Diego Arria: El hombre que no cabía en el salón

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Por Soledad Morillo Belloso

Hay hombres que nacen para el protocolo y otros que nacen para dinamitarlo desde adentro, vistiendo, eso sí, un traje impecable de corte inglés.

Diego Arria pertenece a esa extraña raza de diplomáticos que nunca olvida el aroma del poder, pero tampoco el peso de las verdades incómodas.

Hablar de Arria en la Venezuela contemporánea es adentrarse en la memoria de una Caracas vibrante, cosmopolita y llena de ambiciones de modernidad. Quienes recuerdan su paso por la Gobernación del Distrito Federal rememoran a un hombre hiperactivo, elegante y mediático, de esos que entendían la política no solo como la gestión de un presupuesto, sino como una puesta en escena donde el estilo también importa. Para Diego, la forma siempre ha sido una prolongación del fondo. Humanizó espacios urbanos y le dio a la capital ese aire de urbe caribeña con pretensión europea que tanto nos gustaba lucir a fines de los setenta.

Pero encasillarlo en el marco local es errar el tiro. La verdadera estatura de Diego Arria se fraguó en las moquetas de Nueva York, bajo el frío sopor de las Naciones Unidas. Como Embajador de Venezuela ante la ONU y presidente del Consejo de Seguridad en pleno drama de los Balcanes, Arria hizo algo insólito en ese templo de la burocracia internacional: inventó una grieta en la pared. La llamada «Fórmula Arria» no fue un capricho técnico, sino un acto de audacia política que permitió a las víctimas reales, a los disidentes y a los silenciados sentarse a la mesa con los dueños del mundo para contar sus tragedias sin filtro.

Fue él, con esa terquedad elegante pero firme, quien denunció el genocidio en Srebrenica cuando muchos diplomáticos de carrera preferían mirar hacia otra parte o perderse en incisos retóricos. Arria no tenía la paciencia del burócrata; tenía la urgencia del testigo.

Con los años y el descalabro venezolano, Diego no eligió el retiro dorado de los expresidentes de organismo internacional. Prefirió la trinchera del exilio activo. Incisivo, vehemente, a veces mordaz y no pocas veces polémico, Arria ha seguido siendo ese señor de modos aristocráticos que les canta las verdades a los tiranos en los foros globales, con la misma soltura con la que caminaba por Sabana Grande en sus años mozos.

Gústele a quien le guste, o pésele a quien le pese, Diego Arria es una figura irrepetible: un venezolano universal que demostró que se puede tener modales de embajador y coraje de trinchera, y que la diplomacia, cuando se ejerce con valor, no es más que el arte de defender la dignidad humana sin perder la compostura.

Y antes de que algún oficioso me acuse de sesgos o querencias personales, lo confieso sin rodeos: sí, Diego es mi amigo, aunque lleven ya bastantes calendarios sin cruzarse nuestros caminos. Pero la amistad, gracias a Dios, ni me nubla el juicio ni me atrofia la sesera; por eso puedo calibrarlo en su justa dimensión y decir, con todas sus letras, que es un verdadero tipazo. Uno de esos hombres raros y fascinantes que jamás cabida tuvieron —ni tendrán— en la estrechez de un simple salón.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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