El grillete que ya debería pagar alquiler: La absurda prisión domiciliaria de Perkins Rocha

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Por Elizabeth Sánches Vegas

Si el grillete electrónico que lleva @PerkinsRocha pudiera hablar, a estas alturas probablemente pediría domicilio, cédula y un puesto en la junta de condominio. Llegó a su tobillo el 8 de febrero y allí continúa, 250 días después, con una estabilidad laboral que ya quisieran muchos venezolanos.

El chiste dura poco porque el objeto no tiene nada de gracioso.

Perkins salió de El Helicoide para entrar en otra forma de prisión: su propia casa, convertida en perímetro penitenciario, con vigilancia policial, un dispositivo electrónico sujeto al tobillo y una curiosísima innovación burocrática que parece concebida por alguien que desconfía hasta de sus propias máquinas: cada tres horas debe presentarse para que le tomen una fotografía como “fe de vida”. Si el grillete funciona, la fotografía sobra; si la fotografía es indispensable, habría que preguntarse para qué sirve el grillete. Pero exigir coherencia quizá sea pedirle demasiado a un sistema que ha hecho de la contradicción una rama del derecho.

Lo extraordinario es la formidable capacidad operativa del poder venezolano cuando realmente quiere hacer algo. Puede activar tribunales, fiscales, cuerpos de seguridad, custodias, procedimientos y toda la majestad logística del Estado con una velocidad admirable. Sin embargo, quitarle un aparato del tobillo a un abogado de 63 años parece requerir una conjunción astral, la autorización de los planetas y posiblemente una reforma constitucional.

Y allí sigue. Ocho meses y ocho días.

Uno empieza a preguntarse cuál es exactamente la expectativa: ¿que Perkins envejezca con él?, ¿que celebren juntos Navidad?, ¿que dentro de algunos años haya que incluirlo en su historia clínica como prótesis institucional? La ironía sería deliciosa si detrás de ese pequeño aparato no existiera algo profundamente serio: un hombre sigue privado de libertad y un Estado continúa recordándole, minuto a minuto, que conserva la facultad de decidir dónde puede estar, cuándo puede salir y hasta cuándo debe demostrar que sigue vivo.

Pero a estas alturas mi pregunta ya no está dirigida solamente a quienes decidieron colocarle el grillete. También va para quienes hoy diseñan acuerdos, administran presiones, levantan sanciones, negocian condiciones y hablan del futuro venezolano desde mesas donde, se supone, existen instrumentos para exigir resultados concretos.

¿Qué están esperando?

Porque retirar ese grillete no necesita una transición completa, una elección presidencial, una nueva Constitución ni una arquitectura institucional para el siglo XXI. No hacen falta veinte páginas de acuerdos ni una comisión internacional que descubra dónde está Perkins.

Sabemos dónde está. Precisamente para eso le pusieron el grillete.

De modo que quizá convendría utilizar este caso como una pequeña prueba de realidad para tanta gran conversación diplomática. Antes de explicarnos cómo será la Venezuela que viene, antes de celebrar avances, gestos o entendimientos, hay cosas infinitamente más sencillas que pueden ocurrir hoy.

𝐐𝐮í𝐭𝐞𝐧𝐥𝐞 𝐞𝐥 𝐠𝐫𝐢𝐥𝐥𝐞𝐭𝐞 𝐚 𝐏𝐞𝐫𝐤𝐢𝐧𝐬 𝐑𝐨𝐜𝐡𝐚.
Y después hablamos del futuro.

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