Morfema Press

Es lo que es

El Imperio desenchufa

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Va de siglas. El DOGE paraliza el USAID. El Departamento de Eficiencia Económica contra la Agencia de los EEEU para el Desarrollo Internacional.

Por: Hughes – La Gaceta de la Iberosfera

El DOGE ya es algo aquí en España. Ya suena. Es demasiado bonito para un cierto espacio político: darle otra vuelta al turboliberalismo madrileño recortando gasto público con ropaje de lucha antiwoke.

Pero la presupuestaria es solo una de las vertientes del DOGE. Probablemente la menos importante. Trump no olvidó dejar caer que la potestad de Musk acaba en proponer ahorros de costes. Es un gran ajuste de cuentas, o un ajuste de cuentas disfrazado de ajuste de costes, porque la trascendencia del DOGE es mucho más que presupuestaria, sin ser esa pequeña. Estamos hablando de cerca del 1% del presupuesto federal.

Tiene una importancia interna. Una puramente política porque, se empieza a saber, USAID estuvo conectada con la CIA en la operación de impeachment contra Trump. Una parte del presupuesto se desviaba para alimentar (si no construir) la agenda del Partido Demócrata.

La importancia interna del DOGE va más allá de ‘desarticular’ una extensión presupuestaria del Partido Demócrata. Tiene una dimensión constitucional. Al depurar la burocracia cristalizada, se está afectando al punto en el que se intersectan Estado Administrativo y Estado Profundo. Es una lucha por la Administración. Por ponerla bajo las órdenes del presidente elegido. Esa es la legitimación democrática con la que se hace: hay un cuarto poder, ¿va por libre? ¿se lo queda el Congreso? ¿responde al presidente?

Trump ofrece el retiro a decenas de miles de burócratas, muchos aceptarán y busca no solo podar sino someter  una administración expansiva y elefantiásica que regula y hace política.

El DOGE alcanza aquí, como lo genuinamente norteamericano, un aire de película. Nuevos tipos humanos, otra energía sobre la energía trumpiana. Porque de esto se encargan unos empollones de Musk, genios de veinte años, analistas de datos frente al imperio de la burocracia. Donde Trump enlaza con Musk, las cosas alcanzan un aire futurista y a las oficinas del DOGE llegan una especie de cámaras hiperbáricas, unidades de sueño, vainas tecnológicas (¡en una de esas se metía Raúl!) para hacer el sueño más eficiente. Los anfetamínicos genios del análisis de datos que tratan de Hacer America Eficiente Again, vigilan hasta la tecnología de su sueño. Termitas bioeficientes de tecnolibertarismo contra el Estado managerial del siglo XX.

Pero más importante aun que la interior es la relevancia exterior del DOGE. Se desactiva el «golpe burocrático-globalista» (Alex Jones dixit, lo siento). Y la burocracia no ponía sellos, hacía política, también exterior. Lo ha reconocido el nuevo Departamento de Estado. La ideología globalista se desarrollaba a través de los programas del USAID, travestido de ayuda humanitaria. Al desenchufar USAID, el Imperio apaga sus terminales. Miles de periodistas, y dinero e iniciativas por todo el mundo. Resulta que esto es lo que sostenía la propaganda WOKE y la retórica de derechos humanos y democracia planetaria detrás de las «revoluciones de colores». El relato sobre Ucrania, por ejemplo, no existiría sin el USAID. Por eso, este apagón puede tener implicaciones en la relación con Rusia, porque podría secar el tejido de oposición ‘demoliberal’ en esa zona del planeta.

Lo woke no venía solamente del marxismo cultural, el sempiterno comunismo, o la crisis de la conciencia posmoderna sino, lisa y llanamente, del gobierno de los EEUU, con dinero de los impuestos de los norteamericanos en lo que es una constante contemporánea: el contribuyente pagando para que deshagan su país y su forma de vida.

Si lo woke ha sido en gran parte una orquestación de la propaganda globalista americana, lo mismo podemos decir del ansia mundial de «democracia» con libertades ma non troppo. Toda esa cháchara, que nos ha de definir como occidentales, viene regada desde hace décadas por EEUU. Y se da algo curioso. Como en el origen de todo (en el orden posterior a 1945) se trataba de contener al comunismo, las organizaciones y personas subvencionadas han venido siendo de una izquierda preferible, compatible. Esa izquierda deletérea, luego woke, es la que EEUU ha estado patrocinando por el mundo occidental durante un siglo.

¿Por qué se estimulaba sostenidamente algo que nos debilitaba? No hace falta ser Einstein…

No entendíamos nada de la locura woke porque no había nada que entender: mañana podrían patrocinar (y no parece descartable) una nueva locura colectiva.

Un supergenio veinteañero con cara de McLovin toca una tecla en un ordenador en Washington; la nómina de un analista europeo desaparece. ¿Quién nos llevará ahora a un mundo más justo donde los sexos fluyan? ¿Quién nos incitará a nuevas revoluciones arco iris?

El mundo occidental queda de repente dividido. Estados Unidos pasa página, está en otra cosa, como titán en apuros da un paso en una dirección, mientras Europa permanece aun en el mundo posterior a 1989, agarrada al prestigio nostálgico de la expresión «orden liberal», seudoliberal ya por hiperliberal.

El imperio muda de piel, depone su matraca y el globalismo cambia. La vieja retórica humanitaria bajo la que actuaba el poder se cae como una cáscara. Desaparece con el DOGE la estructura del subterfugio  y con Trump aflora otro lenguaje sin ambages humanitarios: la propuesta de Gaza, lo inaudito.

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