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Cuba: Sin luz al final del túnel

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Díaz Canel, su errada política económica y la insistencia en un atrincheramiento ideológico fallido, sin escuchar los reclamos del pueblo cubano, sepultan cada día los últimos vestigios de la utopía comunista cubana.

Por: DW

Vivir a ciegas en Cuba es hoy mucho más que simples palabras. La larga y agobiante sucesión de cortes de electricidad que el pueblo cubano llama «alumbrones”, en muchos casos de apenas 4 u 8 horas al día, han desatado un verdadero infierno.

Cientos de madres cubanas utilizan las redes sociales para criticar abiertamente la pésima gestión gubernamental y recordarles a los dirigentes cubanos que ellos están en sus cargos para resolver problemas, no para pedir más y más sacrificio a la gente. La escasa comida que puede conseguirse en las tiendas estatales en moneda libremente convertible o, mayormente, en el mercado negro, a precios cada vez más prohibitivos debido a la inflación creciente, se echan a perder por falta de refrigeración. Eso sucede también en los grandes almacenes estatales de alimentos, donde se pierden toneladas que no llegan a un pueblo cada vez más hambriento y desesperado. La red nacional de transporte público está prácticamente inoperante por falta de combustible. La falta de agua potable durante días o semanas en muchas zonas del país ha provocado nuevos estallidos sociales. Y la insalubridad a causa de la falta de agua, la imposibilidad de recoger la basura que se acumula en montañas en las esquinas de las calles, sumada a los sofocantes calores y la proliferación de mosquitos en las noches, han revivido una epidemia de dengue que ya supera los 30 mil infectados.

Mientras eso sucede, los medios de prensa, todos en manos del gobierno de Díaz Canel, insisten en la única salida que encuentran los dirigentes al problema: pedir esfuerzos al pueblo, apelando a las gastadas consignas de los tiempos de Fidel Castro, e incluso reviviendo en la propaganda el supuesto homenaje que «todo cubano digno debe hacerle a nuestro Comandante invicto». A los programas de la televisión, donde los ministros de cada ramo deben aclarar su trabajo en la solución de la actual crisis nacional, los propios cubanos los llaman «el cantinfleo del día» o «Viaje al futuro”: es decir, muchas palabras técnicas o políticas y promesas de soluciones… siempre para el futuro.

Realidad versus propaganda

La molestia del cubano de a pie es mayor gracias a las redes sociales: a las madres que critican a Díaz Canel porque no tienen leche, ni alimentos, ni agua, ni medicinas para sus hijos, que tampoco pueden dormir en las noches por el insoportable calor en medio de extensos apagones, se une la circulación en la isla de las ofensivas imágenes de la vida ostentosa de los hijos del presidente cubano, del Primer Ministro Marrero, y de otras altas figuras de la política nacional, así como la promulgación de leyes y regulaciones que colocan todo el poder económico, financiero, político y judicial bajo las botas de la élite militar que gobierna la isla.

La oposición, lamentablemente debilitada por la estrategia de la dictadura de desterrar o de obligar al exilio a las más destacadas y respetadas figuras de la disidencia intelectual y política, y aquejada por una sed de protagonismo y luchas irracionales entre los diferentes grupos, tampoco logra estructurar mecanismos o métodos efectivos para convertir el creciente y cada vez más público descontento popular en acciones que generen un amplio consenso cívico para que cada cubano sepa que no es necesaria la unión si se asume la responsabilidad ciudadana de exigir sus derechos.

El discurso oficial, por su parte, sigue achacando todas las culpas al gobierno de Estados Unidos y su «bloqueo»; regresa a la época de las viejas alianzas poniéndose de lado de Putin, justificando la invasión a Ucrania como una «necesaria Operación Especial», y establece nuevas estrategias para recuperar el poder perdido de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) y la idea del «Socialismo del siglo XXI», de Fidel Castro y Hugo Chávez, acercándose peligrosamente a los gobiernos de izquierda que recientemente han triunfado en la región: Argentina, Perú, Chile, Colombia y, tal vez próximamente, un Brasil con Lula, eterno defensor de las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

¿Es posible una salida a la actual crisis?

Sí, pero es necesario replantear las estrategias políticas, cambiar u olvidar los posicionamientos ideológicos, abrir el país realmente a la inversión extranjera.

La compleja situación económica en la isla, aunque ni Fidel primero, ni Raül Castro después, ni Díaz Canel ahora lo reconozcan, se debe exclusivamente a la errada política de derivar el grueso de los ingresos que Cuba ha obtenido por décadas hacia el financiamiento de los planes de expansión ideológica del castrismo en América Latina, África, Asia, Medio Oriente y las élites políticas pro-Revolución Cubana en los países desarrollados de Europa y en Estados Unidos. Para el castrismo, el desarrollo del país nunca fue una prioridad y siempre estuvo supeditado al triunfo y la expansión ideológica de la Revolución.

Esa es la razón por la cual, para referirnos solamente a los más recientes problemas que han generado la actual crisis, no se modernizó el sistema hidráulico nacional (la mayoría ya de tecnología obsoleta e incluso del siglo XIX), no se realizaron las reparaciones y modificaciones necesarias para la seguridad en la base de supertanqueros de Matanzas (que explotó recientemente), no se han terminado las ampliaciones y modificaciones de la red vial y ferroviaria (la accidentalidad es altísima en carreteras y autopistas cubanas, y en las ciudades los ómnibus nuevos no soportan el mal estado de las vías) y se ha postergado por décadas las reparaciones de escuelas y hospitales, con lo cual incluso esos dos mitos de la propaganda internacional cubana son hoy un desastre que el propio Raúl Castro, en uno de sus primeros discursos al asumir el gobierno en 2006, reconoció «son logros perdidos que deben recuperarse».

La única solución efectiva, según los análisis de la mayoría de los especialistas, comienza, en el ámbito nacional, en rehacer esa balanza de prioridades, abandonando lo ideológico y priorizando el bienestar del pueblo, liberando la iniciativa privada nacional con una política de aperturas legales y la implantación de un modelo de impuestos más favorable al emprendedor privado cubano. En el ámbito internacional, la apertura a la inversión extranjera (incluido el amplísimo y poderoso sector empresarial cubano residente en otros países), el abandono de la política parasitaria que provoca la dependencia de los «países amigos” (antes Venezuela y, ahora, de nuevo, Rusia), el establecimiento de puentes financieros y económicos más amplios y estables con la Unión Europea, y el levantamiento de las trabas ideológicas nacionales que impiden legalmente el levantamiento del bloqueo norteamericano (es decir, acciones tan simples pero peligrosas para la existencia de la actual dictadura como permitir elecciones libres, liberar a los presos políticos, abrir el país al libre mercado y respetar las libertades individuales).

Lamentablemente el panorama no permite ser optimistas con respecto a un cambio. Pese al creciente descontento popular y a las cada vez más numerosas voces del pueblo que se alzan para exigir sus derechos fundamentales, la consolidación del poder en manos del neocastrismo militar que mueve los hilos del presidente Miguel Díaz Canel, los palos de ciego de la oposición cubana en la isla, y lo difícil que le resulta a Estados Unidos, a Europa y a los organismos internacionales establecer una estrategia conjunta hacia la isla, junto al deseo cada vez más amplio de abandonar el país de las nuevas generaciones de cubanos, muestra un panorama triste, desolador y sin esperanza.

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