro que a muchos -los pragmáticos, esa especie poderosa- les parece innecesario. Allí está: doblada, arrinconada, esperando que a alguien se le ocurra abrir la puerta y recordar que pensar es un acto de dignidad, no un lujo. Afuera, en cambio, reina la prisa, la bulla, la comodidad de repetir sin procesar. Y mientras la inteligencia permanece encerrada, la estupidez se pasea con soltura, convencida de que es la nueva norma.

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