María Corina, una hija grande de Venezuela, por Antonio Ledezma

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Cuando Andrés Eloy Blanco escribió su Canto a los hijos, se detuvo ante el misterio doloroso de nuestra patria: una tierra venezolana que “algo tiene y nadie sabe dónde”, capaz de ver partir a sus mejores mujeres y hombres mientras los destructores procuran perpetuarse en el poder. De allí brotó su verso profético: “el hijo vil se le eterniza adentro y el hijo grande se le muere afuera”.

Esa imagen vuelve hoy con fuerza. Venezuela ha visto marcharse a millones de sus hijos, perseguidos por la pobreza, la cárcel, el exilio y la desesperanza. María Corina Machado representa, en esta hora, a esa hija grande que la nación espera. Su retorno no será la escena de una dirigente que vuelve para reclamar privilegios; será el reencuentro de una mujer con el pueblo al que ha dedicado su vida, su palabra y su coraje.

Esa paradoja vuelve a golpear nuestra conciencia cuando María Corina Machado enfrenta impedimentos para regresar a su país. Los obstáculos levantados por quienes temen su presencia revelan la fragilidad de una cúpula que pretende convertir las fronteras venezolanas en candados políticos. La versión ofrecida por diversos reportes de prensa, María Corina Machado ha acumulado al menos siete intentos frustrados de retorno por aire, tierra y mar. 

María Corina es una hija grande de Venezuela. Lo ha sido desde mucho antes de que su voz se convirtiera en referencia política nacional. En 1992, junto con su madre, promovió la Fundación Atenea para atender a niños en situación de vulnerabilidad en Caracas. Allí estaba la semilla de una vocación que entiende el servicio público como deber, cercanía y responsabilidad con los más débiles. 

Más tarde fundó Súmate, una organización dedicada a defender uno de los bienes más sagrados de una democracia: el derecho al voto y el respeto a la voluntad popular. Comprendió que las elecciones requieren ciudadanos vigilantes, instituciones confiables y una sociedad dispuesta a defender cada acta, cada mesa y cada resultado.

Entendió también que la política necesitaba sangre nueva. Entró en ella sin buscar privilegios ni cuotas de poder. La asumió como un apostolado cívico, con la determinación de quien sabe que Venezuela exige servidores públicos y mujeres dispuestas a decir la verdad frente a los poderosos.

En enero de 2012, como diputada, interrumpió el largo discurso de Hugo Chávez para decirle lo que muchos venezolanos llevaban atado en la garganta: expropiar empresas equivalía a robar. Aquella frase atravesó el recinto parlamentario y quedó grabada en la memoria nacional. Después vinieron los atropellos. La violencia física contra parlamentarios opositores, la pérdida arbitraria de su investidura tras denunciar ante la Organización de Estados Americanos el desmantelamiento democrático y la inhabilitación política destinada a sacarla de la competencia electoral. Cada castigo procuraba reducir su voz. Cada castigo terminó ampliando su autoridad moral.

En las primarias del 22 de octubre de 2023 recibió 92,35 % de los votos. Fue un mandato contundente de la ciudadanía opositora. La inhabilitación impuesta por el régimen impidió que asumiera la candidatura presidencial, pero María Corina convirtió ese obstáculo en un acto de grandeza política: respaldó a Edmundo González Urrutia y puso la victoria de Venezuela por encima de cualquier aspiración personal. Ha vivido bajo amenazas, persecución y clandestinidad. Ha tenido que sacrificar la serenidad de su vida familiar para asumir una responsabilidad que pocos habrían aceptado. Su trayectoria demuestra que la lucha democrática tiene un precio alto; también demuestra que Venezuela cuenta con mujeres capaces de pagarlo por amor a su país.

Ella persiste en regresar. Cada intento frustrado representa una puerta que la tiranía cierra y una voluntad que vuelve a tocar. Dicen que el gato dispone de siete vidas; la esperanza venezolana posee más puertas que el laberinto que pretende levantar la tiranía. Siete intentos expresan perseverancia. El laberinto autoritario parece diseñado para encerrar, pero la voluntad de un pueblo descubre caminos, abre grietas y convierte cada obstáculo en una nueva ruta de regreso. La frontera jamás podrá ser una muralla eterna para María Corina Machado, quien lleva en su nombre el afecto, la confianza y la esperanza de millones de venezolanos.

Los hijos viles podrán atornillarse durante un tiempo a los cargos, a los privilegios y a los mecanismos de fuerza. Pero la historia termina pasando cuenta. Los hijos grandes regresan en la memoria de un pueblo, en su exigencia de libertad y en la energía de una ciudadanía que se niega a resignarse.

María Corina Machado volverá a confundirse entre la gente que la espera y la quiere. Ese día Venezuela comprenderá que ninguna persecución consigue detener para siempre a una nación que ha decidido recuperar su dignidad.

Antonio Ledezma
Antonioledezma.net

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