El viernes 10 de octubre de 2025, poco antes de las cinco de la mañana, sonó un teléfono en algún lugar de Venezuela que nadie, fuera de un círculo mínimo, conocía. Del otro lado de la línea, en Oslo, Kristian Berg Harpviken, secretario del Comité Noruego del Nobel, preguntó si hablaba con María Corina Machado. Cuando ella confirmó, le anunció que en pocos minutos el Instituto Nobel haría público que había sido elegida para el Premio Nobel de la Paz de ese año. La grabación de esa llamada, difundida ese mismo día por la cuenta oficial del premio, recorrió el mundo. En ella se escucha a una mujer que repite «Oh, Dios mío», que dice no tener palabras y que, antes de asimilar la noticia, insiste en que aquello no era el logro de una persona sino de un movimiento, de toda una sociedad. Se oye su voz y nada más. No hay imagen ni ruido de fondo que delate un lugar, ni una pista de dónde se encontraba. Durante esos minutos, con el silencio y la soledad como fondos, una de las personas más nombradas del planeta era también una de las más perseguidas in real time por el aparato de seguridad de su propio país. Otra de las grandes paradojas en el devenir de la Venezuela líquida antes del 3 de enero de 2026.
Para entonces, Machado llevaba más de catorce meses escondida. El 1 de agosto de 2024, cuatro días después de la elección, había publicado en The Wall Street Journal un artículo en el que advertía que escribía desde la clandestinidad, temiendo por su vida y su libertad y que podía ser capturada mientras redactaba esas líneas. Maduro, en paralelo, había declarado que ella y Edmundo González debían estar tras las rejas. En los angustiosos días de ese agosto apareció por sorpresa en algunas concentraciones; subía a un camión, hablaba unos minutos y volvía a desaparecer. Después del 28 de agosto dejó de mostrarse. Cada salida implicaba un reto para su seguridad y la de su equipo; el Sebin le seguía los pasos de cerca, tanto que dos de sus escoltas personales, que le habían acompañado durante años, fueron detenidos y acusados de múltiples cargos penales, porque la policía represiva los consideraba piezas clave en la logística de la líder. Ellos, como algunos otros, debieron huir del país o permanecer tras las rejas por cerca de 18 meses, sólo por formar parte de su entorno.
Pasaron 133 días. El 9 de enero de 2025, la víspera de una juramentación simulada de Maduro para un tercer período, reapareció en Chacao, vestida de blanco, sobre un camión y frente a una multitud que gritaba «libertad». Al salir de la concentración, la caravana de motos que la trasladaba fue interceptada. Hubo disparos, la derribaron de la moto y, según denunció su comando de campaña, la obligaron a grabar varios videos antes de dejarla ir, tras la presión internacional inmediata por su liberación, incluida la del entonces presidente electo Donald Trump, quien en su red Truth Social se pronunció diciendo: ¡Estos luchadores por la libertad no deben sufrir daño y DEBEN permanecer SEGUROS y CON VIDA! Horas después había vuelto a la clandestinidad. Algunos meses después del incidente, se supo que en las acciones de captura le quebrarían dos costillas. No volvería a ser vista en público luego de casi un año y, cuando eso ocurriera, no sería en Venezuela.
En septiembre de 2024, los caminos de Machado y de González Urrutia se habían bifurcado. Él partió hacia Madrid y ella decidió quedarse. Lo extraordinario no fue solo la decisión, sino lo que vino después. Desde lugares que cambiaban con frecuencia y que muy pocos conocían, Machado siguió dirigiendo el movimiento. Grabó mensajes en video, ofreció ruedas de prensa virtuales, concedió entrevistas a medios de comunicación en todo el mundo y convocó protestas dentro y fuera del país. La estructura que había sostenido la campaña, los comanditos, los nodos y la red de testigos que custodió las actas no necesitaba de su presencia física para existir, pero sí de su voz para mantener el rumbo y la cohesión. Una organización política se sostuvo durante más de un año, en un período histórico oscuro, marcado por una brutal represión, en torno a una dirigente a la que nadie podía ver en persona.
Machado, ya fuera de Venezuela, se referiría a los desafíos que implicaban las comunicaciones mientras permanecía en la clandestinidad. Su equipo logró identificar que el régimen realizaba cortes eléctricos en sectores de la ciudad cuando transmitía en vivo, con el propósito de determinar en qué zona podría estar ubicada. En ocasiones, ella simuló ruidos de fondo en sus grabaciones, a fin de confundir sobre el lugar donde se alojaba. Todo esto en medio de las complejidades tecnológicas necesarias para que no rastrearan sus teléfonos y computadoras. El Sebin llegó al extremo de intentar localizar a quienes podían ser las peluqueras de la líder, ya que creían que los conducirían hasta el sitio de refugio. Será necesario que la libertad llegue definitivamente a Venezuela para que esta historia de la clandestinidad se conozca en todos sus detalles.
En el ensayo anterior, Zygmunt Bauman me ayudó a describir al chavismo como un poder que se fuga, que se disuelve cada vez que alguien intenta asirlo y que transfiere a otros las consecuencias de los riesgos y el costo de sus decisiones. La asimetría que Bauman identificó en la modernidad líquida separaba a quien puede desaparecer de quien no tiene adónde ir. Machado descompuso esa ecuación. Desapareció, pero no para marcharse. Se escondió precisamente para poder quedarse. Ahí reside la diferencia entre dos formas de lo líquido que, vistas desde lejos, podrían confundirse. El régimen se volvía inasible para no tener que responder por nada; ella se hizo inasible para seguir respondiendo por todo. La fuga del poder líquido fue una forma de abandono. La clandestinidad de Machado fue una forma de permanencia.
En Riesgos Líquidos describí lo que llamé el principio de la invisibilidad, la manera en que muchas amenazas contemporáneas operan sin una materialidad física permanente, camufladas en la cotidianidad, en la institucionalidad y, a veces, detrás de la propia verdad. El chavismo aplicó ese principio con disciplina durante dos décadas, tanto hacia sí mismo como hacia sus adversarios. Hacia adentro, ocultando sus estructuras criminales detrás de una fachada de Estado. Hacia afuera, borrando a quienes le disputaban el poder. Machado fue objeto de ese “borrado” durante años. Desde 2014 tenía prohibido salir del país. En 2023, la Contraloría la inhabilitó por quince años para ejercer cargos públicos, y en enero de 2024 el Tribunal Supremo de Justicia, a través de la extorsión y la amenaza a sus magistrados, ratificó la sanción, a pesar de que en octubre de 2023 había ganado las primarias de la oposición con más del noventa y dos por ciento de los votos. Su nombre no pudo figurar en la boleta del 28 de julio y, cuando la inhabilitación, la censura o el exilio no bastaron, el régimen recurriría a la forma más extrema de invisibilidad, la desaparición forzada, una práctica que, tras la elección, se volvió sistemática y que organizaciones de derechos humanos y varios gobiernos, entre ellos el de Noruega en agosto de 2025, denunciaron públicamente.
La clandestinidad invisibilizó físicamente a Machado, pero su nombre se volvió más visible que nunca. Esa paradoja solo se entiende si se abandona la idea clásica de la protección. Durante décadas, la seguridad personal se pensó como un sistema de anillos concéntricos: muros, escoltas, vehículos blindados y perímetros sucesivos alrededor de un individuo frágil situado en el centro. Ese modelo supone que el protegido tiene un lugar fijo y que el peligro siempre viene de afuera hacia adentro. En el mundo líquido e hiperconectado, ese supuesto ya no es tan válido. Ya no basta con mitigar riesgos; se requiere conocer en profundidad la topografía del entorno y así confundirse en él, sumergirse en sus dinámicas, disfrazarse en medio del caos. Es, sin duda, un nuevo modelo de seguridad basado en minimizar la exposición a realidades potencialmente peligrosas, haciéndose parte de esa realidad. Quien es capaz de crear múltiples espacios, reales y virtuales, y desplazarse entre ellos con agilidad y sin resistencia, puede generar entornos de riesgo mínimo, siempre que exista plena consciencia e inteligencia sobre la naturaleza de las amenazas que le rodean.
En Riesgos Líquidos llamé a ese individuo un ser multiplexado. Tomé el término de la electrónica. Allí la multiplexación permite enviar simultáneamente muchas señales por un solo canal; las señales se fragmentan en pequeños paquetes secuenciados, viajan a alta velocidad por el mismo medio y se recomponen en el lugar de destino. Los seres multiplexados hacen algo parecido con su tiempo y su presencia. Se desplazan entre lo físico y lo virtual sin detenerse en sus fronteras, como si les fueran indiferentes, y terminan siendo individuos que están en todas partes y en ninguna a la vez. Cuando describí este modelo en 2022, lo hice pensando en un fenómeno general de nuestra época, y nunca creí que lo vería encarnado con tanta precisión.
Machado se convirtió en un ser multiplexado, físicamente en ningún sitio y virtualmente en todas partes. Su mensaje funcionaba exactamente como una señal multiplexada. Salía fragmentado en videos breves, entrevistas, audios y mensajes. Incluso en gestos y en sonidos de fondo. Viajaba por el mismo canal que el régimen intentaba vigilar y se recomponía íntegro en su destino: la gente. Lo que llegaba era siempre la señal, nunca la fuente. Cada video que circulaba era una presencia sin coordenadas.
En el libro advertí también sobre la otra cara de esa condición. Aquello que nos da la máxima libertad de movimiento es, al mismo tiempo, el más sofisticado sistema de observación y control a distancia. Un teléfono que permite estar en todas partes es el mismo dispositivo que registra cada ubicación, desplazamiento y comunicación. Para un aparato de represión entrenado para interceptar comunicaciones y rastrearlo todo, la hiperconectividad de su principal adversaria debía ser su mayor ventaja. La clandestinidad de Machado consistió, en buena medida, en invertir esa ecuación; usar la red de manera unidireccional. Sirvió para propagarse y diseminarse, pero nunca para hacer el trace back, de modo que la red no la ubicara físicamente. Explotó la paradoja que ya había señalado; la de un mundo que, al borrar la frontera entre lo público y lo privado, abre al mismo tiempo infinitas oportunidades de anonimato.
Nada de eso funciona sin lo que considero el primer mandamiento de la seguridad: crear conciencia del riesgo. El ser multiplexado no es invulnerable. Es portador de tantas vulnerabilidades como posibilidades, y vivir a la intemperie es, en sí mismo, un peligro; todo depende de la forma de hacerlo y de quienes lo acompañan. En el modelo de anillos, el protegido es un objeto pasivo al que otros resguardan. En el modelo multiplexado ocurre lo contrario. La persona se convierte en el centro activo que valora las amenazas y construye a su alrededor un halo de seguridad a partir de su propia consciencia del riesgo. En el caso de Machado, ese halo no fue un cordón de escoltas, sino una disciplina férrea que, desde la clandestinidad, impuso cada movimiento y cada conversación durante esos largos catorce meses. Toda la estructura represiva del chavismo estaba diseñada para un adversario con domicilio, rutina y perímetro. Contra una señal sin origen localizable, todo era inútil. El régimen podía escucharla, insultarla y perseguir a quienes la rodeaban. Lo que no podía era ni ubicarla ni alcanzarla.
Ya había mencionado que los asilados en la embajada argentina habían entendido que, frente a un poder que niega los hechos, la única protección posible era que el mundo exterior pudiera evidenciarlos minuto a minuto. Machado llevó esa lógica a su forma más acabada. Su protección tenía dos capas que solo funcionaban juntas, un cuerpo escondido y un nombre expuesto. Si se hubiese limitado a esconderse, habría sido una fugitiva más. Si se hubiese limitado a exponerse, habría sido una presa fácil. La combinación la convertía en algo que el régimen no sabía administrar, una ausencia que ocupaba todo el espacio.
El 10 de octubre, el Comité Noruego llevó esa segunda capa a su máxima expresión. Al leer el fallo, su presidente, Jørgen Watne Frydnes, presentó a Machado como una valiente y comprometida defensora de la paz, una mujer que mantenía viva la llama de la democracia en medio de una oscuridad creciente. Destacó su papel como figura clave para unir a una oposición que durante años había estado profundamente dividida y recordó que, en el último año, se había visto obligada a vivir escondida a pesar de las graves amenazas contra su vida. El Comité la premió por su incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo venezolano y por su lucha por una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia. En ese mismo anuncio, el Comité dejó una frase que resume buena parte de esta tercera parte de la serie. Machado había demostrado que las herramientas de la democracia también son las de la paz. Era la primera venezolana en recibir el Nobel de la Paz y la vigésima mujer en obtenerlo desde 1901.
Ese mismo día, Machado dedicó el premio al pueblo de Venezuela y al presidente Donald Trump, a quien agradeció su apoyo decidido a la causa democrática y afirmó que el país se encontraba en el umbral de la victoria. El galardón llegaba en un momento particular. El Nobel no le otorgaba a Machado control alguno sobre el territorio. Le daba, en cambio, algo que ningún aparato de seguridad podía arrebatarle, una visibilidad de tal magnitud que cualquier daño contra ella tendría un costo político imposible de calcular.
Para un régimen que gobernaba desde sus simulacros, el premio planteaba un problema de otra naturaleza. Jean Baudrillard explicó que el simulacro no oculta la realidad, sino que la sustituye y que funciona mientras no aparezca un referente capaz de disputarle ese lugar. Durante años, el chavismo controló tanto los hechos como su interpretación. El CNE podía proclamar sin actas, la Contraloría podía inhabilitar y el Tribunal Supremo podía ratificar, porque todas esas decisiones emanaban de instituciones que respondían al mismo centro de poder. El Nobel, en cambio, se decidía en Oslo, por cinco personas designadas por el Parlamento noruego, en nombre de una institución con más de un siglo de autoridad acumulada. No había tribunal capaz de anularlo ni comunicado capaz de desmentirlo. La inhabilitada se había convertido en laureada. El borrado institucional quedaba revocado desde afuera, por una instancia que el régimen no podía licuar.
La respuesta oficial fue, ante todo, el silencio, no podían hacer mucho más. Ninguna autoridad comentó formalmente el premio. El domingo 12 de octubre, durante una marcha por el Día de la Resistencia Indígena, esa misma que pretendió sustituir la llegada de Colón al continente, Maduro llamó a Machado «bruja demoníaca» sin mencionar el Nobel. Al día siguiente, la embajada de Venezuela en Oslo amaneció cerrada. Según el comunicado de la cancillería, se trataba de una reestructuración integral del servicio exterior, que también incluía el cierre de la embajada en Australia y la apertura de nuevas sedes en Zimbabue y Burkina Faso para fortalecer las alianzas con el sur global. El Ministerio de Asuntos Exteriores noruego informó que Caracas no había dado razón alguna y lamentó la decisión.
Era, otra vez, el método. No nombrar lo que no se puede controlar, envolverlo en un relato administrativo y actuar como si no hubiese ocurrido. Pero el gesto delataba lo que el comunicado callaba. Un régimen que no se sintiera herido no cerraría una embajada tres días después de un anuncio que asegura ignorar. Había, además, una ironía difícil de pasar por alto. Entre 2019 y 2024, Noruega había sido la facilitadora de las conversaciones entre el chavismo y la oposición, proceso que desembocó en el Acuerdo de Barbados, ese que el régimen terminaría incumpliendo. Al cerrar su sede en Oslo, el chavismo quemaba el puente por el que, durante años, había ganado tiempo frente a la presión internacional.
Previamente he descrito a los agentes adaptativos internos, esos funcionarios que calculan constantemente su supervivencia y ajustan su lealtad a las señales del entorno. No hay manera de medir cuántos de ellos recalcularon su posición aquel viernes de octubre, ni es honesto afirmarlo sin pruebas. Pero sí es razonable suponer que la señal fue difícil de ignorar. Una mujer sin domicilio conocido, sin oficina, sin agenda pública y sin un solo cargo, perseguida por todo el aparato del terror de un Estado tiránico y líquido, acababa de recibir el reconocimiento político más prestigioso del mundo. Cada día que seguía escondida era, a partir de entonces, un recordatorio diario, transmitido en todos los idiomas, de lo que era el régimen que la perseguía.
El chavismo había hecho de lo invisible su mejor arma. Supo ocultar a sus operadores, borrar a sus adversarios, disolver responsabilidades y desaparecer personas. Lo que nunca previó fue que ese mismo recurso pudiera ser usado en su contra. La liquidez, como he sostenido a lo largo de esta serie, no es un atributo moral sino una capacidad. Puede servir para escapar de toda responsabilidad o para sostenerla en las condiciones más adversas. La diferencia no está en la forma que adquiere aquello que es líquido, sino en lo que se hace a partir de aquello que se adapta y fluye. Aquel 10 de octubre, lo invisible dejó de ser patrimonio exclusivo del poder.
Quedaba, sin embargo, una pregunta que ni siquiera el Comité Noruego podía responder. La ceremonia estaba fijada para el 10 de diciembre en el Ayuntamiento de Oslo, y la galardonada seguía sin poder asomarse a una ventana en su propio país. Ese día fue su hija, Ana Corina Sosa, quien recibió el premio en su nombre y leyó su discurso. Pasadas las dos de la madrugada del día siguiente, una mujer visiblemente cansada salió al balcón del Grand Hotel y cantó el himno nacional con la mano en el pecho, frente a un grupo de venezolanos que la esperaba en la calle del invierno noruego. De la travesía que la llevó desde un escondite en Venezuela hasta ese balcón hablaré en el próximo ensayo.


