La conmoción recorrió de inmediato a la oposición venezolana. El 3 de enero, en una jornada ya marcada por el impacto del ataque en territorio venezolano y con Nicolás Maduro bajo custodia estadounidense –primero rumbo a Guantánamo y después trasladado a Nueva York–, Donald Trump pronunció unas palabras que alteraron por completo el marco político. Al ser preguntado por la prensa sobre María Corina Machado, el presidente decidió marcar distancia de forma abierta y pública.
Por: David Alandete – ABC
«Creo que sería muy difícil que ella fuera la líder», afirmó, antes de añadir una frase que cayó como un golpe seco: «No tiene el apoyo interno ni el respeto dentro del país… Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto». El comentario fue contenido, casi clínico, pero su efecto fue inmediato. En medio de un escenario aún inestable, Trump dejó claro que la Casa Blanca no contemplaba la llegada de Machado al poder en el corto plazo. No todo, sin embargo, era exactamente como parecía.
Ese mensaje no surgía de la improvisación ni respondía únicamente a un gesto político. En los días previos, la Administración había trabajado sobre distintos escenarios para el «día después» de Maduro, y todos ellos chocaban con un mismo límite. Según fuentes de seguridad estadounidenses, cualquier operación destinada a llevar a María Corina Machado y a Edmundo González a Caracas tras un colapso abrupto del régimen implicaba mucho más que una transición institucional.
Habría requerido el despliegue de miles de soldados estadounidenses, control del espacio aéreo, aseguramiento de infraestructuras críticas y neutralización de mandos militares. En la práctica, una misión bélica de cambio real de régimen, con ocupación temporal y costes políticos y humanos elevados. Ese tipo de operación, asociada en Washington a los precedentes de Irak y Afganistán, estaba descartada desde el inicio. Ese fue el primer ejercicio de realismo que condicionó todo el análisis y plan posterior.
La primera reacción interna tras las palabras del presidente llegó en forma de un mensaje de texto escueto: «El dichoso Nobel». La frase no aludía solo al galardón en sí, sino a la percepción de que el premio añadía un factor político incómodo en un contexto ya delicado. Trump ambiciona ese reconocimiento desde hace años y lo integra en la imagen que cultiva de negociador y pacificador global. Que Machado lo obtuviera no fue visto como un activo operativo, sino como un elemento simbólico sin impacto práctico en la gestión del poder.
La incomodidad afloró casi de inmediato. Tras el anuncio del Nobel, figuras cercanas a Trump, como Steven Cheung o Stephen Miller, criticaron que el comité hubiera «priorizado la política sobre la paz». En ese clima, ‘The Washington Post’ llegó a publicar el testimonio de una fuente que sostenía que, de haber rechazado el premio, Machado «sería presidenta». Sin embargo, otras fuentes de la Administración niegan de forma tajante esa interpretación y descartan que el Nobel, aceptado o rechazado, haya sido un factor determinante en las decisiones estratégicas de la Casa Blanca.
Las palabras de Trump cayeron como un jarro de agua fría sobre una oposición en Estados Unidos que se había movilizado y cohesionado en torno a la figura de la reciente Nobel de la Paz. Durante semanas, sectores del exilio venezolano y aliados políticos habían dado por hecho que Machado era la opción natural para encabezar una transición. La reacción oficial, sin embargo, fue el silencio. La Casa Blanca cerró filas y evitó cualquier matización pública. Hasta ese momento, altos funcionarios del Consejo de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado habían expresado en privado respeto y admiración por Machado, a la que describían como una dirigente valiente, con legitimidad electoral y un capital político notable, reforzado tras su inhabilitación por el chavismo y los meses vividos en la clandestinidad dentro de Venezuela.
Fuentes de la Administración Trump consultadas por ABC insisten en que las palabras del presidente no deben interpretarse como un veto personal ni definitivo. Subrayan que reflejan un análisis frío sobre escenarios de poder inmediatos y no una descalificación de fondo. Recalcan que, si en el futuro hubiera elecciones libres y Machado u otro candidato resultara vencedor, Washington respaldaría sin reservas ese resultado. La discusión, precisan, se centraba exclusivamente en el corto plazo y en la gestión de un «día después» sin una estructura estatal funcional.
Esas mismas fuentes aclaran que lo que se ha puesto en marcha ahora no es un desenlace, sino un plan inicial. Explican que la Administración ha optado por abrir una interlocución con el régimen como un ejercicio de realismo, sin asumir que el poder esté plenamente cohesionado ni que exista un control absoluto por parte del entorno de Maduro. En Washington no dan por hecho que el régimen actúe como un bloque compacto y señalan que figuras como Diosdado Cabello disputan espacios de poder y presionan desde dentro.
En ese esquema, la actual fase responde a la necesidad de estabilizar la situación y evitar un vacío inmediato, no a un cierre político definitivo. Las mismas fuentes subrayan que el escenario posterior está condicionado a la celebración de elecciones, en una segunda etapa en la que podrían concurrir todos los candidatos. Es ahí, insisten, donde se dirimiría el respaldo real y donde se reabriría el debate sobre el liderazgo, más allá de los equilibrios provisionales del momento actual.
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