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El socialismo no funciona: cuatros razones claves

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No se requiere ser ni historiador ni futurólogo para saber que el socialismo no funciona; que estuvo y está condenado al fracaso, donde y cuando sea que tan nefasta empresa intente materializarse.

Por: Priscila Guinovart / PanamPost

No debe uno enfrascarse en una certeza si es que faltan argumentos. Identificar los motivos por los cuales el socialismo no funciona es tan importante como predecir el fiasco que éste significa; particularmente en tiempos en los que muchos grupos políticos roban sus proclamas y postulados.

Citar a Margaret Thatcher (“el socialismo fracasa cuando se acaba el dinero… de los demás”) no alcanza. Para no repetir fórmulas que traen consigo pobreza, hambre y muerte es menester razonar ante datos que no sólo existen, sino que tristemente abundan.


El socialismo (e ideologías similares) cae porque es un colectivismo y como tal desmerece al individuo, lo minimiza y desprecia. Su base ideológica tiene como claro objetivo poner a cada persona dentro de tal o cual grupo, y estos grupos presentan conflictos entre sí. Nada existe fuera del grupo: ni sueños, ni subjetividades, ni moral.

Niega la naturaleza humana de querer sobresalir


Al colocarnos en paquetes con distintas etiquetas, el socialismo niega la esencia misma del ser humano, lo simplifica y vilipendia. El hombre, en tanto especie, buscará siempre, para bien o para mal, sobresalir en el colectivo. Hacer la vista gorda ante tal característica es exponerse voluntariamente a las vías del conflicto y el desencuentro.

Los logros más extraordinarios de los cuales la humanidad ha sido testigo, no han sido jamás producto de un ente gubernamental, sino de hombres y mujeres con ideas y ambiciones – y con válidos ánimos de lucro. Matar al individuo es matar al progreso.

En resumen, el colectivismo (el socialismo y el comunismo) niega la naturaleza humana, o, en el mejor de los casos, no la entiende.

Tergiversa al rol del Estado


En segundo lugar, el socialismo confunde (o tergiversa) al Estado y a su rol. El Estado y sus fuerzas (magnificadas bajo los caprichos socialistas) se convierten en un medio de control que termina cayendo siempre por su propio peso.

Hablamos de una corriente política que una y otra vez termina tomando decisiones por todos sus ciudadanos, y jamás son particularmente loables. Desde casos extremos, como censura explícita a ejemplos más livianos, como bien lo puede ser en Uruguay la actual ley que no permite a los uruguayos realizar más de tres compras por internet por año, y ninguna de ellas debe superar los 200 dólares.

Bajo las premisas socialistas, el Estado es un ente clientelista que pretende asemejarse a la idea de dios: omnisciente, omnipotente y omnipresente. En otras palabras, todo lo opuesto a la libertad.

El socialismo es el gran creador de la tristemente célebre “grieta”. Pululan en las contiendas izquierdistas panfletos maniqueístas en los que los ricos son todos malos y explotadores, y los pobres son sin excepción buenos samaritanos, son el pueblo, los trabajadores. El discurso anti – otro ha estado siempre presente en los proyectos socialistas.

Para un socialista, el fundador de una empresa que trabaja catorce horas por día no es, vaya a saber uno por qué motivos, un trabajador con todas las letras, y mucho menos es pueblo.

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Morfema Press

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