El régimen reconoce caída del PIB, inflación desbordada y desigualdad creciente, mientras suspende el congreso del Partido y promete más “resistencia” en lugar de respuestas concretas.
Miguel Díaz-Canel volvió a poner palabras a una realidad que los cubanos padecen a diario: la economía del país está en ruinas. En su intervención ante el IX Pleno del Partido Comunista de Cuba (PCC), el gobernante admitió que el Producto Interno Bruto se contrajo más de 4% al cierre del tercer trimestre de 2025, que la inflación está “disparada” y que la economía permanece “parcialmente paralizada”. Sin embargo, lejos de anunciar medidas concretas, advirtió que no habrá soluciones inmediatas y pidió, una vez más, sacrificio, lucha y resistencia.
El reconocimiento del desastre vino acompañado de la narrativa habitual: la culpa es del embargo estadounidense y del “enemigo externo”. No hubo autocrítica por las políticas económicas fallidas aplicadas por el propio régimen, como la llamada Tarea Ordenamiento, que pulverizó salarios y ahorros, ni por décadas de planificación centralizada que han asfixiado la productividad y la iniciativa privada.
Díaz-Canel confirma el colapso económico del país… describe un escenario marcado por inflación descontrolada, economía paralizada, crisis en la generación térmica y escasez de alimentos.
— Mag Jorge Castro🇨🇺 (@MagJorgeCastro) December 14, 2025
Nadie asumirá responsabilidades ni habrá dimisiones… un desastre humanitario. pic.twitter.com/o9HhKQXAjm
Díaz-Canel también reconoció el creciente descontento social y la “inconformidad generalizada” por lo que no funciona —o simplemente no existe— en Cuba. Admitió, incluso, el hartazgo ciudadano ante el exceso de reuniones políticas “que no resuelven nada”, una confesión reveladora del agotamiento del modelo. A pesar de ello, insistió en que las instituciones del régimen conservan autoridad y legitimidad, una afirmación que contrasta con la realidad de colas interminables, apagones, transporte colapsado y hospitales sin insumos.
Particularmente significativa fue su admisión de la creciente desigualdad: pequeños grupos que “parecen tener todos los problemas resueltos” frente a una mayoría incapaz de cubrir necesidades básicas. El mandatario evitó explicar cómo, en un sistema que se proclama socialista e igualitario, se ha consolidado una élite privilegiada vinculada al poder político y militar, mientras el resto de la población sobrevive en la precariedad.
En lugar de soluciones, el discurso recurrió al viejo recurso de la épica revolucionaria. Díaz-Canel exaltó al “pueblo heroico” que deberá seguir soportando la crisis, dejando claro que el régimen no tiene respuestas a corto plazo. “Que nadie espere soluciones fáciles o inmediatas”, sentenció, confirmando que el sacrificio seguirá siendo la única política pública.
Como símbolo del deterioro institucional, el propio régimen anunció la suspensión del noveno congreso del PCC, previsto para abril de 2026. La decisión, propuesta por Raúl Castro y aprobada por unanimidad, fue justificada como una medida “necesaria y oportuna” para concentrar esfuerzos en la crisis. En la práctica, la cancelación de uno de los rituales políticos más importantes del sistema refleja la magnitud del colapso y la incapacidad del poder para ofrecer siquiera una hoja de ruta creíble.
Mientras Raúl Castro insiste en que no se trata de un retroceso y promete que el socialismo sigue siendo la única vía, la realidad es que Cuba entra en 2026 sin congreso, sin reformas estructurales y sin esperanza inmediata. El régimen reconoce el desastre, pero se limita a pedir paciencia. Para millones de cubanos, esa espera ya se ha convertido en una condena.


