“El retardo del crecimiento es la dimensión más miserable del extractivismo”, entrevista a Susana Raffalli en Prodavinci

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La nutricionista, especializada en asistencia en emergencias humanitarias y pediatría, diseñó el sistema empleado por Cáritas para monitorear y tratar la desnutrición infantil durante la crisis en Venezuela. Asegura que garantizar el acceso de las familias al agua potable, restituir las consultas de controles de niños sanos, promover la lactancia materna y mejorar la calidad de la nutrición, encabezan la lista de soluciones que pueden ayudar a mitigar la desnutrición en niños menores de cinco años, especialmente en las zonas mineras de Guayana. Esta entrega pertenece a la cobertura Los hijos de la mina, publicada con el apoyo del Pulitzer Center.

Por: Valentina Oropeza – Prodavinci

La niña languidecía en una hamaca. Susana Raffalli le pidió a la madre que la cargara, se sentara en la hamaca y la sostuviera en sus piernas. Tenía menos de un año. Con el dedo, dio a probar a la niña un poco de plumpy nut, una pasta de crema de maní enriquecida con vitaminas y minerales. Si era capaz de retenerlo, masticar y tragar, podía salvarse con suplementos nutricionales. Si no lograba abrir la boca, sería necesario alimentarla por una sonda.

Raffalli encontró a la mujer y a su hija en Platanillal, un caserío al oeste del estado Amazonas, donde la siembra se descomponía bajo el agua en septiembre de 2018, un mes después de que se registrara la crecida más prolongada del río Orinoco en 126 años.

La niña le agarró el dedo con fuerza y probó la crema de maní. Comió la mitad de un sobre del suplemento nutricional, mientras Raffalli entregaba a su madre el tratamiento para un mes e indicaciones de cómo potabilizar el agua para evitar infecciones.

Otras mujeres con niños desnutridos descansaban de la travesía hacia las minas de oro al sur de Guayana. Varios niños habían fallecido en el camino. Algunas habían dejado atrás a lactantes menores de dos años en casa de abuelas, tías o alguna vecina. Incluso con familias desconocidas. Los pediatras Elvia Badell y Carlos Hernández acuñaron un término para agrupar los síntomas que observan en estos pacientes desnutridos, abandonados y vulnerables al abuso de cualquier adulto que los rodee: el síndrome del hijo de la mina.

Platanillal ha sido una de las comunidades beneficiadas por SAMAN, un sistema de alerta, monitoreo y asistencia a la nutrición, diseñado por Raffalli e implementado por la organización católica de ayuda social Cáritas, para identificar a los menores de cinco años desnutridos y tratarlos con suplementos, mientras Venezuela vivía la peor contracción económica en la historia moderna del hemisferio occidental.

Cáritas reporta haber brindado 87.000 consultas nutricionales y haber recuperado a 19.000 niños de la desnutrición aguda y la delgadez extrema durante los últimos seis años. ¿En qué se diferencian los niños que sufren el síndrome del hijo de la mina del resto de la población infantil que Cáritas ha tratado en Venezuela?

La desnutrición en esos niños es mucho más dramática y más peligrosa. Es mucho más difícil sobrevivir a ella. Una diferencia esencial es que son los niños más abandonados de todos. Son hijos de mujeres que trabajan en condiciones de esclavitud moderna, como mineras o trabajadoras sexuales. Son los hijos del abandono y de una población desplazada que está tratando de ganarse la vida. Los puntos de desplazamiento interno en Venezuela son el Arco Minero y los lugares donde los grupos irregulares se están dando plomo.

Hay un agravante en este caso. Los hijos de las minas son niños expuestos a enfermedades infecciosas añadidas a la desnutrición, y por eso tienen una mortalidad mucho mayor. Los anuarios de la Organización Mundial de la Salud indican que los niños con desnutrición tienen 2,5 veces más posibilidades de morir de enfermedades infecciosas como la malaria si están desnutridos.

Eso se cae por su propio peso. Es muy raro que la desnutrición severa sea mayor del 3% de los niños totales que evalúas. En niveles de emergencia, eso arranca en el 10%. Dentro de esa cantidad de niños desnutridos, que la desnutrición severa sea mayor a 3% es rarísimo, y tenemos registrados niveles de desnutrición severa entre 5 y 7% en lugares del país donde las enfermedades infecciosas son muy altas. Eso es característico de los sitios donde la desnutrición aguda se solapa con las enfermedades infecciosas, como en el estado Bolívar.

A lo largo de estos años, hemos visto la instalación y el crecimiento ininterrumpido de la desnutrición crónica. Eso es lo más doloroso de todo, porque menoscaba el capital humano del país. El retardo de crecimiento es la dimensión más miserable del extractivismo. Es haber saqueado la infancia de esos niños.

¿Cuál es el balance global de la desnutrición infantil en Venezuela desde el inicio de SAMAN, a finales de 2016?

Mi primera conclusión es que lo que hemos hecho como sociedad civil ha servido para salvar a un montón de niños y para generar relaciones de confianza con las familias más vulnerables, que esas familias sintieran que alguien estaba ahí para ellas. Sin embargo, después de seis años, la desnutrición infantil se mantiene consistente con los umbrales que definen una crisis de salud pública: entre 10 y 12% de los niños que recibimos en Cáritas. En algunas diócesis todavía están en 16%. Es un fenómeno que no cesa.

La segunda conclusión es que este sistema de seguimiento y detección del riesgo nutricional es efectivo para salvar a muchos niños, pero no lo es para impedir que sigan cayendo.

Lo tercero es que disponemos de evidencia que nos ha permitido validar que hay algunas soluciones que incrementan la efectividad del tratamiento contra la desnutrición infantil en términos de tiempo y recursos.

¿Cuáles son esas soluciones?

El primer factor que mejoró mucho el rendimiento del programa fue ayudar a las familias a potabilizar el agua. En las diócesis donde SAMAN entregaba el filtro artesanal y las pastillas de potabilización, el proceso de recuperación del niño se redujo varias semanas porque ya no enfermaba con diarreas. Eso no se pudo hacer en todas las diócesis porque no teníamos dinero suficiente, pero donde se hizo el cambio fue notable.

La segunda mejoría fue haber pasado de trabajar con suplementos nutricionales como cereales fortificados tipo lactovisoy, que era lo que usábamos en 2016 y 2017, al salto que representó el uso de los RUTF (ready-to-use-therapeutic food). Eso fue impresionante. Bajamos la duración del niño en el programa de tres y cuatro meses a seis semanas. El ahorro de esos recursos nos permitió ingresar a más niños.

La tercera solución que hizo más eficiente al programa fue haber coordinado directamente con los hospitales para captar a niños con desnutrición. Al menos en tres lugares (Mérida, Barcelona y Carúpano), el SAMAN hospitalario permitió que los niños que ingresaron por desnutrición severa descompensada tuvieran un alta más temprana. Eso es maravilloso, porque al sacarlos del hospital eliminábamos el riesgo de que contrajeran infecciones, después de haber sido tratados por deshidratación, fiebre o dificultad respiratoria. Logramos que se le diera de alta al niño todavía desnutrido, pero ya compensado clínicamente.

En cuarto lugar, uno de los retos más importantes era la reincidencia en la desnutrición, evitar que el niño volviera al programa cuatro meses después de haber recibido el tratamiento. La tasa de recaída ha sido mucho menor desde que comenzamos el programa TENGO, un subsidio temporal a las madres para que la familia pueda comer mientras el niño está en tratamiento. Esa transferencia monetaria con tarjetas para la compra en tiendas de víveres es el componente de seguridad alimentaria que garantiza el acceso de toda la familia al alimento.

Lea la nota completa siguiendo este enlace a Prodavinci

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