Caracas antes de los barriles, por Rafael Egáñez Anderson

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Venezuela ha vivido otras aperturas petroleras y esta vez, antes de mirar la producción, conviene mirar las mesas de los restaurantes

Hay conversaciones que no aparecen en ninguna proyección oficial, en ninguna presentación de banco de inversión ni en ningún comunicado de prensa, pero que quienes conocen la historia petrolera venezolana saben leer con precisión, porque son las conversaciones que ocurren antes de que empiece la historia que después todo el mundo contará como si hubiera sido obvia desde el principio, y Caracas está llena de esas conversaciones ahora mismo, el ingeniero habla del pozo, el empresario pregunta por equipos, el banco estudia cómo financiar, la aseguradora calcula riesgos, el abogado analiza contratos, el proveedor busca socios, el inversionista pregunta por seguridad jurídica, el operador necesita talento, y detrás de todo eso empiezan a aparecer vivienda, transporte, hoteles, aviación, telecomunicaciones, tecnología, seguridad industrial y logística, como si alrededor de una oportunidad que todavía no ha terminado de materializarse ya hubiera comenzado a formarse silenciosamente el ecosistema que la hará posible.

Eso es precisamente lo que hace interesante observar Caracas en este momento, porque no se está describiendo todavía un boom petrolero sino algo que históricamente suele precederlo, la formación de expectativas y el posicionamiento del ecosistema económico alrededor de una oportunidad, y esa diferencia importa porque en la historia del petróleo venezolano ese momento previo, ese período en que todo el mundo sabe que algo va a ocurrir antes de que ocurra, ha sido a veces más revelador que el momento mismo de la apertura.

Lo digo porque lo vi, porque estuve en Caracas y lo que describe esa observación no es una proyección sino algo que ya está ocurriendo: el segmento de recursos humanos se mueve rápido porque las empresas no esperan a tener el contrato firmado para empezar a buscar el talento que van a necesitar, el mercado de oficinas, alquileres y ventas ya tiene un ritmo que Caracas no conocía desde hace años, los hoteles aumentaron su ocupación, el tráfico volviendo a ser el indicador imperfecto pero revelador de que la ciudad está de nuevo en movimiento, las visitas a auditoras, bancos, instituciones financieras y despachos de abogados y fiscalistas se multiplicaron, las ventas de carros para flotillas y los requerimientos asociados aumentaron, y lo que ocurre en Caracas empieza a tener su espejo en el Zulia, donde NABEP está comenzando a mover actividad en los puertos, presencia de personas y equipos que no estaban hace seis meses, y GeoPark lideró recientemente charlas importantes en reuniones de empresarios venezolanos, lo que significa que las compañías que ya entraron no solo están operando sino construyendo relaciones con el ecosistema local, y eso, más que cualquier cifra de producción, es la señal de que algo estructuralmente distinto está comenzando a ocurrir.

Venezuela conoció su primera gran apertura moderna con la Ley de Hidrocarburos de 1943 y el fifty-fifty de 1948, convirtiendo al país en referencia mundial de cómo negociar petróleo con las grandes compañías, y durante esa década Caracas también vivió conversaciones parecidas a las de hoy con la diferencia de que aquella apertura sí produjo una transformación económica real, aunque incompleta, porque el petróleo financió infraestructura, ciudades, universidades y una clase media que Venezuela no había conocido antes.

Luego llegó la nacionalización de 1976 y la creación de Pdvsa, que funcionó sorprendentemente bien durante sus primeros años porque la empresa heredó talento, tecnología y capacidad de gestión de las compañías que la habían precedido, pero la tensión entre el Estado propietario y la empresa que sabía operar terminó resolviéndose de la manera equivocada, y la tercera apertura de los noventa con Sincor, Ameriven, Petrozuata y Cerro Negro fue la más sofisticada en su arquitectura financiera pero terminó en arbitrajes internacionales millonarios que demostraron una vez más que en Venezuela el problema no era la geología sino la continuidad institucional.

Y ahora 2026, con la misma Caracas llena de ingeniero que habla del pozo y empresario que pregunta por equipos y banco que estudia cómo financiar, y la pregunta que no aparece en ninguna presentación pero que cualquier persona que conoce esta historia se hace inevitablemente es si esta vez será diferente, no en el sentido romántico de creer que Venezuela aprendió finalmente la lección sino en el sentido práctico de identificar qué condiciones estructurales son distintas ahora respecto a las tres aperturas anteriores, porque si son las mismas condiciones producirán los mismos resultados, y si son distintas hay razones reales para creer que el ecosistema que se está formando alrededor de esta oportunidad puede llegar esta vez a alguna parte, y lo que parece distinto es una sola cosa pero es una diferencia enorme, Estados Unidos no está facilitando desde afuera, está involucrado desde adentro, con capital propio, con interés estratégico directo, con la comprensión de que el petróleo venezolano frente al Golfo de America es parte de una cadena de suministro que Washington considera esencial, y eso cambia el cálculo de riesgo para cualquier empresa que evalúa entrar porque el riesgo Venezuela deja de ser solamente el riesgo de un país inestable y se convierte en parte del riesgo de una relación geoestrétegica que ningún gobierno en ninguno de los dos países tiene interés en destruir.

Pero la historia venezolana exige colocar la cautela que siempre ha faltado, porque que haya actividad, conversaciones e inversión preparatoria no garantiza la magnitud ni la duración del proceso, y Venezuela ha vivido momentos parecidos que no terminaron donde parecían dirigirse, y la diferencia entre una apertura que transforma y una apertura que simplemente ocurre está exactamente donde siempre ha estado, en la arquitectura institucional que rodea a los contratos, en la transparencia de los términos, en los mecanismos de distribución de la renta, en la protección jurídica de las inversiones, en la continuidad de las reglas más allá del gobierno que las firma, y en la capacidad de una sociedad para convertir una oportunidad petrolera en algo que sobreviva al ciclo de precios del petróleo, porque la pregunta verdaderamente importante no es cuántos barriles producirá Venezuela en 2031 sino qué tipo de economía estará construyéndose alrededor de esos barriles, y si el ecosistema que ahora mismo se está formando en Caracas termina produciéndole al país no solo pozos sino proveedores venezolanos, no solo inversión sino empresas, no solo producción sino instituciones capaces de administrar esa producción con continuidad, entonces Caracas antes de los barriles de 2026 puede terminar siendo algo que ninguna de las tres aperturas anteriores produjo: el comienzo de una economía que no depende del precio al que venda su petróleo para mantenerse en pie.

Esa es la apuesta que vale la pena seguir, no los barriles que llegarán o no llegarán según las reglas de siempre, sino el ecosistema, que esta vez tiene la oportunidad de ser completamente distinto a todo lo que Venezuela ha conocido antes y pueda entonces construirse el motor económico que sustente el cambio político y social que tanto estamos esperando, pero con la certeza de que ya comenzó el movimiento.

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