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Boric arma un gabinete acomplejado para un Chile cada vez más complejo

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Los últimos cincuenta años de la historia chilena han transitado desde las tribulaciones disparatadas de la izquierda iberoamericana contaminada de castrismo, pasando por una férrea dictadura militar, primero invocada y luego defenestrada, y terminando en una democracia pactada entre partidos que no comprendieron, a la larga, que el sistema era mucho más que ellos.

Por: Daniel Lara Farías – La Gaceta de la Iberosfera

No es sencillo describirlo, por las implicaciones del caso. Aún hay miles de chilenos regados por el mundo desde los tiempos de la dictadura de Pinochet. Ellos tienen una opinión, obvia y lógica. Juzgarlos es equivocado. Como equivocado es también negar que Pinochet encabezó una dictadura cuando ni él ni sus colaboradores lo negaban.

Tres ministros comunistas y la nieta de Allende, en el Gobierno de Boric en Chile

Si el Gobierno de Allende hubiese sido eficiente y acertado en sus ejecutorias, no lo derrocan. Si la dictadura de Pinochet hubiese creado un paraíso, no pierde un plebiscito.

Puntualizar esto, es necesario en estos tiempos para iniciar cualquier debate sobre Iberoamérica, hundida hoy en las fauces de ese constructo asqueroso que es el Socialismo del Siglo XXI, en el que ahora ha caído Chile, contra todo pronóstico.

Acomplejados primero, de izquierda después

La oda a la pobreza, la veneración al caudillo exégeta del pueblo, la idealización de la insurgencia guerrillera o estudiantil o sindical, la glorificación de la leyenda indigenista, el inapelable mandato del pueblo a través de sus dirigentes. De ahí se llega al secuestro de las banderas del feminismo, de los derechos LGBT, del ecologismo, indigenismo, etc. Todo, cargado de dogmas que atribulan a una generación inconforme, con razón, con el mundo en el que nacieron, pero que no parecen tener ni idea de lograr cambios sin reventar el piso de la sociedad a martillazos.

Todos esos complejos llegaron al poder en Chile con Gabriel Boric. Él mismo es un ejemplo de la generación perdida, esa que nació en los años ochenta tardíos y que vio a la gente gritar pidiendo democracia, sin entender muy bien lo que pasaba. Esa generación iberoamericana que escuchó a sus padres hablar del miedo, de la persecución y de las privaciones, pero que no las vivió.

Ser iberoamericano es sufrir, según lo que nos impone la telenovela. He ahí el complejo de esa generación: disfrutando de todas las ventajas del mundo que construyeron sus padres con sus luchas por la democracia, por la libertad y por el bienestar, ha decidido que ellos no se merecen nada porque no estuvieron presos, no los torturaron ni los persiguieron.

Entonces nace la disociación. Si me siento mal, es porque el mundo está mal. No me merezco esto. Tengo que luchar. Y si no hay por qué luchar, debo inventarlo. Pero si por una de esas casualidades malditas hay alguna inconformidad real, debo convertirla en casus belli y lanzarle un ultimátum a la sociedad. Y si ese libelo contra la sociedad de marras se encuentra con una clase política desgastada, anquilosada, incapaz y corrupta, pues la tormenta perfecta es un hecho.

El movimiento estudiantil que se lanzó a las calles contra el gobierno de Michelle Bachelet fue eso y nada más. Y quien lo dirigía era Boric, quien a pocos días de juramentarse, presenta al país y al mundo a su gabinete pleno de todos esos complejos creados por la izquierda iberoamericana, maximizados hasta llegar al paroxismo.

Todos los complejos en un solo gabinete

No hablamos solo de los complejos, también debemos agregar los clichés. Porque arquetipos no son, sería demasiado. Son esa claque de personajes que moran en la izquierda de ayer y hoy, sin oficio conocido y sin obra alguna que mostrar. Por eso, en su hoja curricular figuran primero las consignas y después los méritos. De último, las calificaciones académicas para ejercer el cargo.

Sopa de clichés de izquierda: líderes sindicales, luchadores sociales, dirigentes gremiales, voceros estudiantiles, combatientes indigenistas, defensores de los derechos humanos, poetas, humanistas, progresistas, ecologistas, promotores de la igualdad y la equidad, luchadoras feministas y otras especies.

Punto a punto, el primer complejo se descubre al echar una miradita al listado de ministros: somos progresistas, por tanto el gabinete debe ser paritario. Claro. Los méritos son otra cosa y la izquierda siempre prescinde de la cualificación a la hora de nombramientos. Por eso el chavismo nombró a un veterinario en el Ministerio de Cultura y Sánchez encargó la salud a un filósofo.

Nombrar ministros a personas calificadas para ejercer el cargo, siempre va a estar reñido con el complejo paritario. Si una persona está calificada para afrontar los retos de un cargo y posee calificaciones para el mismo, da igual si es hombre, mujer o del género no binario. Como ciudadanos nos importa que haga su trabajo. Pero la izquierda no es así. Los complejos y los clichés son los que ordenan, y por eso había que rendirle tributo al bando más progre nombrando a una mujer en el Ministerio del Interior, para lograr el cometido de llenar de titulares la prensa de izquierdas diciendo: Por primera vez en la historia de Chile una mujer en el Ministerio del Interior.

Vale más un titular que una gestión, claro está. No importa que la designada Izkia Siches no sea especialista en seguridad interior, ni en orden público ni en combate a la delincuencia. Es suficiente con que sea mujer, jefa de campaña del presidente electo y “dirigente gremial” de los médicos. Y por supuesto: antigua militante de la Juventud Comunista.

En los titulares, veremos repetido hasta la saciedad que Boric ha nombrado un gabinete paritario. No es verdad. Paritario sería que de los veinticuatro ministros, doce fuesen hombres y doce mujeres. En realidad, son catorce mujeres y diez hombres. ¿Por qué hacer de eso un titular? Chile es un país de veinte millones de habitantes, donde hay ligeramente más mujeres que hombres. El debate, por supuesto, se orienta hacia la consigna, hacia el complejo: somos feministas, mujeres al poder.

Pero al pasar la muestra por el microscopio, se descubre la verdad que ningún titular revelará:

–De 14 mujeres nombradas, 10 carecen de experiencia en gestión pública de alto nivel. Las excepciones son la nueva canciller Antonia Urrejola, con una destacada experiencia en la burocracia diplomática chilena e internacional defendiendo banderas izquierdistas tradicionales. Jeanette Vega, con una vasta experiencia como médico y en gestión de la salud pública pero que ha sido nombrada Ministra de Desarrollo Social y Familia para que se encargue de lo que no se ha encargado jamás: política indigenista, infancia y combate a la pobreza. Jeanette Jara, otra excepción, volverá al Ministerio de Trabajo y Previsión Social en el que trabajó en la segunda administración de Bachelet en un cargo subalterno. María Begoña Yarza tiene la formación como médico, pero en gestión solo ha dirigido un hospital antes de ser encargada del Ministerio de la Salud en un país aún abatido por la pandemia y sus efectos.

-De las 14 mujeres, 4 son médicos y solo una estará en un ministerio asociado a su formación, la ya mencionada Yarza.

-De las 14 mujeres, 7 son activistas de cliché que deben su cargo únicamente a su filiación partidista: Camila Vallejo, vedette del nuevo comunismo iberoamericano igual de rancio y castrista que el de viejo cuño. Alexandra Benado, activista “defensora” de los derechos LGBT y futbolista. Antonia Orellana, feminista “defensora de la igualdad de género”. Julieta Brodsky, activista del universo cultural que todo lo defiende y a la vez todo lo pierde. A la hermana mayor de Gretta, Maisa Rojas, catequista de la catástrofe climática que acabará con todos si no nos decidimos a volver a la edad de piedra, se unen la ya mencionada Izkia Siches y la castrista congénita Maya Fernández.

-Y de esas 14 mujeres con las cuales se llenan de admiración los titulares de los medios de izquierdas, cuatro de las que ocuparán los cargos más importantes, no tienen ni la formación académica, ni la experiencia en desempeño, obra escrita, diseño de políticas o vinculación aunque sea referencial con el ministerio a ser dirigido. Los cuatro casos son ejemplo de la chapucería tradicional del reparto de cargos en la izquierda: Marcela Hernando siendo médico dirigirá el ministerio de Minería. Izkia Siches siendo médico, dirigirá la seguridad pública desde Interior. Otra médico, Jeanette Vega, especialista en Salud Pública, ha sido puesta a cargo del ministerio que lidiará con el problema de los Mapuches y los reclamos indigenistas. Y Maya Fernández dirigirá el ministerio de Defensa siendo nada más y nada menos que bióloga y veterinaria.

Pero a propósito de Fernández, hace falta una explicación adicional que resume todo lo que este gabinete de acomplejados y prototipos del socialismo castrista: poner a una bióloga y veterinaria a la cabeza del ministerio de la Defensa de un país que hace tres décadas salió de una dictadura militar, es un gesto irresponsable. Pero si a eso le sumamos que la casta militar chilena es en efecto heredera de Pinochet y de los militares que derrocaron a Allende, este nombramiento es una provocación, pues la designada es nada más y nada menos que nieta del derrocado Salvador Allende. Y no cualquier nieta. Es hija de la difunta Beatriz Allende con Luis Fernández Oña, espía cubano infiltrado en el anillo de seguridad de Allende. La mujer que dirigirá a los fuerzas armadas que una vez atendieron el llamado de la sociedad harta del socialismo, fue criada como pionera en Cuba. Es decir, cada día, después de cantar el himno de Cuba y frente a la bandera de ese país, debía gritar con orgullo: Pioneros del comunismo ¡seremos como el Che!

¿Por qué este nombramiento? Porque Boric quiere encabezar una venganza más que un gobierno. Por más que para calmar a los mercados haya decidido darles a estos lo que pedían con el nombramiento del experimentado Mario Marcel como ministro de Hacienda, este gabinete es una caja de balas del pasado, llenas de polvos del ‘73 y no sabemos aún muy bien con cuánto resentimiento. Probablemente, haya más ánimo reivindicativo para la foto y el titular que voluntad de ejecución de barbaridades. Quién sabe.

Pero uno tiene también sus complejos comparativos y debo decirlo: Chávez en su primer gabinete nombró en Exteriores al castrista José Vicente Rangel, casado con una exiliada chilena. Era un “gesto”. Como un “gesto” fue también ratificar en Hacienda a la ministra Maritza Izaguirre, que formaba parte del gabinete de su predecesor Rafael Caldera “para darle confianza a los mercados”. Después de los gestos que calmaron a todos, vinieron la represión, la cárcel política, las torturas, los asesinatos y los desterrados.

Veintidós años después, aquí estamos los desterrados hijos de Eva viendo cómo se va repitiendo la historia, la praxis y las consecuencias en todo el continente, ante la mirada indiferente de quienes repiten “no somos Venezuela” como los venezolanos recitábamos “no somos Cuba” en 1998.

Perder de vista los gestos de Boric, sería nocivo para Chile y para Iberoamérica. No lo hagamos.

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