No hay imágenes ni relato que prepare a quien va por primera vez a La Guaira después del trágico 24 de junio, tampoco a los que han regresado más de una vez. La devastación golpea con la misma fuerza el corazón de quien guarda algún recuerdo feliz allí.
Por: Aliana Abadi – El Nacional
A tres meses del doble terremoto, el aire denso ya no hiede a la descomposición de los cuerpos, sino al polvo por la remoción de escombros que lo cubre todo. Donde antes se alzaban edificios residenciales frente al mar, hoy solo queda la vista desnuda de El Ávila y terrenos planos marcados por un mismo aviso: «Propiedad privada. Propietarios organizados».
El contraste territorial en la región es abismal: un reflejo de dos realidades paralelas que coexisten a escasos kilómetros de distancia. En el sector Maiquetía, la vida sigue su curso. Las estaciones de servicio se encuentran abiertas, el transporte público fluye de manera recurrente y los comercios mantienen sus santamarías arriba en un ambiente de normalidad. Sin embargo, a medida que se avanza hacia el este, el paisaje muta y se convierte en devastación; el aire se vuelve pesado. En la avenida principal de Caraballeda sorprende una inmensa montaña de escombros en la que camiones de carga depositan material de forma continua. La desolación comercial y humana es casi absoluta, y deja al descubierto la verdadera magnitud de una herida que se mantiene abierta.
La caída del comercio
Los comerciantes de los sectores Macuto y Caraballeda se debaten entre el respeto al luto y la urgencia de reabrir las playas para reactivar el turismo en el estado. Linethe Fares, de 50 años de edad, es la dueña de la arepera El Rincón del Mileniun, ubicada en la avenida Intercomunal de Macuto. Es un negocio con 55 años de tradición familiar, famoso gracias a sus emblemáticas empanadas de chipichipi con cazón. Abrieron al octavo día del sismo, pero sus ventas hoy se han desplomado más del 50%. «Al principio fluía porque había rescatistas, la dinámica de la emergencia traía gente, pero ya todo decayó, esto se está quedando muy solo», comenta Linethe.
La guaireña, que por ahora tuvo que mudarse a Caracas tras perder su vivienda, espera que el litoral recupere el turismo para que el negocio respire de nuevo. «Como no abren las playas, nosotros, que vivimos mucho de los playeros, hemos visto cómo ha mermado muchísimo el comercio», asegura.
La licorería de al lado, Family Market Bit, reabrió 11 días después de los terremotos. Su dueño, Roger Palmas, cuenta que afortunadamente su negocio no sufrió daños estructurales pero sí en mobiliario y productos. Utilizó sus ahorros para comprar neveras y mercancía nueva. A pesar de que ha solicitado créditos en los bancos para paliar los gastos, aún no recibe respuesta.
Roger tiene 28 años viviendo en el sector La Llanada y en su local también vende productos de la cesta básica, refrescos y agua. Aunque el negocio se mantiene gracias a los vecinos que quedan en el sector y algunos amigos, indica que sus ventas bajaron en un 60%. Sumado a esto, afirma que la gobernación del estado carece de la más mínima sensibilidad tributaria frente a la catástrofe.
«Al mes del sismo recibí una inspección de Sanidad exigiéndome modificaciones estructurales en el local, cosas que son insensatas desde todo punto de vista. No hay sensibilidad de parte del ente gubernamental para decirle al comerciante: ‘Esta es la ayuda, vamos a exonerar, vamos a flexibilizar o el canon va a bajar’. Eso no ha ocurrido y golpea mucho, porque si las ventas bajan un 60% y se sigue pagando el tributo tal como está, afecta severamente. Tengo un sistema fiscal homologado; por más que quiera no le puedo mentir al fisco, y prefiero eso antes que una multa. Las multas son en euros y me quitan toda la rentabilidad», expresa.
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