Más de 12.000 familias damnificadas en La Guaira sobreviven en carpas a tres meses de los terremotos de junio. La falta de agua potable y la lentitud en la entrega de casas marcan la espera.
Por: Valentina Zambrano – El Nacional
La espera se ha convertido en parte de la vida cotidiana de quienes perdieron sus viviendas. Algunos ciudadanos llevan semanas durmiendo en campamentos, otros intentan mantener a sus hijos en la escuela y hay quienes han comenzado a trabajar nuevamente desde esos mismos espacios, pero todos tienen una preocupación en común: saber cuándo podrán dejar las carpas y regresar a una casa.
El último informe oficial, publicado el 24 de agosto, elevó a 6.509 el total de fallecidos por los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5. Las autoridades gubernamentales también reportaron 226.696 personas atendidas en hospitales, 60.785 inmuebles residenciales inspeccionados y 11.001 viviendas clasificadas como de alto riesgo. Para entonces, el Gobierno había entregado 335 casas nuevas y reparado otras 1.001, las cuales beneficiaron a 3.503 personas.
Pero las cifras oficiales de reconstrucción todavía contrastan con la realidad de las familias que permanecen en los campamentos de damnificados.
Entre carpas y censos, familias damnificadas esperan una vivienda digna
En el Campo de Golf, en la parroquia Caraballeda, la familia de William León enfrenta la pérdida de su hogar tras los severos daños sufridos en las residencias Oppe. Aunque León vive actualmente en Catia La Mar, tras la emergencia pasó 19 días continuos en el sitio colaborando en el rescate de vecinos y familiares.
«Nosotros perdimos todo. Yo estuve 19 días metido ahí sacando gente», comenta.
Pese a tener su residencia en otra parroquia, León se desplaza e instala periódicamente en el campamento para acompañar a su cuñada y a su sobrina, quienes quedaron desprotegidas tras el colapso del inmueble, en el que falleció su hermano.
«Yo me quedo con ellas para darles apoyo, para no dejarlas solas», explica.
La emergencia que antes consistía en encontrar sobrevivientes se transformó en otra: conseguir un lugar donde volver a vivir.
León recuerda los primeros días como una etapa en la que los propios vecinos tuvieron que organizarse para ayudar a quienes estaban atrapados.
«Aquí nadie nos apoyó», asegura.
Después llegaron los campamentos, las jornadas de ayuda y los censos para identificar a las familias afectadas. Tres meses después, sin embargo, todavía hay personas que no saben cuándo recibirán una vivienda.
La vida dentro del Campo de Golf se ha organizado alrededor de esa espera. En el lugar cuentan con baños, agua y una cocina comunitaria donde preparan los alimentos cuando la comida distribuida no alcanza.
«A veces hay que hacerlo uno mismo, mija, porque las ayudas, la comida a veces no llega y tiene uno que resolver por su cuenta», señala.
Las carpas también han comenzado a formar parte de un sistema de registro para determinar quiénes son las personas damnificadas y quiénes realmente perdieron su vivienda. León explica que los espacios están identificados con números y que las autoridades han comenzado un proceso de verificación de los registros.
Un reporte publicado el 18 de septiembre por el diario La Verdad de Vargas confirmó que la Gobernación de La Guaira comenzó un censo en las carpas del Campo de Golf para comprobar que las personas registradas realmente hubieran perdido sus viviendas durante el terremoto. El proceso también contempló el desalojo de personas que, según esa publicación, no eran damnificadas.
Para León, esa verificación es necesaria, siempre que permita identificar a quienes necesitan una vivienda y evitar que los recursos destinados a los afectados terminen en manos de personas que no corresponden al registro.
Sin embargo, asegura que este método «tiene que ser un control legal, un control limpio».
La escasez de agua potable complica la vida en los campamentos
En Mare Abajo, parroquia Urimare, la espera tiene otra dificultad: el acceso al agua potable.
Mariadny Aguilar vive en el campamento con sus tres hijos. Uno de ellos tiene una condición médica especial y requiere atención asistencial permanente, una situación que influye en su decisión de permanecer en el litoral central y no trasladarse a otro estado del país.
En el campamento hay baños, duchas y espacios para lavar, pero el agua que reciben no siempre es apta para el consumo humano. Para las familias, conseguir agua potable continúa siendo una de las necesidades más importantes.
La situación no es exclusiva de Mare Abajo. En agosto, organizaciones no gubernamentales que trabajan en La Guaira advertían de que el acceso a agua potable, artículos de higiene e insumos médicos continuaba entre las principales necesidades de la población afectada.
Para Aguilar, las necesidades materiales se mezclan con una preocupación que permanece desde el terremoto: el miedo a que vuelva a temblar.
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