Mientras la Asamblea General de la ONU se reúne esta semana, el economista Bjorn Lomborg sugiere que Estados Unidos mantenga su chequera cerrada hasta que el organismo mundial establezca prioridades de gasto razonables.
Comité editorial de The New York Post
El Secretario General Antonio Guterres exige “triplicar” la ayuda global para el desarrollo – “al menos 500 mil millones de dólares para el resto de la década” – para impulsar el progreso en la lista de deseos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU.
El problema es que la lista está llena de fantasía y relativa frivolidad, con objetivos como promover estilos de vida “en armonía con la naturaleza” y agregar parques urbanos para discapacitados, junto con cosas utópicas como poner fin a la guerra.
Es una recopilación de peticiones de grupos de interés, no una lista rentable de prioridades realistas: 169 “objetivos” en total.
Por supuesto, las Naciones Unidas y el mundo terminan por quedarse cortos en todos ellos, y no lograrán ninguno de ellos para la fecha prevista de 2030.
Un informe de la ONU, señala Lomborg, muestra: “Si se mantienen las tendencias actuales, sólo un tercio de los países cumplirán sus promesas sobre la pobreza para 2030, y 300 millones de niños y jóvenes seguirán abandonando la escuela sin saber leer ni escribir”.
A pesar de que el Tío Sam gasta más de 60 mil millones de dólares al año en ayuda humanitaria a otras naciones, el sector privado estadounidense aporta otros 30 mil millones de dólares.
Y triplicar esos desembolsos como exige Guterres aún no estaría ni cerca de cambiar el rumbo, ni siquiera serviría de mucho si se gastara como él y sus secuaces de la ONU sugieren.
La triste verdad es que la mayor parte de la ayuda entre gobiernos se desperdicia mediante la corrupción y políticas fallidas como la reducción del tamaño de las clases.
Esto no significa no gastar nada para ayudar al resto del mundo, pero sí apunta a redirigir lo que Estados Unidos gasta y no darle a la ONU un cheque en blanco.
Los filántropos estadounidenses –y el Congreso– podrían hacer mucho peor que centrar estas donaciones en la docena de políticas de desarrollo rentables identificadas por cientos de economistas y siete premios Nobel para el Consenso de Copenhague de Lomborg.
Sea generoso, pero no estúpido.


