El 22 de marzo de 2026, Venezuela Late recibió nuevamente a Casto Cando. Cuatro meses antes, en noviembre de 2025, el periodista internacionalista había dibujado con fechas y números el guion exacto: Estados Unidos pasaría de presión a acción directa, decapitaría al régimen y desmantelaría su entramado criminal. Hoy Maduro está preso en Estados Unidos, el USS Gerald Ford ya es historia y Venezuela vive precisamente la fase dos que Casto anticipó.
Por: Elizabeth Sánchez Vegas – Venezuela Late
“Estamos todavía en un proceso”, dijo Casto con esa calma que lo caracteriza. Y aclaró algo esencial: lo que se vive en Venezuela y lo que se vive en Washington son dos realidades distintas. En Caracas hay expectativa de cambios rápidos; en la Casa Blanca, la conciencia de que un proceso de esta complejidad toma tiempo. Marco Rubio lo ha repetido: la naturaleza misma del asunto exige paciencia. Pero las cosas han avanzado. Ya no es la Venezuela de hace dos meses y medio, cuando Delcy Rodríguez asumió el interinato. Hay cambios notables dentro y fuera. Estados Unidos avanza de manera firme y específica, siguiendo la estrategia de tres fases que Casto describió: decapitación, desmantelamiento y, finalmente, democratización.
La clave está en el método elegido: descabezar desde adentro. No como en Irak 2003, con invasión y ocupación, sino como en Panamá. Utilizar los mismos cuadros del régimen, especialmente militares, para desmontar la estructura. Delcy Rodríguez no es la líder ideal; es la figura circunstancialmente alineada que conoce las tuberías del poder y tiene incentivos para abrirlas. Lo mismo ocurre con Gustavo González López, nombrado jefe de la Casa Militar y ministro de Defensa. Casto lo explicó con detalle: González López pertenece a la promoción de 1982, tiene 65 años, fue enviado en 1991 por Fernando Ochoa Antich a la Escuela de las Américas, entonces en Panamá, luego en Fort Benning, Georgia, donde se formó en operaciones psicológicas. Curiosamente, esa misma base fue sede del equipo de fuerzas especiales que capturó a Maduro.
Su historial con Estados Unidos no es reciente. Casto recordó las conversaciones de la CIA con otros oficiales: Miguel Rodríguez Torres (cinco entrevistas en España, ahora supuestamente de vuelta en Venezuela y dispuesto) y el almirante Remigio Ceballos Ichaso, el único venezolano entrenado en los Navy Seals. González López no era el único, pero sí el elegido. ¿Por qué? Porque conoce la estructura terrorista como nadie. Fue jefe del SEBIN, sabe dónde están los secretos, las cuentas, los nexos con narcotráfico y minería ilegal. Nadie con expediente limpio tendría ese conocimiento. “Sustituyes a un monstruo por otro monstruo”, admitió Casto con crudeza, “porque el objetivo no es premiar a un santo, sino desarmar la máquina”.
Y aquí entra el capítulo personal que marca la ruptura con Diosdado Cabello. A finales de 2018, cuando González López era jefe del SEBIN, ordenó a una comisión armada interceptar la caravana de Maduro en la vía Caracas-La Guaira. Los oficiales obedecieron sus órdenes hasta que Maduro llamó por teléfono. Al día siguiente González López fue destituido, preso y desaparecido durante meses. Un magistrado tuvo que pedir fe de vida. Casto, citando fuentes directas, asegura que la orden provenía de Diosdado para demostrar poder. Desde entonces, la relación se rompió. González López comenzó a hablar con los estadounidenses. Esa cuenta pendiente y su conocimiento del espionaje lo convirtieron en la pieza perfecta para la purga.
Diosdado no está decapitado todavía. Conserva control sobre el aparato represivo: SEBIN, Policía Nacional y la unidad especial UOTE (antes FAES), unos mil hombres que pueden hacer mucho ruido. A través de su hermano José David Cabello, alias “el Mocho”, mantenía influencia sobre la promoción militar que acaba de salir. Pero esa influencia se deshilacha. Los nuevos nombramientos ya no responden a él. “Diosdado es una figura radioactiva”, dijo Casto. Nadie apuesta por un perdedor. Estados Unidos lo neutraliza sin cortarle la cabeza de golpe porque no quiere una desbandada de colectivos y fuerzas especiales que se conviertan en bandas fronterizas. Es el mismo cálculo que aplicaron con los carteles en otros escenarios.
La Fuerza Armada está traumatizada. Entendió que el poder estadounidense es abrumador. Ya no hay espacio para golpes ni resistencias. Muchos oficiales buscan contacto con el Pentágono a través de canales informales. El objetivo es claro: reorientar la institución, desideologizarla, reentrenarla, equiparla con tecnología controlada por Washington y convertirla en herramienta contra los carteles que operan en Zulia, Táchira, Apure, Guayana, Sucre y Falcón. El propio jefe del Comando Sur, general Francis Donovan, lo dijo ante el Senado: el combate al narcotráfico es prioridad. Los cubanos ya no están en Fuerte Tiuna ni en las reuniones del alto mando. La relación con Rusia e Irán se rompe de cuajo. Venezuela deja de ser plataforma de ataque potencial.
Casto dedicó tiempo a María Corina Machado. Ella quería volver ya. Trump le pidió prudencia. No es cuestión de seguridad personal, aunque también, sino de evitar que su retorno caliente las calles y genere el caos que el régimen residual podría instrumentalizar justo cuando Washington atiende Irán y otros frentes. María Corina lo entendió. “Hold your horses”, le dijeron en esencia. Ella adapta, espera, mantiene su agenda. No se esconde. Calienta desde afuera. Su capacidad de adaptación es, para Casto, admirable. Pero hay una campaña soterrada contra ella. Empresarios como Harry Sargent, “el tío Harry”, para Maduro y Delcy, han impulsado licencias petroleras y lavado de imagen para Delcy. Richard Grenell (ya fuera) y cabilderos contratados por Chevron, con Ali Moshiri como figura oscura y hasta consejero de la CIA, han operado. También los bonistas y hedge funds que compraron deuda soberana y de PDVSA a precio de saldo y temen una auditoría que revele fraude. Francisco Rodríguez, ex economista de la Asamblea, habla abiertamente contra ella representando esos intereses. Marco Rubio y Susie Wiles, jefa de gabinete de Trump, son sus aliados poderosos. Pero la presión existe.
Los venezolanos, dentro y fuera, se sienten huérfanos. Amnistía incompleta, medicinas que no llegan claras, dinero del petróleo opaco. Delcy presenta presupuestos mensuales al Tesoro, pero falta transparencia. Casto fue directo: “No hay otro remedio que protestar”. La embajada tiene canales, el Tesoro tiene auditorías, pero sin presión sostenida, cabildeo profesional como hacen los cubanos, campañas en medios, exigencias a congresistas, nada cambia. Trump retuiteó una encuesta donde el 85 % de venezolanos le agradecía. Responde a la popularidad. Hay que subirle el costo político. Departamentos del Tesoro, Energía, Estado, Defensa y Consejo de Seguridad manejan Venezuela. Hay que exigir cuentas.
El juicio contra Maduro se acerca. El 26 de marzo (miércoles o jueves según el calendario) hay audiencia clave. La defensa alega que no puede pagar porque Estados Unidos no reconoce a Maduro y congeló 700 millones de dólares. Casto anticipa que podría revelarse información sobre cuentas ocultas: 200 millones en el Banco Central de Uganda, otras en Irán y Rusia, transacciones de oro investigadas por la CIA. Alex Saab, testaferro, podría colaborar. Wilmer Ruperti, detenido recientemente, es otro misterio: posible información sobre rusos o para reforzar casos. Nada es casual.
Casto cerró con el contexto mayor. Venezuela es el “pet project” personal de Trump. Lo conoce desde que montó Trump National Doral en 2014. Quiere hacer historia como en Cuba. Pero también hay intereses geopolíticos: cortar suministro barato de petróleo a China, romper centros de espionaje ruso y chino, estabilizar la región (Ecuador, Bolivia, Colombia con presión a Petro). Dentro de Estados Unidos, Trump cuida su imagen. Por eso la transición es lenta y controlada. Elecciones vendrán, pero primero hay que limpiar el registro electoral, incluir diáspora, depurar CNE. Los chavistas serán minoría (12-20 %), pero hay que darles espacio para que no boicoteen. Casto sugirió hasta un “museo de los horrores del chavismo” para que no se repita.
Al final, o los venezolanos organizan presión inteligente, profesional y sostenida en Washington y en las calles, o esta fase intermedia se convertirá en tutela permanente. Casto Ocando lo dijo claro: nada se regala. La historia tampoco perdona a los pasivos. Hay un país que sigue mirando la puerta, esperando que entre la mujer que prometió volver y que hoy, con sabiduría, espera su momento. Mientras tanto, miles de venezolanos aprenden la lección más dura y más digna: la libertad no llega envuelta en banderas ajenas, sino en la terca decisión colectiva de no callar, de exigir cuentas y de recordar que, al final, solo ellos pueden escribir el último capítulo.


