Por Carlos A. Fernández
Hay números que no necesitan demasiadas explicaciones. Solo necesitan que alguien se atreva a leerlos. En la última encuesta de Vea Panamá, publicada en La Estrella de Panamá, en el mes de julio, cuando preguntamos cuál es el principal problema del país. La corrupción nuevamente aparece en el primer lugar con 33.1% del total de los encuestados, es decir, 1 de cada 3 panameños, la considera como su principal problema. Le siguen el alto costo de la vida, con 22%; la falta de empleo, con 20.4%; y la inseguridad, con 11.8%.
De este resultado nace una interrogante, ¿Qué entiende hoy un ciudadano cuando se habla de corrupción? Durante mucho tiempo, la palabra corrupción tuvo una imagen bastante definida, el funcionario que recibía un soborno, el que utilizaba su cargo para enriquecerse, el que desviaba recursos públicos o el que convertía el poder en un negocio personal. Pero algo parece haber cambiado en el imaginario social, la corrupción se hizo más grande o está presente en otros aspectos de la vida diaria.
La propia palabra viene del latín corruptio, vinculada a la idea de destruir, deteriorar, alterar o pervertir. Su significado histórico no se limita al dinero público ni a un funcionario metiendo la mano en una caja. Habla, en esencia, de algo que se deteriora, que se rompe, que deja de funcionar como debería.
Para muchos ciudadanos, corrupción también es necesitar una palanca para conseguir un empleo, es tener que conocer a alguien para que un trámite avance, es sentir que quien tiene contactos consigue lo que otro ciudadano debe esperar meses para obtener. Pero políticamente hay algo que no podemos ignorar: cuando la ciudadanía empieza a meter todas esas experiencias dentro del mismo saco, lo que está diciendo es que percibe que las reglas dejaron de ser iguales para todos.
Eso es mucho más profundo que un escándalo, porque una sociedad puede indignarse por un caso de corrupción. Lo verdaderamente peligroso es cuando comienza a asumir que la corrupción es simplemente la manera en que funcionan las cosas. Entonces, deja de ser solamente un problema de funcionarios, para convertirse en un problema del sistema.
El politólogo italiano, Giovanni Sartori, advertía que la corrupción podía convertirse en un elemento patológico de la democracia, precisamente porque termina afectando la confianza en el sistema y en quienes lo representan, esa reflexión sigue teniendo vigencia. Porque combatir la corrupción no puede reducirse a perseguir al corrupto después de que el daño está hecho.
También significa, construir instituciones donde el ciudadano no tenga que preguntarse quién puede ayudarlo para conseguir aquello a lo que tiene derecho.
No basta con decir que hay que combatir la corrupción, hay que preguntarse que estamos haciendo para que el sistema produzca menos opciones para que suceda. Porque también existe una corrupción silenciosa. La que no aparece en una auditoría. La que se instala cuando el ciudadano deja de esperar justicia y comienza a buscar contactos, por eso ese 33.1% debe preocuparnos.
No solamente porque la corrupción ocupa el primer lugar entre los problemas señalados, sino porque puede estar revelando algo todavía más profundo, una sociedad cansada de sentir que para avanzar hay que conocer a alguien, esperar un favor o aprender al juega vivo.
El problema es cuánto hemos perdido algo mucho más difícil de recuperar, la confianza en que las cosas pueden hacerse correctamente y que las reglas, son para todos.


