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Frente al colapso sanitario venezolano impulsan una “epidemiología de crisis”

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La crisis humanitaria prolongada que atraviesa Venezuela y ha colapsado su sistema sanitario está generando las condiciones para la explosión de distintas infecciones «invisibles» para los sistemas de vigilancia convencionales, las cuales pueden extenderse más allá de sus fronteras, advirtió en The Lancet Global Health un equipo de investigación del país.[1]

Por: Matías A. Loewy – MedScape

El equipo autoral, dirigido por el Dr. David Forero Peña, fundador y presidente del Instituto de Investigación Biomédica y Vacunas Terapéuticas (VACTER), con sede en Ciudad Bolivar, y profesor de la Escuela de Medicina «Luis Razetti» de la Universidad Central de Venezuela (UCV), en Caracas, ambas en Venezuela, llamó a la comunidad de salud global a adoptar con urgencia un enfoque de «epidemiología de crisis» para dimensionar la magnitud del problema y anticiparse a sus consecuencias. 

«Las amenazas derivadas de las crisis humanitarias actuales son las emergencias sanitarias mundiales del futuro. No ver, comprender y anticipar estas amenazas es un riesgo que el mundo no puede permitirse», exhortaron el Dr. Forero y dos coautores que actúan respectivamente como subdirector y coordinadora de proyectos del Instituto de Investigación Biomédica y Vacunas Terapéuticas, Dr. Fhabián Stevens Carrión Nessi, máster en inmunología, y Oriana Regalado Gutiérrez, estudiante de quinto año de Medicina en la Universidad Central de Venezuela. 

«Aceleradores evolutivos»

El Dr. Forero, médico colombiano graduado en Bogotá que migró a Venezuela en 2016 para formarse en enfermedades infecciosas, descubrió muy pronto que los radares epidemiológicos en su país adoptivo estaban «un poco bloqueados o inservibles», por lo que veía cuadros que no eran notificados ni se publicaban en registros oficiales. 

Un ejemplo detallado en el nuevo artículo fue la malaria, cuyo epicentro o punto caliente en Venezuela es el estado de Ciudad Bolívar, en el oriente del país, con cerca de 70 % del total de casos. «Empecé a ver decenas y podría decir con confianza, centenas de casos en una semana, de tal manera que toda la sala de hospitalización estaba llena de casos de malaria y empezamos a notar presentaciones no inusuales, pero sí escenarios clínicos infrecuentes, como malaria cerebral, que muestran apenas la punta del iceberg», destacó el Dr. Forero a Medscape en español

Venezuela llegó a ser en 2018 el país que reunía más de la mitad de los casos de malaria en la región, aumento proporcional sin precedentes de 25 veces respecto del periodo 2000-2017, aunque había faltante del fármaco de primera elección para casos graves, artesunato inyectable, por lo que las y los pacientes debían recibir antimicrobianos de segunda línea. Cuando llegó la ayuda internacional, «la situación se estabilizó un poco, pero mucha gente desafortunadamente falleció sin la oportunidad de poder tener acceso al tratamiento», recordó el Dr. Forero. 

En colaboración con colegas del país y del exterior, incluyendo al investigador venezolano Ananias Escalante, Ph. D., del Instituto de Genómica y Medicina Evolutiva (IGEM) de Temple University, en Filadelfia, Estados Unidos, el Dr. Forero pudo determinar la existencia de cambios moleculares en los parásitos Plasmodium falciparum y Plasmodium vivax respecto de los que causaron brotes en 2003/2004 y mayor proporción de pacientes individuales con multiplicidad de infección con distintos clones, lo que refleja la intensidad de la transmisión.[2]

Las zonas de crisis con sistemas de salud colapsados son «aceleradores evolutivos» que impulsan la adaptación microbiana de manera impredecible, argumentaron en su artículo el Dr. Forero y equipo: «Aunque los patógenos están en constante evolución, las condiciones dentro de un estado fallido, como la migración descontrolada y la presión farmacológica errática de fármacos de calidad subestándar obtenidos a través de mercados no regulados pueden acelerar este proceso, seleccionando características como mayor transmisibilidad y resistencia a los antimicrobianos». 

Entre los principales factores que agravan el panorama se encuentra malnutrición crónica, falta de recursos para diagnóstico y tratamiento, bajas coberturas de vacunación, desmantelamiento de sistemas confiables de vigilancia epidemiológica y hasta amenazas de represalias para profesionales que reportan o denuncian casos.

La pandemia de COVID-19 puso de manifiesto esas falencias. El Dr. Forero recordó que cuando hacía su residencia en infectología en un hospital de Caracas en 2020, advirtió una discrepancia marcada entre los nuevos casos diarios que atendían en la institución y la cantidad que informaba el gobierno «en tiempo real» por cadena nacional a nivel país. «Había un recorte de información intencional, era muy difícil», evocó, añadiendo que frente a centros de salud desbordados muchos pacientes fallecían en la casa o buscando diferentes hospitales sin que sus decesos quedaran vinculados en los registros oficiales a COVID-19. 

Especialistas deslizan que otras amenazas ignoradas, subestimadas, infradiagnosticadas o silenciadas incluyen la reemergencia o aumento de casos de sarampióndifteria, influenza, tuberculosis y virus de inmunodeficiencia humana, así como de enfermedades virales de transmisión vectorial (p. ej., dengue y chikungunya). También preocupa la resistencia antimicrobiana: «Hay muy pocas publicaciones sobre bacterias productoras de carbapenemasas [resistentes a carbapenémicos] en Venezuela, que son nuestro monstruo más temido, pero en la práctica aparecen», subrayó. 

En Venezuela muchos médicos e investigadores han sido reacios a revelar brotes y otras amenazas sanitarias por temores a ir preso u otras represalias. El Dr. Carrión, quien a mediados de 2025 migró a España para ser investigador colaborador en la Universidad de Navarra (UNAV), en Pamplona, recordó haber sido intimidado cuando quiso estudiar malaria, leishmaniasis y COVID-19 en Ciudad Bolívar. Y también tuvo temor a sanciones cuando publicó un caso de fiebre amarilla en una revista internacional. «El sistema no capta enfermedades, pero cuando lo hace, a menudo tampoco las quiere difundir», comentó a Medscape en español. «Son momentos que uno no quiere revivir».

Regalado, quien realiza su internado rotatorio de pregrado en un hospital de Caracas, precisó que esos puntos ciegos epidemiológicos permean en la práctica diaria. «Nosotros como clínicos sabemos que determinada infección es X: dengue, COVID-19 o malaria, pero muchas veces no tenemos las herramientas para confirmarlo. Realmente se necesita una distribución más amplia de métodos diagnósticos que estén accesibles para la población», manifestó a Medscape en español. «¿Cómo tomas medidas o acciones si no tienes información que la respalde?».

La futura médica señaló que también lidia a diario con la frustración de querer hacer las cosas bien sin que pueda brindarse a las y los pacientes la mejor atención basada en la evidencia, además de que la educación médica «a veces se ha visto comprometida por el contexto». 

En su artículo el Dr. Forero y sus colaboradores llaman a fortalecer redes científicas para la primera línea de vigilancia financiando y apoyando de forma directa a científicos locales y a sus colaboradores internacionales, «quienes a menudo constituyen el único sistema de vigilancia funcional». También proponen implementar un análisis contextual para detectar amenazas que la vigilancia tradicional no detecta, incluyendo el uso de métodos cualitativos y priorizar la implementación generalizada de pruebas diagnósticas rápidas, de bajo costo y en el punto de atención. 

«Si quitas el componente humano, sería el fin del sistema de salud»

El gobierno liderado por Delcy Rodríguez luego de la «extracción» de Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos dio señales de reconocer aspectos de la crisis de salud en el país. Durante un discurso el martes 13 de enero, la presidenta encargada prometió que cada dólar que ingrese a Venezuela de la industria petrolera y gasífera se destinaría a recuperar y reestructurar el sistema sanitario, consignó SWI swissinfo.ch. El martes 20 de enero anunció la designación como ministra de salud de la Dra. Nuramy Gutiérrez González para «profundizar las políticas de atención y protección sanitaria dirigidas al pueblo», después de cuatro años de gestión de su predecesora, la abogada Magaly Gutiérrez Viña. Y en las últimas semanas aceptó donaciones de fármacos y otros insumos médicos desde países como Estados Unidos y Brasil.[3]

En redes sociales una usuaria reaccionó con enojo: «¿Eso significa que ahora los hospitales estarán bien dotados? ¿Sus instalaciones reparadas? ¿Los enfermos renales tendrán disponibles salas para diálisis? ¿Habrá incubadoras para los recién nacidos? ¿Habrá quirófanos equipados y en perfectas condiciones? ¿Sueldos dignos?». Otra persona compartió el enlace al listado de precios de una cadena de farmacias en Venezuela y preguntó a la mandataria «si con 130 bolívares de salario mínimo y de pensión [equivalente a 40 centavos de dólar] se puede comprar algún tipo de fármaco». [Respuesta: ese monto no alcanza ni para adquirir diez tabletas de diclofenaco potásico 50 mg]. 

El sistema de salud de Venezuela está colapsado bajo cualquier criterio de análisis y va a tardar mucho tiempo para transitar el sendero de la normalización. El último informe cualitativo del respetado Observatorio Venezolano de la Salud (OVS), publicado en febrero de 2025, describe una crisis del sector «compleja y multidimensional», con trabajadores sanitarios que sufren para sobrevivir mes a mes y se ven obligados a emigrar, escasez de suministros, quirófanos que sufren apagones, equipos diagnósticos que no funcionan, pacientes hospitalizados que deben salir a comprar el tratamiento farmacológico si quieren ser tratados y al menos 13 millones de personas bajo inseguridad alimentaria moderada a grave.[4] 

La semana pasada un equipo autoral procedente de tres universidades de Estados Unidos y un cofirmante anónimo de Venezuela publicaron un comentario en The Lancet reclamando «acciones inmediatas en múltiples ámbitos» para abordar la crisis sanitaria en el país sudamericano: un financiamiento mínimo protegido de varios miles de millones de dólares estadounidenses al año para estabilizar los servicios de salud y prevenir un mayor colapso; la recuperación del personal sanitario; la restauración de la infraestructura de agua y energía en los hospitales; el restablecimiento de vigilancia epidemiológica transparente para permitir la detección temprana de brotes de enfermedades infecciosas y garantías para el acceso de la ayuda de organizaciones humanitarias.[5]

«Imagino que la situación mejorará a mediano plazo, no a corto plazo y que esto podría ofrecer un nuevo escenario de mayor vigilancia epidemiológica», se esperanzó el Dr. Forero, quien dijo que se siente «un venezolano más», aunque contempla seguir sus investigaciones desde Colombia. «¿Cómo puede haber médicas y médicos que reciban cinco dólares por mes y estén todo el día en los hospitales? ¿Cómo puedes explicarlo? Empiezas a ver que la medicina tiene algo más atrás. El médico venezolano entrega todo para que los hospitales, con todas sus carencias, funcionen. Si quitas el componente humano esto no sería un colapso o una crisis, sino el fin del sistema de salud. No sé qué tienen en su cabeza las médicas y los médicos de Venezuela, ¡pero así son!».

La Dra. Adriana Tami, Ph. D., médica epidemióloga venezolana del Departamento de Microbiología Médica y Prevención de Infecciones del Universitair Medisch Centrum Groningen, en Groningen, Países Bajos, y profesora asociada de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Carabobo, en Valencia, Venezuela, afirmó que la situación en Venezuela es «desesperante». 

«Hay niveles de pobreza superiores a 95 % y de pobreza extrema de alrededor de 80 %;el que no tiene dinero no puede acceder a Servicios de Salud ni a una nutrición adecuada, lo que incrementa el riesgo de enfermedades transmisibles y no transmisibles y cuando estas personas vulnerables enferman tienen más dificultades para acceder a salud o comida. Es un círculo vicioso», destacó a Medscape en español.

Además de diferentes enfermedades infecciosas, cuya existencia se palpa a diario en los centros médicos y que también se «exportan» con las migraciones masivas, pero no figuran en registros oficiales [«el Boletín Epidemiológico dejó de publicarse en 2016 y el personal capacitado en vigilancia epidemiológica ha migrado», lamentó la Dra. Tami], los efectos de la malnutrición crónica sobre el desarrollo cognitivo en la infancia pueden dejar secuelas perennes. «Es lo que más me preocupa», agregó. «¿Qué será del venezolano cuando esos niños sean adultos?». 

Mientras las personas que siguen en Venezuela «están con desazón esperando un cambio de régimen», muchos de los más de 40.000 trabajadores sanitarios calificados que dejaron el país (sobre un total estimado de ocho millones de emigrantes) esperan el momento en que haya un «real cambio» para regresar, aseguró la especialista. 

«No es fácil dejar tu país, que es tu hogar…pero el sentimiento de muchos es volver para contribuir a recuperarlo, formando redes y aplicando lo que hemos aprendido afuera. Eso es lo que siento que quiero hacer», concluyó. 

El Dr. Forero, el Dr. Carrión, la Dra. Tami y Regalado han declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente. 

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