El régimen abre un cementerio de emergencia para miles de víctimas sin identificar tras los terremotos

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En La Esperanza, las autoridades habilitan zanjas numeradas mientras crecen las críticas por el manejo de cadáveres y la respuesta estatal.

La Estrella

En una zona apartada del cementerio La Esperanza, a una hora de La Guaira, las retroexcavadoras no se detienen. Desde hace más de diez días, máquinas y camiones abren largas zanjas sobre una ladera de tierra desnuda para recibir a cientos de víctimas de los terremotos que devastaron Venezuela el pasado 24 de junio.

Allí serán sepultados muchos de los cuerpos rescatados entre los escombros: los de bajos recursos, los que no pudieron ser reclamados por sus familias y aquellos que aún permanecen sin nombre.

Aunque las autoridades insisten en que no se trata de una fosa común, la imagen resume la magnitud de una tragedia que desbordó morgues, funerarias y cementerios. Sobre cada sepultura se coloca una cruz, piedras blancas y un código que remite a un expediente, un registro fotográfico y la documentación de la inhumación.

Una sepultura numerada para cada cuerpo

Eli Zabala, funcionario municipal encargado del operativo, defendió que cada víctima está recibiendo una sepultura individual y un registro que permita su futura identificación.

Según explicó, hasta este lunes ya habían sido enterradas 253 personas en La Esperanza, de las cuales 159 no habían sido identificadas. Las zanjas abiertas tienen capacidad para unos 2.000 ataúdes, aunque las autoridades calculan que podrían recibir hasta 3.000 si la emergencia lo exige.

También se evalúa habilitar una nueva terraza del cementerio ante la posibilidad de que sigan llegando cuerpos desde las zonas más afectadas.

El movimiento es constante. Camiones frigoríficos y ambulancias suben y bajan del camposanto trasladando cadáveres desde morgues oficiales e improvisadas hacia las tumbas recién abiertas.

Los más pobres, los más solos

En La Esperanza terminan muchos de los cuerpos de quienes no pudieron pagar un entierro privado o no tenían familiares cerca para reclamarlos.

La diáspora venezolana, estimada en millones de personas, también pesa sobre esta tragedia: muchas víctimas tienen parientes fuera del país, incapaces de regresar a tiempo para identificarlas o despedirlas.

Quienes lograron reconocer a sus familiares y reunir dinero para una funeraria pudieron enterrarlos en cementerios tradicionales o incinerarlos. Los demás fueron trasladados en camiones refrigerados hacia un espacio que intenta ofrecer un mínimo de dignidad en medio del desastre.

El último balance oficial eleva a 3.342 los fallecidos y a 16.740 los heridos por los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron Venezuela.

La gestión de los cadáveres se convirtió en uno de los mayores desafíos de la emergencia. Durante los primeros días, el caos marcó las morgues formales e improvisadas.

En un estacionamiento usado como depósito temporal, cientos de cuerpos permanecieron bajo el sol del Caribe, muchos en avanzado estado de descomposición. El olor penetraba las viviendas cercanas y obligó a los vecinos a exigir su traslado.

Después, parte de los cadáveres fue llevada al puerto, colocados en hileras, aunque también expuestos al calor.

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