A una le da por pensar que en esta vida hay diferencias que no son de matiz, sino de abismo. Porque una cosa es sentarse a negociar con la ExxonMobil —con sus abogados de cuello almidonado, sus carpetas ejecutivas y ese olor a dólar viejo y protocolo corporativo— y otra, muy distinta, terminar tomándose un café amargo y mal colado con esos señores (señores es un decir) de Nabep, que no son más que un cartel con corbata prestada y perfume caro para disimular la mugre y la costra.
La historia con la Exxon no nació ayer. Esa relación arranca en los años veinte del siglo pasado, cuando Venezuela olía a kerosén, barro y dictadura gomera. Por aquellos días, los hombres de la Standard Oil of New Jersey —la tatarabuela de la Exxon— llegaron con sus sombreros y sus planos al Zulia. Se instalaron en el Lago de Maracaibo, compraron concesiones a precio de saldo bajo el manto complaciente de Juan Vicente Gómez y terminaron fundando en 1943 a la todopoderosa Creole Petroleum Corporation.
La Creole -así la llamábamos- no era simplemente una petrolera en el país. Construyó campos en Quiriquire, Judibana y Lagunillas, con sus casitas estilo American suburb, sus economatos bien surtidos de mantequilla gringa y sus escuelas donde los hijos de los ingenieros jugaban béisbol sobre grama bien podada. Yo vi todo eso. Era una relación utilitaria: ellos sacaban la riqueza del subsuelo y, a cambio, pagaban sus impuestos, acatando la Ley de Hidrocarburos de 1943 y el «fifty-fifty» de Medina Angarita.
Cuando llegó la nacionalización de 1976 con Carlos Andrés Pérez, la Creole empacó sus maletas sin hacer aspaviento público. Cobraron su indemnización, dejaron todo su conocimiento en ordenadas bibliotecas, entregaron las llaves de los campos —que pasaron a llamarse Lagoven— y se fueron con su protocolo a otra parte.
El reencuentro vino en los noventa, durante la Apertura Petrolera de Rafael Caldera. Regresaron para trabajar el crudo extrapesado de la Faja del Orinoco con el proyecto Cerro Negro, ya convertidos en ExxonMobil. Regresaron como el viejo conocido con el que uno se vuelve a casar por conveniencia financiera: sin pasión, pero con contratos blindados. Y a hacerlo bien. Sin trajín ni trácala.
Y cuando las reglas volvieron a cambiar con la infeliz ola estatizadora de 2007, mientras otros agachaban la cabeza, la Exxon no se comió el cuento: agarró sus carpetas, se fue al CIADI y demandó hasta el último centavo en tribunales internacionales.
Con la gente de la Exxon la cosa siempre ha sido fastidiosa, sí, pero predecible. Te sacan un contrato de trescientas páginas impreso en papel de alto gramaje, lleno de cláusulas en inglés jurídico que te marean la paciencia, pero sabes a qué atenerte. Hay estatutos, hay accionistas que piden cuentas y hay tribunales donde ir a patalear si la cosa se tuerce. Es el capitalismo de manual: frío, calculador e impenetrable, pero institucional.
Lo de Nabep, la de Alejandrito, en cambio, es otra fauna completamente distinta. No tiene pasado, ni abolengo, ni polvo de archivo. Carece del peso de la historia petrolera, de los balances presentados a los accionistas o de las viejas oficinas de arquitectura moderna en Los Chaguaramos. Su cronología no se mide en décadas de inversión, sino en la inmediatez de la oportunidad opaca.
Mientras la historia con la Exxon se puede rastrear paso a paso desde los primeros balancines, Nabep no tiene prehistoria ni historia. Surgió de la nada, inventada en un registro mercantil de maletín para llenar el vacío dejado por las sanciones, el colapso institucional y el aislamiento financiero de la industria energética formal. No nació de un proceso de fusión corporativa ni de una expansión de capitales; su nombre es un cascarón diseñado con letras ampulosas para simular un organismo técnico o una alianza multilateral, cuando en realidad funciona como una mampara contable para mover asignaciones de crudo al margen de los sistemas de custodia tradicionales.
Sus dueños y ejecutivos andan en camionetas blindadas sin placa, se visten con trajes de diseñador que les quedan rabones en los hombros y tiran sobre la mesa tarjetas de presentación con logotipos dorados inventados anteayer. Se dan ínfulas de «socios estratégicos», pero detrás de la jerga gerencial mal aprendida —esa de la «sinergia», la «soberanía» y la «geopolítica»— lo que hay es la misma maña del malandro que descubrió que el papel membretado lava mejor que la lejía.
La Exxon protege un siglo de reputación corporativa y acceso a los mercados internacionales de crédito; Nabep opera sabiendo que su marca es descartable. Su ciclo de vida está concebido para durar lo que dure el esquema, la sanción de turno o el funcionario que le firmó la cuota de embarque. Si la primera dejó como huella en el país puertos, refinerías, mapas geológicos, escuelas en los campos petroleros y litigios en La Haya, el paso de Nabep no deja activos ni infraestructura. Su único rastro son los cargamentos fantasmas que navegan con el transpondedor apagado, los pagos intermediados en criptoactivos o monedas oscuras, y las facturas cobradas en la penumbra que jamás ingresan a las arcas públicas.
Hacer negocios con la Exxon es lidiar con un monstruo burocrático de oficinas acristaladas; meterse con Nabep es negociar en un callejón a oscuras con alguien que lleva la pistola metida en el cinto mientras te sonríe con dientes de oro. Con los primeros se firma con pluma estilográfica; con los segundos, tarde o temprano, la factura se paga con el alma… si es que no se paga con la vida.
Y para decirlo sin tanto rodeo leguleyo ni tanto adorno de cartón, usando la mismísima lengua afilada y sin bozal del inolvidable Tigre de Carayaca: ¡pero qué clase de monumental y hedionda cabra nos están metiendo, compadre! Porque cambiar a los imperiales de saco y corbata por este atajo de pícaros de uñas sucias que juegan a ser magnates del petróleo, no es soberanía ni patrio orgullo; es dejar que unos zamuros con perfume caro nos vendan como banquete nacional lo que no es más que la carroña que dejaron en el mostrador.
Soledad Morillo Belloso
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