El intelectual musulmán Tariq Ramadan ha sido condenado por una serie de casos de brutales violaciones sexuales. Es un caso policial, sí, claro. Pero hay escándalos que son el espejo de una civilización, o de la decadencia de ella. El caso Tariq Ramadan pertenece a la última categoría. Su condena a dieciocho años de prisión por el Tribunal Penal de París, por violar con «gran brutalidad» a tres mujeres, propinándoles palizas, estrangulamiento, humillación y un proceso de destrucción psicológica, representa el colapso de una ilusión que Occidente fabricó, la idea de que podía domesticar el islamismo concediéndole todo.
Por: Karina Mariani – La Gaceta de la Iberosfera
Para entender lo que Ramadan representa hay que retroceder hasta sus orígenes, porque su historia no es un contexto sino el argumento.
El abuelo de Tariq es el tristemente célebre Hassan al-Banna. El fanático egipcio de principios del siglo pasado que en 1928 fundó la Sociedad de los Hermanos Musulmanes. El lema que al-Banna acuñó para su organización no dejaba margen a la ambigüedad: «Allah es nuestro objetivo, el Profeta es nuestro líder, el Corán es nuestra constitución, la yihad es nuestro camino, morir en el camino de Allah es nuestra mayor esperanza” . Desde el principio fue un proyecto totalitario de refundación del mundo. Al-Banna no creía en la separación entre fe y política; su objetivo explícito era crear un califato panislámico que se extendiera sobre todos los países de mayoría musulmana y, eventualmente, sobre el planeta entero.
La organización creció y para 1938 ya contaba con 300 sedes y centenares de miles de miembros. Y en ese año de 1938 ocurrió algo que sus apologistas occidentales siempre han preferido silenciar: los Hermanos Musulmanes distribuyeron en la Conferencia Parlamentaria para Países Árabes y Musulmanes de El Cairo traducciones al árabe del Mein Kampf de Hitler y de los Protocolos de los Sabios de Sion. Al-Banna admiraba explícitamente el modelo organizativo nazi: su centralización, su culto al líder, su capacidad de movilización de masas, su propaganda.
La relación entre los Hermanos Musulmanes y el nazismo está ampliamente documentada. Las conexiones pasaban por Amin al-Husseini, el Gran Mufti de Jerusalén, quien se reunió en Berlín con Hitler en 1941 y realizó transmisiones radiofónicas en árabe desde los transmisores del Tercer Reich llamando a «matar a los judíos», y a quien al-Banna saludó en 1946 como un héroe que debía «continuar la lucha.»
Además de su obsesión antisemita, Al-Banna también tenía posiciones meridianamente taxativas sobre la democracia liberal, las mujeres, la homosexualidad, el orden social. Propugnaba la abolición de los partidos políticos, la aplicación estricta de la sharia, la superioridad del hombre sobre la mujer. En 1948, un miembro de los Hermanos Musulmanes asesinó al primer ministro egipcio Mahmoud Fahmi al-Nuqrashi Pasha. En represalia, el servicio secreto egipcio mató a al-Banna el 12 de febrero de 1949, que dejó el legado de un movimiento extendido por todo el mundo, una ideología completa y una red de financiación y propaganda que sobreviviría a su muerte.
El padre de Tariq ingresó siendo casi un niño y ascendió rápidamente en la estructura de los Hermanos musulmanes hasta ser secretario personal de Hassan al-Banna, con cuya hija, Wafa al-Banna, se casó en los años cuarenta. Así, Said Ramadan, se convirtió en una de las figuras más prominentes de la organización clave en la administración de las ramas de los Hermanos en territorios del Mandato Británico en los años previos a la fundación del Estado de Israel. Fue expulsado de Egipto por primera vez por el rey Faruk y luego por segunda vez por Gamal Abdel Nasser cuando este rompió con los Hermanos tras el fracasado atentado contra él en 1954. Esa expulsión lo obligó a vagar con su familia por Siria, Jordania y Pakistán durante años, apoyado económicamente por los países de la Guerra Fría árabe que se oponían al nasserismo.
En 1958 se instaló definitivamente en Ginebra y fundó allí el Centro Islámico de Ginebra, cuya sede fue adquirida con fondos de Ali bin Abdullah Al-Thani, ex emir de Qatar. Este es uno de los patrones clave de toda la saga: los servicios de inteligencia suizos tenían informes internos que confirmaban el carácter antioccidental y antisemita de Said Ramadan, pero los ignoraron sistemáticamente. Décadas más tarde, el mismo mecanismo se aplicaría a su hijo Tariq en Londres, Oxford, Washington y Bruselas.
En Ginebra, Said Ramadan publicó la revista Al-Muslimun, el principal órgano intelectual de los Hermanos Musulmanes, convirtiendo Suiza en «la Meca de los Hermanos Musulmanes en Europa.» En 1962, fue nombrado embajador itinerante de la recién creada Liga del Mundo Islámico impulsada por Arabia Saudita. Su objetivo declarado era proteger a los emigrantes musulmanes en Europa de la influencia de la cultura occidental y fortalecer su identidad islámica frente a la asimilación.
Murió en 1995. Suiza le había permitido quedarse a pesar de que en varias ocasiones superó los plazos de su permiso de residencia. Su hijo mayor, Hani Ramadan, tomó el control del Centro Islámico de Ginebra. En 2003 sería despedido de su puesto de maestro en el cantón de Ginebra por haber escrito que el VIH era un «castigo divino» y por defender la lapidación de las mujeres adúlteras. Sus activos en Francia serían congelados en 2018 por sospecha de financiación del terrorismo.
Esta es la familia de Tariq Ramadan, que nació en 1962 en Ginebra. Esto importa porque define el problema de fondo. Era el nieto del fundador de los Hermanos Musulmanes, el hijo del hombre que había construido el principal nodo europeo de una red islamista global financiada por Qatar y Arabia Saudita. Ninguno de estos datos era secreto y sin embargo, durante décadas, las elites intelectuales y políticas de Europa y Estados Unidos eligieron sistemáticamente no mirar.
Tariq Ramadan comenzó su carrera como profesor de francés en el Collège de Saussure de Ginebra y con apenas 23 años llegó a ser la máxima autoridad académica aún cuando nada de su camino académico justificaba la posición, realizó estudios religiosos en El Cairo y comenzó a construir una audiencia pública a través de conferencias y charlas. Su tesis doctoral, presentada en la Universidad de Ginebra en los años noventa, fue el primer escándalo que reveló el patrón que lo definiría para siempre: el doble discurso, la evasión, la intimidación cuando se le acorralaba y la apelación a la victimización cuando se le criticaba.
El tema de la tesis era su abuelo Hassan al-Banna y el pensamiento político de los Hermanos Musulmanes. Su supervisor principal, Charles Genequand, accedió a dirigirla porque Ramadan prometió trabajar con documentos inéditos. Lo que encontró cuando leyó el texto fue, en sus propias palabras, «una recopilación de textos enciclopédicos, un trabajo de copiar y pegar envuelto en un discurso apologético, aderezado con una salsa antiglobalización y antiimperialista.»
Como respuesta a este rechazo, Ramadan amenazó a uno de los miembros del jurado evaluador, el erudito islámico Ali Mérad, quien declaró públicamente: «He sido director de tesis durante cuarenta años en Francia, Bélgica y Suiza. Jamás había visto a un estudiante comportarse de esa manera.» Tres miembros del jurado dimitieron. La tesis fue rechazada. Luego Ramadan acudió a Jean Ziegler, influyente académico y político socialista suizo, para que presionara en su favor alegando que había sido víctima de islamofobia. En 1999, cinco años después de la solicitud original de revisión, Ramadan obtuvo su doctorado.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 cambiaron el contexto en el que Ramadan operaba, pero en vez de poner en guardia a las instituciones occidentales frente a figuras ambiguas del mundo islámico, generó en ellas una demanda incomprensible de voces musulmanas que parecieran moderadas. Ramadan se movía con soltura en los medios occidentales. Tenía la legitimidad que le confería su linaje islámico y al mismo tiempo presentaba un discurso que tendía puentes. Una oda al relativismo cultural que Occidente quería escuchar.
El problema, documentado por Caroline Fourest en su libro Frère Tariq (2004) y ampliado por el crítico Paul Berman en un ensayo para The New Republic en 2007, era que Ramadan decía cosas distintas a audiencias distintas. A las audiencias occidentales les hablaba de diálogo entre civilizaciones pero a las audiencias islámicas les transmitía mensajes apologéticos del legado de su abuelo. Varios de quienes lo conocieron bien, como el escritor Douglas Murray, sostienen que Ramadan ha sido algo así como un operador con máscaras.
Su careta cayó en 2003, durante un debate con Nicolas Sarkozy en el que el ex mandatario francés intentó que Ramadan condenara la lapidación femenina. La respuesta de Ramadan pasó a la historia: no era capaz de condenarla, dijo, pero sí propondría una «moratoria». No condenó el asesinato ritual de mujeres sepultadas hasta el pecho y apedreadas hasta la muerte, pero proponía a los franceses un aplazamiento. El auditorio quedó atónito. Desgraciadamente, casi nadie recuerda el episodio.
Tras los atentados del 7 de julio de 2005 en el metro de Londres, el gobierno de Tony Blair convocó a una comisión para combatir el extremismo islámico en el Reino Unido. Tariq Ramadan fue incluido en el grupo de trabajo. Ese mismo año, en septiembre, Ramadan obtuvo una beca en el St Antony’s College de Oxford, una institución con un historial de vínculos con los servicios de inteligencia. En 2009 fue nombrado titular de la primera Cátedra HH Sheikh Hamad bin Khalifa Al Thani de Estudios Islámicos Contemporáneos de la misma institución. El nombre de la cátedra era un símbolo: llevaba el nombre del emir de Qatar, el mismo país que financia a los Hermanos Musulmanes a escala global. Tariq había llegado a ser catedrático de Oxford. Era un producto de la perversa ideología de la inclusión, la diversidad y la corrección política.
En 2019, el diario francés Libération reveló que Ramadan había estado recibiendo durante años pagos mensuales de 35.000 euros de la Fundación Qatar como «consultor.» Qatar era, recordemos, la fuente de los fondos para la cátedra que llevaba el nombre del emir qatarí. Y Qatar es, junto con Turquía, el principal patrocinador financiero de los Hermanos Musulmanes.
En Estados Unidos, la historia de Ramadan siguió un curso paralelo. El gobierno de George W. Bush le había revocado el visado en 2004, invocando disposiciones de la Patriot Act por su relación con organizaciones vinculadas al terrorismo. Ramadan combatió la prohibición en los tribunales, con el apoyo de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU), el PEN American Center, la Asociación Americana de Profesores Universitarios y la Academia Americana de Religión. En enero de 2010, la secretaria de Estado de Obama, Hillary Clinton, firmó una orden levantando el veto.
En 2017 aparecieron múltiples denuncias de agresión sexual por parte de mujeres en Francia y Suiza. También emergió la información de que años antes Ramadan había mantenido relaciones sexuales con varias de sus alumnas de secundaria. Al menos una de las que rechazó sus insinuaciones tenía 14 años. Los testimonios de las víctimas ante los tribunales describían un patrón aterrador: seducidas por su carisma, luego experimentaban su brutalidad: golpes, estrangulamiento, humillaciones, y relatos de que además las orinaba.
Las denunciantes declararon haber sido escupidas, abofeteadas, y acosadas por sus seguidores.
En 2024, un tribunal suizo lo condenó por violar a una mujer en 2008. Su apelación fue rechazada y en marzo de 2026, el Tribunal Penal de París lo condenó a dieciocho años de prisión por las violaciones de tres mujeres. El tribunal estableció que las agresiones se habían cometido con «gran brutalidad.» Ramadan no se presentó al juicio. Alegó que no podía asistir debido a ansiedad y depresión. En el momento de la sentencia, Ramadan se encontraba refugiado en Suiza, habiendo desobedecido una orden judicial.
La respuesta de la Universidad de Oxford al surgimiento de las denuncias en 2017 merece un capítulo aparte porque ilustra con la sumisión occidental. Cuando un sistema político o ideológico tiene una necesidad tan urgente que no puede esperar a verificar si la solución que se le presenta es genuina, está creando las condiciones para el fraude. Occidente lleva décadas dando por buenos auténticos fraudes sólo porque encajan en su utopía multiculturalista y con su relativismo criminal.
Hay que reconocer que el clima de la hegemonía progresista necesitaba personajes así, con legitimidad religiosa, conexiones reales en el mundo de las mezquitas y las madrasas que dijera: el Islam es compatible con la democracia liberal y finalmente obtuvieron un operador político de los Hermanos Musulmanes.
Lo que este escándalo deja es un mapa de los fracasos institucionales que lo hicieron posible, de los gobiernos que lo usaron como instrumento de política pública, del periodismo de referencia, de la academia. Tariq no necesitó derrotar a Occidente porque Occidente le abrió la puerta y le pagó el sueldo. Tariq Ramadan fue también el producto del autoodio occidental, el símbolo perfecto del doble rasero que presentaba el islamismo político como una forma de resistencia a la opresión occidental, lo cual convertía cualquier crítica a sus posiciones en una forma de colonialismo cultural.


