Vivimos tiempos turbulentos, muchas veces incomprensibles y con el agravante de no tener a mano una salida visible y convincente. Para muchos, la solución se encuentra en unas elecciones presidenciales inminentes, mientras que para otros, basándose en la casi total destrucción de la institucionalidad pública y en alguna medida la privada, acogen la tesis acerca de asumir, aún forzosamente, una serie de decisiones y ejecutorias previas que nos llevarían con cierto éxito a superar esta agobiante situación.
En este orden, insistimos en que la libertad de todos los presos políticos es una necesidad y -en consecuencia- un trámite que no admite mayor dilación. Realizar unas elecciones sintiendo el doloroso ruido de las “cadenas de los prisioneros” o de continuar manteniéndolos detrás de las rejas del oprobio y la indignidad, resulta algo muy cercano a la frivolidad e incoherencia política.
Igualmente, hay que tomar -como tantas veces se ha dicho- las decisiones inmediatas referentes al menoscabado Tribunal Supremo de Justicia, la Fiscalía General de la República, el Consejo Nacional Electoral, la Fuerza Armada y los desprestigiados servicios de seguridad, por señalar algunos. Y que no se diga que es algo inalcanzable o que vamos a desatar “la furia de Zeus”. En este sentido, sostenemos que, en vez de estar priorizando banalmente el retorno de María Corina Machado como heroico desenlace y titánico remedio, deberíamos exigir, con la contundencia del caso y en las calles y pueblos, la inmediata libertad de los que aún quedan en las cárceles por oponerse al régimen y demandar los cambios que ameritan las instituciones ya señaladas.
De otra parte, hemos apuntado que elecciones sin partidos habilitados y organizados va a contravía de lo que sería un proceso electoral justo, moderno y democrático. Los movimientos electorales alrededor de una persona nunca, jamás, han dado buenos resultados. Recordemos el desenlace del último, llamado Movimiento 5ta República.
Estamos claros que las organizaciones políticas deben hacer un gran esfuerzo por enseriarse. Retomar la credibilidad perdida y el liderazgo que otrora tuvieron resulta una tarea cuasi épica y harto necesaria.
En el caso específico de AD y Copei, como partidos históricos, con mayor razón. Muy esclarecedor el comentario del analista Nelson Mendoza Blanco en su ensayo titulado “El ADN de los Partidos” quien plantea que, desde hace mucho tiempo, “las organizaciones hablan cada vez más consigo mismas y cada vez menos con la sociedad”. Una conducta nada nueva y que tuvo su expresión fatal en AD al haber expulsado a Carlos Andrés Pérez de sus filas, más por cálculos y malabarismos internos que como una incontestable actitud frente a un supuesto desvío ilegal de fondos públicos y –
consecuentemente- como una clara respuesta al país. Por cierto, las pancartas, pinturas e invocaciones a CAP sobraron en el 85 aniversario de esta agrupación política. ¿Verdadera reivindicación y arrepentimiento? ¿O rudimentario anzuelo para pescar una vez más aquellos nostálgicos del ayer? ¿No hay propuestas nuevas? ¿No tienen un planteamiento novedoso acerca de la futura democracia? ¿Nada qué decir a la juventud venezolana? ¿A la comunidad en general? Son algunas preguntas que muchos se hacen y que esperan categóricas respuestas.
Vivimos tiempos convulsos, de sobresaltos permanentes y de posiciones contrapuestas de forma alarmante. Declararse diariamente a favor de una figura política no es la solución adecuada, aunque ella sea parte esencial de la misma. Hay
cosas que tenemos que hacer de antemano para que toda esta emoción y esfuerzo no se conviertan en un error más o en un pañito con agua caliente. Como bien señaló el articulista Armando Martini Pietri: “Una elección que hereda un colapso es una trampa con urnas”.
Ricardo Ciliberto Bustillos


