¡Imparable! la diáspora venezolana deja una huella científica en Estados Unidos – y el mundo

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Vía Ecosistema

Miles de venezolanos han dejado una huella desproporcionada en la ciencia y tecnología de Estados Unidos, ocupando roles clave en instituciones como Harvard, MIT y la NASA. Desde misiones espaciales hasta el desarrollo del MP3 y avances médicos, la diáspora STEM venezolana se ha convertido en uno de los aportes más extraordinarios —y menos visibles— del país al mundo contemporáneo.

En septiembre de 2016, la misión OSIRIS-Rex de la NASA despegó hacia el asteroide Bennu. Junto a sus colegas, Humberto Campins –un doctor barquisimetano en Ciencias Planetarias y profesor en la University of Central Florida– había seleccionado el sitio de muestreo en el asteroide: llevaba seis años en el proyecto, seleccionado porque previamente había encabezado el equipo que descubrió hielo de agua y moléculas orgánicas en los asteroides 24 Themis y 65 Cybele. Y Bennu resultaría particularmente extraño: tenía plumas de partículas eyectadas desde la superficie, algo inesperado en un asteroide supuestamente inerte. “La Madre Naturaleza sigue sorprendiéndonos”, dijo Campins.

El mismo año que despegó OSIRIS-Rex, el Massachusetts Institute of Technology (MIT) – la institución tecnológica más influyente del planeta–  completaba una década bajo su decimoséptimo presidente: Rafael Reif, un ingeniero electricista nacido en Maracaibo y graduado de la Universidad de Carabobo. Y en Iowa State University, Mayly Carolina Sánchez –física experimental y experta en neutrinos galardonada en 2012 por Barack Obama con el Presidential Early Career Award for Scientists and Engineers (PECASE), un premio presidencial para científicos emergentes– impartía clases; desde el 2022 enseña en Florida State University bajo la prestigiosa posición de  Wyatt-Green Professor.

Son tres venezolanos. En tres instituciones en el vértice del conocimiento científico global.

Pero no son tres. Son, literalmente, miles. En 2003, el sociólogo Iván de la Vega estimó –usando datos de la National Science Foundation– que aproximadamente nueve mil científicos e ingenieros venezolanos residían en Estados Unidos, sin contar médicos. Para 2026, con 1,2 millones de venezolanos en Estados Unidos según Pew Research, esa cifra intuitivamente debe ser mucho más alta. Los venezolanos representan apenas el uno por ciento de la población hispana de Estados Unidos. Y sin embargo, su huella en la ciencia, la ingeniería, la medicina y la economía de ese país es, para usar el eufemismo de rigor, desproporcionada.

El discreto éxito de la diáspora STEM

Estos son encuentros que he documentado en The People of Alma Llanera, un ensayo en progreso que sistematiza años de investigación sobre la influencia de la inmigración venezolana en Estados Unidos como parte del Proyecto VES, mi plataforma que documenta la diáspora científica en Venezuela y la diáspora venezolana en STEM en el exterior. Ese hilo de la diáspora científica se traza desde Francisco de Miranda en el Sitio de Pensacola, Florida, en mayo de 1781. Pero los perfiles que definen la era contemporánea arrancan en 1974, cuando el cardiólogo Igor Palacios dejó Venezuela para convertirse en Profesor titular de Harvard University, pionero en técnicas de cateterismo y valvuloplastia que salvan vidas hasta hoy. Y el aporte científico de los venezolanos a Estados Unidos no se detuvo allí.

Basta con dar un recorrido por algunos perfiles: el ingeniero civil Ignacio Rodríguez-Iturbe (1942-2022) fue miembro de la Academia Nacional de Ciencias y la Academia Nacional de Ingeniería de Estados Unidos. En 2002 –por su trabajo sobre los sistemas de cuencas fluviales y ciclos de inundaciones y sequías– ganó el Stockholm Water Prize, llamado el Nobel del Agua, y fue Profesor Emérito en la prestigiosa Princeton University. Fue, en el sentido más literal de la expresión, el venezolano que se dedicó a resolver los problemas hídricos del planeta.

El relevo generacional de los ingenieros eléctricos y electrónicos venezolanos en Estados Unidos también cuenta con pesos pesados. Rafael Reif dirigió el MIT como su decimoséptimo presidente. Paul Esqueda fue Jefe de la División de Ingeniería y Profesor Emérito en la Universidad Penn State Berks. Mario Vecchi, Chief Technology Officer (CTO) de la Public Broadcasting Service (PBS) —la televisión pública de alcance nacional en Estados Unidos—, llegó a ese cargo después de haber fundado en Venezuela, hacia 1983, la empresa tecnológica Xynertek, que produjo la primera computadora personal venezolana.

Con tarjeta madre hecha en Venezuela. Eso vale la pena repetirlo.

También, el cruce entre la ciencia dura y la política económica, Ricardo Hausmann —ingeniero físico y economista— construyó desde la Escuela Kennedy de Harvard un andamiaje conceptual que gobiernos y organismos internacionales usan para entender el crecimiento. Su Harvard Growth Lab y el Atlas of Economic Complexity lo convirtieron en referencia ineludible. Roberto Rigobón, ingeniero electricista devenido economista, hace lo propio desde el MIT Sloan School of Management, donde es profesor de Economía Aplicada. Y Santiago Schnell, biólogo matemático, escaló desde la decanatura del College of Science en Notre Dame hasta ocupar el cargo de Provost —vicerrector, en el idioma de acá— en Dartmouth College.

Otros –como Campins y Sánchez– tocaron el universo en sentido estricto. Un recorrido en la NASA sorprende con perfiles como la merideña Neyda Abreu Zambrano, doctorada en Ciencias Planetarias por la Universidad de Nuevo México, que desde 2024 se desempeña como  Científico Jefe (Chief Scientist) del NASA Langley Research Center –especializado en investigaciones aeronáuticas– en Hampton, Virginia. O la bióloga caraqueña Laura Lorenzoni, egresada de la Simón Bolívar, que participó en el lanzamiento de la misión PACE: un satélite diseñado para estudiar el plancton, los aerosoles y los ecosistemas marinos desde el espacio. O también con aquellos venezolanos vinculados al programa Artemis II, la primera misión al lado oscuro de la Luna: la ingeniera de realidad virtual Evelyn Miralles, veterana con tres décadas diseñando sistemas de entrenamiento de astronautas en el Johnson Space Center; la ingeniera aeroespacial Nathalie Quintero, parte del equipo de propulsión; y el ingeniero Carlos Mata, en los sistemas de soporte.

La lista no termina. El virólogo José Esparza fue Senior Advisor para el desarrollo de la vacuna del VIH en la Fundación Bill & Melinda Gates. Rene Sotelo opera robóticamente en la Escuela de Medicina Keck de la University of Southern California, considerado experto de fama mundial en cirugía laparoscópica y urológica. Ricardo Suárez-Gartner acumuló patentes en Intel como gerente de ingeniería en el Platform Architecture Lab. Andrés Gluski, previamente presidente de la hoy nacionalizada Electricidad de Caracas, preside la empresa energética AES Corporation: una de las más grandes empresas de energía eléctrica, hoy enfocada en renovables, en el mundo.

Son demasiados para listar. Son exactamente el uno por ciento

Sin embargo, no puedo dejar de mencionar a un amigo: el químico teórico y pionero de la química cuántica Vladimiro Mújica (1954-2026), que inesperadamente nos dejó hace menos de dos semanas. Coincidimos en un curso de Mecánica Clásica en 1977, siendo ambos estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela, él en Química y yo en Física.  En el 2001, Vladimiro fue galardonado con el Premio Polar, que formalmente se denomina Premio Lorenzo Mendoza Fleury. Se desempeñaba desde el 2009 como profesor e investigador en el Centro de Física Biológica, en la Escuela de Ciencias Moleculares de Arizona State University, donde indagaba en nanoestructuras, transferencia electrónica en moléculas, teoría de la relajación cuántica y nanofotónica, entre otros temas. En el 2022 recibió de la Fundación Keck un financiamiento de un millón de dólares para dirigir un equipo multiinstitucional de investigadores en biología cuántica.

A pesar de todos sus compromisos científicos y académicos, Vladimiro Mujica siempre tuvo tiempo para Venezuela. Desde Arizona, estuvo activamente involucrado con la causa democrática venezolana. Vladimiro fue un venezolano admirable, cívico y científico a carta cabal. Su presencia hará mucha falta en la reconstrucción de Venezuela.

El MP3 y el MP4 son venezolanos

Y si hubiera que elegir al venezolano STEM con el mayor impacto colectivo —no el más relevante para la ciencia en abstracto, sino el que más directamente toca la vida cotidiana de cada persona en el planeta—, la respuesta es Hugo Gaggioni: ingeniero electricista, pionero de la televisión digital y CTO de Sony Electronics, Inc.

Cuando Gaggioni trabajó para BellCore entre 1982 y 1985, integró el equipo que desarrolló los algoritmos de compresión para los sistemas HDTV. Desde Sony, continuó ese trabajo hasta participar, entre 1988 y 1996, en las sesiones del grupo MPEG —Moving Picture Experts Group— que definieron los estándares de compresión de audio y video que hoy se llaman, sin mayor ceremonia, MP3 y MP4.

En otras palabras: Cada vez que bajas, escuchas un audio o disfrutas de un video, Hugo Gaggioni te guiña el ojo.

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