Operación empaque y lavado, por Soledad Morillo Belloso

Comparte en

Que el poder en Venezuela es un teatro de opereta berreta no es noticia, pero ver a Delcy Eloína impostarse en el podio de la ONU disfrazada de paloma de la paz institucional es un “grotesque” que exige bisturí de cirujano. Desmembremos sin anestesia la pieza de oratoria —o más bien, el catálogo de remate— ofrecida desde Nueva York.

La semiótica es cruel porque desnuda la impostura: el signo precede a la charlatanería. Delcy escaló el estrado con el tufo fresco de la foto con Donald Trump, vendiendo barriles de crudo a cambio de un barniz de legitimación exprés. El choque con el mito fundacional del chavismo es de una violencia brutal. Del orate del «aquí huele a azufre» de Hugo Chávez en 2006, mutamos a esta fría figura de utilería que regurgita eufemismos como «eficiencia energético-empresarial», «reconstrucción del alma nacional» y «desarrollo tecnológico». El eslogan «Venezuela Renace» pretende borrar de un plumazo casi tres décadas de devastación, corrupción y saqueo para vender la alucinación de un país «normalizado», con la santísima revolución enterrada bajo el peso de contratos petroleros.

Semejante farsa requirió un minucioso disfraz de camuflaje. Quedaron en el foso del olvido el puño en alto y la camisa roja inflamada; en su lugar, la dama echó mano de la sobriedad ejecutiva de tonos claros, corte de sastrería y una impoluta pulcritud que aullaba «gobernabilidad». El atuendo no vestía a una militante antiimperialista —artífice directa de la más feroz persecución política que recuerde nuestra historia—, sino a una vulgar cajera de negocios estatales. La joyería discreta y el peinado estricto remataron la estafa visual de una tecnócrata moderna amoldada a la diplomacia corporativa global.

El lenguaje no verbal operó como el cómplice perfecto de este vestuario de laboratorio. La oradora ejecutó una coreografía de estudiada mansedumbre: manos clavadas en el podio para simular un aplomo que no tiene, microexpresiones congeladas en una serenidad robótica y una voz pausada que impostaba la gravedad que el régimen jamás conoció. Ayuda, por supuesto, la parálisis química del Botox inyectado en el rostro, que le impide reflejar cualquier vestigio de vergüenza. La gesticulación violenta y el dedo inquisidor que suele blandir en Caracas fueron sustituidos por miradas mansas y sutiles cabezazos al pronunciar «diálogo» o «inversión». Fue un despliegue de kinestesia calculado para seducir al capital y transmitir la ilusión de un régimen cómodo, asentado y listo para firmar el cheque.

Al desarmar los vocablos, tropezamos con un diccionario de alcantarilla donde las palabras han sido emasculadas y rellenadas con veneno táctico. En su semasiología, «transición» no significa la entrega del poder que la nación exige, sino un reajuste de tuercas interno para perpetuar la hegemonía. Prometer ante el mundo que «habrá elecciones» y que la democracia «se mide por la competencia» es un sarcasmo miserable: «elección» para ellos no es alternabilidad, sino un trámite burocrático de validación internacional, por supuesto, sin el «inconveniente» de fijar fechas. Asimismo, «paz y reconciliación» no apela a la justicia ni al perdón, sino a la amnesia obligatoria para archivar crímenes en nombre del pragmatismo económico.

La sintaxis del discurso fue un monumento al encubrimiento. Dominó la oratoria la cobardía de las oraciones pasivas: el país «estuvo afectado por una crisis de convivencia política», como si la tragedia venezolana fuese un fenómeno meteorológico o una plaga fortuita, y no el resultado directo del saqueo y la tiranía. Abundaron las cláusulas vaporosas —»promover el entendimiento», «transformación verificable»— para evadir nombres propios, fechas concretas y garantías reales. Lo más grotesco: el enemigo histórico, el malvado «imperialismo», se evaporó del mapa oratorio para mutar en un codiciado socio comercial.

Lo visto hoy en la ONU no fue un discurso de convicción; fue una operación de empaque y lavado de cara. Delcy Eloína escupió un texto maquillado para los oídos de Wall Street y la diplomacia complaciente: edulcorado, leguleyo y desinfectado de dogma.

Sin embargo, por más que la sintaxis disfrace la masacre, el traje simule decencia, el Botox paralice los rasgos y el cuerpo finja moderación, en la política la inmundicia del fondo siempre termina pudriendo la forma. Las palabras prometen aperturas, pero a estos personajes la historia no los juzgará por la utilería ni por los adjetivos, sino por el desastre que encubren.

Soledad Morillo Belloso
Soledadmorillobelloso@gmail.com

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top