Alfredo Álvarez: “Yo ejerzo el periodismo para constatar que estoy vivo”

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El periodista venezolano habla de una transición que considera tutelada, del petróleo como eje de la relación con Washington, de la libertad de expresión y de una generación de reporteros que aprendió a estar “cordialmente en desacuerdo” con el poder

Por: Henry Figueroa Brett – El Nuevo Venezolano

Alfredo Alexander Álvarez es periodista venezolano con casi cinco décadas de ejercicio profesional. Comenzó como reportero político en Maracaibo y desarrolló una trayectoria que lo llevó de las salas de redacción a la dirección de medios, la televisión, la radio, la publicidad, la docencia y la consultoría estratégica.

Trabajó en medios como Panorama, El Zuliano, Crítica, El Nacional, El Impulso, Revista Producto, Venezolana de Televisión y Promar TV, y ocupó responsabilidades de jefatura, gerencia y dirección. Licenciado en Comunicación Social y magíster en Ciencia Política por la Universidad del Zulia, también cursó estudios de Comunicación Política y Filosofía.

Conocí a Alfredo en otra época del periodismo venezolano: ambos trabajabamos para el diario El Zuliano en Maracaibo. Primero escribió «Cartas a Tánatos» un regitro filosófico de su lucha contra la muerte y el COVIT19, ahora nos trae, sus Cortos y precisos, una recopilación de comentarios editoriales escritos durante 2026, nos sirven de pretexto para volver a conversar. Esta vez sobre un país muy distinto al que entonces nos tocaba reportar.

Álvarez define esos textos como una bitácora de un país en movimiento. No pretende, dice, decirle al lector qué debe pensar, sino proporcionarle elementos para pensar por cuenta propia.

De eso trata esta conversación.

De Venezuela, de petróleo, de Washington, de soberanía, de periodismo y, sobre todo, de una pregunta que atraviesa prácticamente todas sus respuestas: ¿estamos realmente ante una transición o simplemente frente a otra reorganización del poder?


—En varios de tus textos utilizas expresiones como “transición gestionada”, “diálogo bajo supervisión” y hablas de una Venezuela sometida a decisiones de actores externos. Cuando juntas todo lo ocurrido durante estos meses, ¿qué clase de transición crees que está viviendo realmente Venezuela?

—Creo que en este momento nadie podría definir exactamente el proceso que estamos experimentando los venezolanos. Hay opiniones parciales que se aproximan con timidez a entender lo que está pasando. Tenemos diagnósticos fragmentados y habría que vincularlos para tener una idea más cercana.

Pero si me preguntas a mí, diría que estamos en presencia de un proceso híbrido, inédito y acotado.

Somos una sociedad muy fragmentada, intervenida, una especie de protectorado petrolero donde, en mi interpretación, somos garantía para la estabilidad energética de Estados Unidos.

Considero que a la Casa Blanca le conviene mantener durante determinado tiempo las relaciones de poder que actualmente existen en Venezuela porque garantizan continuidad en el suministro energético, mientras una transición democrática que reconstituya la República y nos devuelva la posibilidad de ser actores de nuestro propio proceso político ha quedado diferida.

Vivimos un proceso muy complejo, inédito, acotado y tutelado, que además no se caracteriza precisamente por la linealidad ni por la transparencia. Hay varias lecturas simultáneas incluso dentro del relato político de los principales voceros de la Casa Blanca.


—Washington aparece constantemente en tus comentarios, no solamente como actor diplomático, sino en petróleo, reconstrucción, negociación política y relaciones internacionales. ¿Hasta dónde consideras que Estados Unidos acompaña el proceso venezolano y desde dónde comienza, en tu interpretación, la tutela?

—Creo que comienza incluso antes del 3 de enero.

El 3 de enero es una inflexión significativa en la política contemporánea venezolana con la extracción de Nicolás Maduro, pero pienso que era un proceso que venía gestándose anteriormente, con acuerdos con parte de la élite que entonces regentaba el país.

El actor fundamental ya no es Maduro. Ahora son Delcy Rodríguez y su hermano Jorge.

Creo que basta observar cómo determinados anuncios de la Casa Blanca son seguidos rápidamente por modificaciones o adecuaciones en Venezuela. La legislación de hidrocarburos, por ejemplo, históricamente fue producto de discusiones políticas y técnicas muy amplias. Esta vez los cambios ocurrieron con enorme rapidez.

Para mí, los intereses energéticos estadounidenses están conduciendo buena parte del proceso. Y eso hace susceptible calificarlo como tutelado.


—Has utilizado una frase particularmente fuerte: “la soberanía convertida en línea de crédito”. Hoy petróleo, oro, CITGO y otros activos estratégicos forman parte de negociaciones económicas y políticas. ¿Estamos ante una reconstrucción de Venezuela o ante una redistribución del control sobre sus recursos?

—Me atrevería a ir más allá.

Creo que estamos presenciando un asalto a saco.

Cada día aparecen empresas interesadas no solamente en petróleo, sino en minerales estratégicos, carbón, oro y otros recursos.

Lo que sorprende es la poca información pública que existe sobre muchas de estas operaciones. Un negocio supone que las partes conocen las ventajas de una asociación y que esas ventajas funcionan de alguna manera para ambas.

En el caso venezolano, por lo menos públicamente, eso no siempre puede determinarse.

Por eso “la soberanía convertida en una línea de crédito” es una metáfora que intenta definir la condición vulnerable en la que Venezuela entra en negocios extraordinariamente complejos.

El ciudadano no conoce suficientemente el costo de determinadas operaciones petroleras, el destino de los recursos, cómo se administran, dónde están o cuáles son los criterios para asignarlos.

Esa opacidad nos hace enormemente vulnerables.


—Precisamente: has sido muy crítico con la opacidad. ¿Qué tendría que ocurrir para que ese diálogo pudiera considerarse realmente un proceso político venezolano y no solamente una negociación entre élites?

—Lo primero sería conocer los documentos.

Los términos de muchos acuerdos no han sido suficientemente públicos. Sabemos que existen, pero el ciudadano no puede examinarlos.

Hay además diferencias sobre la duración y las condiciones de algunos acuerdos que deberían haber sido discutidas ampliamente, no solamente por los órganos políticos, sino por la sociedad venezolana.

Venezuela tiene más de un siglo de experiencia petrolera. En los años setenta nacionalizamos la industria y PDVSA llegó a tener enorme prestigio internacional.

Existe conocimiento técnico venezolano para discutir estas operaciones con solvencia.

¿Por qué no aprovecharlo?

Cuando la sociedad desconoce las condiciones bajo las cuales se comprometen sus recursos, queda en una situación de enorme vulnerabilidad.

Lea la entrevista completa siguiendo este enlace a El Nuevo Venezolano

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