Qué jartera, como dirían nuestros hermanos colombianos con esa precisión que a veces nos falta a nosotros, tener que sentarme a dedicarle unas líneas a un hombre que no merece ni un ápice de mi tiempo, ni de mi tinta, ni de la paciencia de quien me lee. Lo hago con la desgana de quien tiene que limpiar algo que otro ensució, y no lo hago por él, que no vale el esfuerzo, sino por la memoria de tantos adecos valientes de antes, hombres y mujeres que dieron la libertad y a veces la vida por algo que este personaje terminó despachando como quien vende un carro usado.
Porque hay partidos que se fundan en una oficina, con un abogado y un sello, y hay partidos que se fundan con cárcel, exilio y sangre. Acción Democrática pertenece a la segunda estirpe. Nació en 1941 de las manos de Rómulo Betancourt, Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco y una generación que había aprendido a hacer política en los calabozos de Juan Vicente Gómez. Pagó su atrevimiento con una década de clandestinidad bajo la bota de Pérez Jiménez. En esos años la Seguridad Nacional asesinó a Leonardo Ruiz Pineda y a Antonio Pinto Salinas, y dejó morir a Alberto Carnevali en una celda, enfermo y sin atención. Esos hombres no negociaron la tarjeta del partido con el dictador de turno. Prefirieron la tumba antes que entregar la casa.
Bernabé Gutiérrez no necesitó tumba, ni celda, ni exilio, porque nunca tuvo nada que defender salvo su propia conveniencia. Lo que a la dictadura de los cincuenta le costó años de persecución y no logró jamás, él lo entregó en una tarde, sin que nadie tuviera que ponerle una pistola en la sien. Ese detalle lo explica todo. Los traidores de otras épocas al menos tenían la coartada del miedo. Él tuvo apetito.
En junio de 2020, la Sala Constitucional del TSJ suspendió a la dirección de AD y lo instaló al frente de una junta ad hoc, con derecho a usar la tarjeta, el logo, los símbolos y los colores del partido. Nadie votó por él. Lo nombraron, que es muy distinto, y aceptó el nombramiento con la naturalidad de quien firma un contrato que llevaba tiempo negociando. Para completar el cuadro, en esos mismos días su hermano José Luis había sido nombrado rector del CNE por el mismo tribunal. Una familia repartida entre el árbitro y el jugador. Ni los caudillos más rústicos del siglo XIX se atrevieron a tanto, y eso que no conocían la vergüenza.
Su mejor retrato no lo escribió un enemigo, sino el mismo tribunal que lo puso ahí. Cuando el TSJ dio por cerrada la intervención, en diciembre de 2022, dejó constancia por escrito de que su directiva había cumplido las “órdenes” que la Sala le había girado. Órdenes. No acuerdos, ni decisiones, ni estrategia política. Órdenes, como se le dicen a un mandadero. Ese es el título más honesto que ha recibido en toda su carrera, y se lo otorgaron quienes mejor lo conocen.
Afuera lo leyeron con la misma claridad. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos lo sancionó en septiembre de 2020 por socavar las instituciones democráticas de Venezuela, y en su comunicado describió su llegada a AD como un “package deal”: un paquete negociado que incluía, del otro lado del mostrador, el sillón de su hermano en el CNE, también sancionado. Según el mismo documento, ambos habrían recibido pagos, presuntamente, para aceptar esos cargos y ejercerlos en beneficio del régimen. La Unión Europea lo sancionó meses después con congelación de bienes y prohibición de pisar su territorio, y dejó escrito en su diario oficial que tomó el control ilegítimo del partido y que sus propios compañeros calificaron sus actos de conspiración y traición. Suiza, Francia, Bélgica y Mónaco lo tienen en sus listas. Medio mundo ha archivado su nombre en la misma gaveta, la de quienes ayudaron a vaciar de contenido una democracia.
Conviene recordar de dónde viene la palabra que lo persigue. A finales de 2019 estalló la llamada Operación Alacrán, un esquema con el que, según el propio Tesoro norteamericano, el régimen habría comprado por hasta un millón de dólares los votos de diputados opositores. De ahí salió el apodo, y desde entonces alacrán es en Venezuela el nombre del que se vende para servir al que decía combatir. Bernabé Gutiérrez no inventó la palabra, pero nadie la ha llevado con tanta propiedad.
Y no puede decir que no sabía lo que estaba entregando: un partido con casi ochenta años de historia, levantado por gente que pagó con cárcel y con su vida. No era un novato ni un recién llegado, sino un exgobernador y un político de larga carrera, que conocía de memoria los nombres de los presos, los exiliados y los asesinados de aquellos años. Sabía perfectamente cuánto había costado esa casa, y por eso mismo pudo venderla caro. El alacrán de la fábula clava el aguijón porque no sabe hacer otra cosa. Este lo clavó porque calculó que le convenía.
De cara a las presidenciales de 2024 se proclamó candidato, se infló como un pavo y terminó declinando a favor de un aspirante que no llegaba al 1 % en las encuestas. Mientras el país entero empujaba en una sola dirección, su tarjeta sirvió para lo único que sabe hacer, que es restar. Fue tan grotesco que hasta su propio secretario en Amazonas calificó aquella candidatura como “un completo fracaso”. Cuando hasta tus subalternos se avergüenzan de ti, ya no eres un dirigente, sino un estorbo con cargo.
Y por si alguien pensaba que con los años había aprendido algo, basta oírlo hoy. Mientras los venezolanos reclaman en la calle algo tan elemental como una fecha para elegir a su presidente, Bernabé Gutiérrez se dedica a desacreditarlos. Acusa a María Corina Machado de creerse por encima de las instituciones por atreverse a pedir un calendario electoral, y se burla con un “solo le falta poner la hora”, como si exigir el derecho al voto fuera un capricho. Jura que AD jamás la apoyará, y la agencia oficial del Estado se apresura a difundir sus palabras, que es la mejor prueba de para quién habla. Pero la joya es otra. Promete que su grupo trabaja para que cada venezolano disfrute en diciembre de la hallaca en su mesa. Es decir, le ofrece al país una hallaca a cambio de que no pida votar. Esa es su idea de la política: que el pueblo coma tranquilo y no moleste. Por eso le dicen alacrán: por quedarse con un partido ajeno que le regaló el régimen, y por seguir pagándole el favor seis años después.
Bernabé Gutiérrez no pasará a la historia como dirigente, ni como adversario, ni siquiera como villano, porque los villanos tienen al menos la grandeza de sus propias ideas. Pasará como una nota al pie, la del hombre al que le tocó heredar una gesta escrita con sangre y la cambió por una tarjeta, un sueldo y una palmada en la espalda. Alberto Carnevali murió en una celda sin haber entregado nada. Bernabé Gutiérrez vive cómodo después de haberlo entregado todo. Al primero lo recuerdan las calles y las escuelas que llevan su nombre. Al segundo lo recuerdan las listas de sancionados. Uno es historia. El otro, apenas un prontuario.
Y queda la tristeza, que es lo único que no se puede sancionar. La tristeza de ver cómo una casa levantada con tanta sangre terminó convertida en un sello de alquiler, y cómo el color blanco, que alguna vez significó resistencia, hoy solo sirve para decorar la sumisión. No hay sentencia que devuelva eso, ni marcha que lo repare. Hay cosas que, una vez vendidas, ya no se recuperan.
Elizabeth Sánchez Vegas
@elhabito


