Hay momentos en la historia social de los pueblos que desafían toda teoría académica. Durante años, dedicados a observar y descifrar el comportamiento humano, creí haberlo visto casi todo: las dinámicas de masas, la euforia colectiva, la desesperanza y la resiliencia. Sin embargo, lo que se vivió en el trayecto entre Barquisimeto y Caracas, y particularmente aquel 25 de julio, rompió con cualquier molde conocido. No fue una concentración política tradicional; fue una catarsis espiritual y profundamente humana.
Cuando el vehículo comenzó a avanzar y María Corina pasó, la escena que se desató a mi alrededor parecía sacada de un milagro terrenal. No era el bullicio artificial de una campaña electoral común. Vi a familias enteras abrazándose con una fuerza desesperada, con lágrimas corriendo por las mejillas de abuelos, jóvenes y niños. Vi rostros curtidos por el sufrimiento cotidiano levantar la mirada hacia el cielo, con las manos juntas, en un gesto mudo pero ensordecedor de agradecimiento a Dios.
Cualquier analista social desprevenido podría haber pensado que estaban adorando a un mesías, a una figura mítica e inalcanzable. Pero al detener la mirada en los detalles, al observar detenidamente a la gente, descubrí la verdad más hermosa y profunda: no la veían como a una diosa lejana, sino como a lo que verdaderamente es: un ser humano de carne y hueso.
Una mujer que sufre, que padece el mismo dolor de patria, pero que se armó de una determinación inquebrantable y una constancia que raya en lo milagroso.
En medio de la presión inmensa, de las tensiones invisibles y de los pensamientos complejos que seguro cruzaban su mente en cada kilómetro de esa ruta, ocurrió algo que destapó su absoluta humanidad. Estaba allí, rodeada por el fervor de una multitud que la desbordaba, cuando de repente, con una travesura casi infantil y una picardía entrañable, le quitó la gorra del Magallanes a una persona entre la gente.
Fue un instante fugaz, un juego rápido antes de devolvérsela con una sonrisa cómplice. Ese gesto, en apariencia sencillo, lo decía todo. Solo un alma verdaderamente grande, conectada con su propia humanidad y desprovista de soberbia, es capaz de bromear y regalar una sonrisa genuina cuando lleva sobre sus hombros el peso de la esperanza de todo un país.
Eso es lo que la hace excepcional. No odia. Entiende que el rencor no construye naciones. Mantiene sus principios innegociables porque sabe que la brújula moral es lo único que no se puede transar.
Si algo define este fenómeno inédito en Venezuela es esa extraña y hermosa dualidad: se siente como una lucha espiritual, sostenida por la mano invisible de Dios, pero encarnada en una líder absolutamente terrenal. Una mujer de a pie, que escucha, que camina, que se prepara y que no se cree más que nadie, pero que irradia una fuerza capaz de mover montañas.
Mirar a mis hijos abrazados a mí en ese momento, viendo pasar la caravana, me hizo entender lo que estábamos presenciando. No era solo el paso de una política; era la constatación viva de que la Venezuela que nos merecemos aún es posible.
Porque cuando un pueblo ve en su líder no a una salvadora intocable, sino a un ser humano valiente que sufre con ellos, que sonríe, que bromea con una gorra de béisbol y que no se rinde jamás… la historia cambia para siempre. Y las lágrimas que caen ya no son de tristeza, sino de la certeza indudable de que estamos volviendo a nacer.
Vamos por más…
@jgerbasi


