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El Marriott de Caracas, el hotel donde se decide el futuro de Venezuela

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Por María Martín en El País

El alojamiento de cinco estrellas es un escaparate diario de la tutela estadounidense en el país

A las ocho de la mañana, la veintena de marines que se aloja en el JW Marriott de Caracas empieza a bajar a desayunar. Es un espectáculo singular. Tienen entre 30 y 40 años y casi todos lucen, como Freddie Mercury, un bigote chevron. Los tatuajes trepan hasta el codo, a veces hasta las rodillas. Gorras, pantalones cortos y camisetas con leyenda. Alguna imprevista en la era bélica de Donald Trump. No war team, se leía en una de ellas la semana pasada. Los marines, un cuerpo de élite de acción rápida, no faltan un día al gimnasio, cumplen horarios y nunca se separan de su walkie-talkie. Son los más visibles, pero en el resto de mesas hay agentes de la CIA, del Departamento de Estado, de la Embajada… Todos ellos son parte de este nuevo momento político que se vive en Venezuela desde el pasado 3 de enero. Uno en el que Estados Unidos tiene más poder que nunca en el país, ha medio sometido al chavismo y opera desde un hotel de cinco estrellas en un barrio financiero de Caracas.

El JW Marriott —JW es la línea prémium de Marriott— es un edificio de ladrillo de 17 plantas que no llama especialmente la atención. Tiene unas 300 habitaciones con cierto toque viejuno que, regateando, se pueden conseguir por 200 dólares sin desayuno. Piscina exterior, gimnasio, un restaurante en el que un plato y una bebida pueden costar unos 50 dólares, bar con cócteles normalitos y más de mil metros cuadrados de salones para eventos y reuniones. También una tienda de vestidos de novia y otra de trajes de chaqueta. No es el lugar donde uno esperaría que se fraguase el futuro de un país.

Y sin embargo, desde que las fuerzas especiales estadounidenses ejecutaron la operación que culminó con la captura de Nicolás Maduro, el JW Marriott se convirtió en la sede informal de la presencia norteamericana en Venezuela.

Primero ejerció de embajada, que llevaba siete años cerrada, desde la ruptura diplomática de 2019. El edificio, abandonado durante ese tiempo, acumulaba humedad y moho y necesitaba una rehabilitación integral antes de poder volver a izar la bandera. Mientras tanto, los diplomáticos, los agentes del Departamento de Estado, los agentes de las distintas agencias policiales y de inteligencia y los marines que llegaron a Caracas en los días y semanas siguientes al 3 de enero necesitaban un sitio donde instalarse. El JW Marriott era grande, discreto y con suficiente espacio para reuniones a puerta cerrada.

La Embajada reabrió formalmente el 30 de marzo, 86 días después de la operación. Pero el hotel no ha dejado de ser lo que se convirtió durante ese tiempo. “No es un hotel, es el lugar donde se decide la tutela de Venezuela”, cuenta una de las personas que ha participado en una de tantas reuniones que allí se celebran cada día.

En sus salones se han sentado algunos de los actores más relevantes de la economía y la política venezolanas junto a interlocutores norteamericanos. Grandes decisiones de los primeros 90 días pos-Maduro han sido discutidas y ejecutadas no solo en Washington. También en esas mesas. Política petrolera, minera, cambios exigibles al Gobierno de Delcy Rodríguez, iniciativas económicas, seguridad… “No sé qué precedente hay de un tutelaje americano que se coordine desde un hotel”, dice este asiduo al edificio.

Lo que hace al Marriott peculiar —y útil para, al menos, escribirles esta carta— es que está abierto a otros huéspedes y visitantes. No es una instalación militar ni una sede diplomática, aunque haya ojos y oídos por todas partes. Por su recepción entran y salen todo tipo de gente: equipos de fútbol, empresarios venezolanos y extranjeros, periodistas, funcionarios de paso, cazafortunas y turistas ocasionales que todavía no entienden bien qué está pasando en este país.

Los venezolanos que sacan a alguno de estos huéspedes a comer fuera del hotel bromean con que sufren de cabin fever —el término para definir la claustrofobia psicológica que produce pasar semanas confinado en el mismo espacio, incapaz de salir, sin apenas contacto con el exterior—. Van del Marriott al trabajo —casi siempre la Embajada—, y del trabajo al Marriott. No hablan con nadie ajeno a su círculo. Como mucho, lanzan una mirada curiosa. Dominan Caracas sin salir a Caracas. Y, según pasan los días, no está tan claro cuál es el plan.

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