A pesar de las numerosísimas dificultades que, día a día, le ha correspondido enfrentar a la Comisión Nacional de Primaria –dificultades financieras, operativas, organizativas, políticas, institucionales, técnicas y hasta las creadas por oportunistas figurones–, en la semana que acaba de concluir, ocurrieron dos hechos que merecen nuestra atención.
Por: Miguel Enrique Otero – El Debate
El primero se refiere a la gran afluencia que se produjo, en las horas de cierre del plazo establecido para inscribirse, de venezolanos que viven fuera del territorio, que decidieron participar en la elección del candidato de las fuerzas democráticas, el domingo 22 de octubre. La alta cantidad de personas que, en las últimas horas cumplió con el procedimiento, constituye un aliento para la lucha, que debe ser estimado en los escenarios que proyectan los analistas.
La segunda cuestión que debe considerarse, se refiere al debate entre ocho de los precandidatos –de nombre «Hablan los candidatos»–, que tuvo lugar el miércoles 12 de julio. Ese encuentro, por encima de si colmó o no las expectativas de muchos, habla de una voluntad política extendida y compartida entre las fuerzas políticas opositoras; habla del reconocimiento de cada precandidato a sus rivales; habla de la aceptación de las reglas propias de una competencia electoral.
Estos dos hechos, y muchos otros que cabría mencionar, muestran que la ruta electoral, más allá de cuál podría ser su viabilidad para producir un cambio político en Venezuela, cuenta con la sintonía, con la aceptación, no solo de la dirigencia política y de numerosos líderes de la sociedad civil, sino también, y esto es relevante, de anchas capas de la sociedad.
Aunque el régimen de Chávez y Maduro lleva 24 años trabajando para demoler la cultura democrática y electoral que se construyó entre 1958 y 1998, no lo ha logrado: en la sociedad venezolana, el recurso electoral continúa ocupando un lugar preponderante en la visión de la política y, sobre todo, en la visión de la participación política de los ciudadanos. Lo electoral está en la médula espinal de la cultura política nacional.
Que el proceso haya avanzado hasta el punto donde nos encontramos hoy es absolutamente sorprendente. Lo es, entre otras cosas, a pesar de sectores de la propia oposición democrática que, insólitamente, no quieren medirse, porque esperan por las inhabilitaciones de los demás y, así, proclamarse candidatos, o muy al pesar de aquellos que defendieron, que el proceso debía realizarse a través del Consejo Nacional Electoral –CNE–.
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