Después de casi tres décadas de chavismo, Elías Jaua, ese exvicepresidente, excanciller y exministro de confianza de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, descubrió de pronto la virtud de la humildad. En una entrevista reciente, el mismo hombre que ayudó a engranar la maquinaria del poder bolivariano se permitió declarar que “toda la dirigencia política, y me incluyo”, debería pedir perdón al pueblo venezolano por el daño causado, especialmente en los últimos quince años tras la muerte del comandante.
Qué coincidencia. Ahora que el edificio se tambalea, que la emigración supera los siete millones y que la miseria se volvió paisaje permanente, el funcionario de carrera aparece con el pañuelo en la mano. Como el verdugo que, después de afilar el hacha durante años, se vuelve hacia la plaza y susurra: “Disculpen las molestias”.
Jaua no fue un simple espectador. Fue parte del equipo que impulsó las expropiaciones agrarias y empresariales que asfixaron la producción; defendió el modelo que convirtió a PDVSA en botín y a la economía en un experimento de controles, distorsiones y corrupción estructural que él mismo llegó a admitir “dejamos intacta”. Ocupó cargos desde los cuales se sostuvo la concentración de poder, se legitimó la Constituyente de 2017 y se mantuvo el relato mientras hospitales se vaciaban de medicinas, la hiperinflación devoraba salarios y la gente hacía cola por un kilo de harina o un pasaje de salida.

El cinismo no está solo en pedir perdón tarde. Está en hacerlo después de haber sido cómplice —por acción u omisión— de un sistema que transformó una de las naciones más ricas en petróleo de América Latina en un país de emigrantes, desnutrición y servicios colapsados. Mientras se repartían cargos y se construía el clientelismo, el daño se acumulaba: pobreza extrema disparada, persecución política, medios amordazados y una generación completa que creció sabiendo que el futuro estaba en otro pasaporte.
Ahora el verdugo pide clemencia. No desde el banquillo, sino desde la posición cómoda de quien ya no tiene el poder formal pero conserva la voz. El pueblo venezolano, el que se fue y el que se quedó, ya no necesita disculpas de quienes ayudaron a construir el precipicio. Necesita memoria. Y memoria, en este caso, es recordar que algunos no solo miraron; murieron en las cárceles siendo inocente.
Tan bello Elías.


