Por Nuño Domínguez en El País
La astronauta Christina Koch, nacida hace 47 años en Michigan, Estados Unidos, se ha convertido en la primera mujer que viaja hasta la Luna. También es una de las cuatro personas que más lejos se han adentrado en el espacio, como especialista de la misión Artemis 2. Ingeniera y física, Koch es también la primera astronauta científica civil, sin vinculación con el ejército de su país, que ha conseguido todos esos hitos, además de ser la mujer que más tiempo ha pasado en el espacio de forma continuada y participó en la primera caminata espacial solo de mujeres.
En esta entrevista con EL PAÍS realizada por videoconferencia, Koch recorre algunos de los momentos más intensos de su histórica misión a la Luna el pasado abril y reflexiona sobre cómo será la carrera espacial a la Luna y Marte que queda ahora por delante. La astronauta también habla sobre su futuro: cree que su tiempo en el espacio ha pasado y está lista para pasar la antorcha a una nueva generación de astronautas llamados a ser los que colonicen nuestro satélite y se preparen para las primeras misiones al planeta rojo. Un objetivo para el que Koch dice que el ser humano está perfectamente preparado, tanto física como mentalmente. La científica y astronauta se prepara para visitar España en unas semanas para recoger el Premio Princesa de Asturias de la Concordia con el resto de la tripulación de Artemis 2.
Pregunta. Al volver a la Tierra, se pasó dos semanas sin mirar ninguna imagen de la misión porque quería atesorar sus recuerdos y escribirlos. ¿Puede compartir alguno del que no haya hablado aún?
Respuesta. Es difícil, todas las anécdotas graciosas ya las he contado. Pero sí, tengo una cosa. Hace poco releí mis diarios y descubrí que escribí mucho sobre lo que sentía en el momento; muchas veces procesaba lo que yo consideraba errores. Me cuestionaba si había tomado la decisión correcta en pequeñas interacciones con la tripulación, con el equipo en tierra o sobre nuestra eficiencia en un momento dado.
Algo que he compartido con las futuras tripulaciones es que, por mucho que nos entrenemos para hacer las cosas de una manera ultraespecífica, siempre hay momentos en la misión en los que te desvías del manual. El entorno espacial te saca por completo de lo ensayado, hasta el punto de que terminas reinventando cosas sobre la marcha. Aprendí que cuando los humanos se enfrentan a un entorno nuevo y estresante, todo depende de los hábitos que han entrenado al milímetro para poder salir adelante.
P. Va a recoger el premio a la concordia por todo lo que ha supuesto la misión a la Luna para la humanidad. Pero por otro lado hay una carrera despiadada al satélite, proyectos para colonizarla, extraer sus recursos, hacer incluso la guerra allí. ¿Cómo se concilia esto?
R. Es una gran pregunta. Me alegra haber formado parte siempre del programa espacial civil de la NASA, cuyo objetivo es la exploración pacífica. Para ello se redactaron los Acuerdos de Artemis, que marcan cómo deben cooperar las naciones, respetar la historia y gestionar estos espacios compartidos. Nos gusta liderar con valores y principios.
Cuando la gente se preocupa por si cambiaremos la Luna igual que hemos cambiado la Tierra, siempre recuerdo que esa es nuestra elección. Ya existen modelos de cómo explorar un lugar y traer beneficios científicos e industriales de forma responsable. Yo trabajé en el programa antártico, y el Tratado de la Antártida es un ejemplo maravilloso de cómo regular la exploración. Es una cuestión compleja; lo que hacemos es un avance por la paz y la unidad de la humanidad, pero debemos asegurarnos de tomar las decisiones correctas en el camino para que siga siendo así.
P. ¿Pisará la Luna una mujer en 2028?
R. No sé quién será, pero me emociona saber que será una amiga o un amigo, porque el cuerpo de astronautas es un grupo muy unido y todos están increíblemente capacitados. Respecto a mis propias aspiraciones, creo que ha llegado el momento de pasar la antorcha. He tenido una misión larga y lejana; siento que he cumplido todos mis sueños espaciales y más. Ahora me entusiasma ver a la próxima generación asumir el relevo.
P. Ha trabajado para la NASA y la NOAA, agencias que a afrontan importantes recortes por parte del Gobierno de Donald Trump. Como mujer y científica, ¿le preocupa la situación actual de la ciencia en su país?
R. Siempre seré una defensora de la ciencia. Los descubrimientos que logramos, tanto explorando el universo con instrumentos como con la presencia humana en la Luna y Marte, son cruciales. Mi primer trabajo en la NASA fue construir telescopios de rayos X para estudiar los eventos de mayor energía del universo y entender el origen del cosmos.
Pero gracias a mi experiencia en estaciones climáticas, también sé que la ciencia terrestre es increíblemente importante. Para explorar el universo y otros planetas, primero debemos entender cómo cuidar el nuestro. Afortunadamente, la NASA sigue recibiendo apoyo para grandes misiones, y espero que sigamos asignando los recursos adecuados para responder a estas preguntas tan desafiantes.
P. ¿Estamos preparados como especie para viajes de larga duración, como ir a Marte? Y una curiosidad: los astronautas del programa Apolo decían ver “destellos de luz” al cerrar los ojos en la Luna. ¿A ustedes también les ocurrió?
R. Tras mi misión de casi 11 meses en la Estación Espacial Internacional, lo primero que le dije a todo el mundo fue: “Absolutamente sí, los humanos pueden soportar una misión de 18 meses a Marte”. Nada en mi experiencia me hizo pensar que no se pudiera estirar el tiempo. Las medidas médicas que tenemos son totalmente eficaces para mantener la salud ósea y muscular. También contamos con estrategias para el bienestar mental: mantenernos conectados con nuestros seres queridos y buscar nuevos estímulos sensoriales para no solo sobrevivir, sino prosperar. Las perspectivas en este sentido son muy prometedoras.
Respecto a los destellos de luz, sí, los vimos. En la Estación Espacial Internacional vi muy pocos, me pasó un par de veces solo. Veía ese destello con los ojos cerrados que no conseguía identificar. En Artemis 2, todos hemos estado de acuerdo en que, cuando cerrábamos los ojos antes de dormir, veíamos de seis a 12 destellos. Esto quiere decir uno cada minuto aproximadamente. Lo atribuimos a la radiación espacial.
P. ¿Eso no asusta un poco?
R. Se ha estudiado a fondo el entorno de radiación en el que nos movemos. Llevábamos dosímetros con nosotros en todo momento. Al ser misiones de menor duración, es un factor que preocupa, pero los niveles se mantuvieron dentro de los límites que consideramos razonables y aceptables para la salud de un astronauta. Todo este impacto está monitorizado al milímetro; de hecho, recibimos muchísima formación teórica al respecto antes de partir. La radiación no solo se predijo mediante modelos matemáticos, sino que la medimos en tiempo real. Gracias a los dosímetros, sabíamos con precisión qué zonas del vehículo estaban más o menos expuestas debido al propio blindaje del diseño de la nave. La gestión de la radiación siempre ha sido, y seguirá siendo, una prioridad absoluta en los viajes espaciales tripulados.
P. Como científica, ¿cuál es la mayor pregunta que nos queda por responder?
R. ¿Estamos solos?
P. ¿Usted qué cree?
R. Estoy convencida de que existe vida inteligente en algún lugar, pero todavía no la hemos descubierto. Lo que me parece fascinante investigar ahora mismo es la búsqueda de pruebas: desde hallar indicios de vida microbiológica pasada en Marte hasta buscar evidencias en otros planetas que orbitan alrededor de soles lejanos. Es emocionante porque hoy en día contamos con los recursos científicos necesarios para responder esta gran pregunta a lo largo de nuestra vida. Y yo creo que sí, vamos a averiguar si hay vida más allá de nuestro planeta antes de que yo muera.


