El pasado sábado 23 de mayo, el Comando Sur ejecutó un ejercicio militar sin precedentes en Venezuela y no un simple “simulacro de evacuación”, como el gobierno interino de Delcy Rodríguez pretendió hacer creer. Lo que presenció Caracas fue una demostración explícita de poder. El operativo incluyó sobrevuelos, aterrizaje de aeronaves en Caracas y la participación de dos buques de guerra de la Armada estadounidense a menos de seis millas náuticas de la costa venezolana. El general Alvin Holsey Donovan, jefe del Comando Sur, supervisó directamente el ejercicio.
Por: Elisa Trotta y Manuel Avendano – Infobae
Para entender lo que significó esta operación hay que analizar tres dimensiones: la geopolítica, la política interna estadounidense y el componente operacional.
Empecemos con el geopolítico: en la Estrategia de Seguridad Nacional del año 2025, los Estados Unidos explícitamente dice: ¨Queremos asegurarnos de que el hemisferio occidental permanezca lo suficiente y razonablemente estable y bien gobernado como para prevenir y desalentar la migración masiva a los Estados Unidos; … cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los carteles y otras organizaciones criminales transnacionales; … que permanezca libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que respalde las cadenas de suministro críticas; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y haremos cumplir un ‘Corolario de Trump’ a la Doctrina Monroe”.
Esa frase es clave para entender el contexto de la operación militar. La importancia de esa formulación no es semántica. En la historia de la política exterior estadounidense, los “corolarios” han servido para justificar transformaciones operacionales de gran escala. El precedente más evidente es el Corolario Roosevelt de 1904, que convirtió la Doctrina Monroe en una herramienta activa de intervención hemisférica. La diferencia actual es que el nuevo enfoque estadounidense surge en un contexto completamente distinto: un hemisferio profundamente penetrado por capital chino, redes logísticas rusas y organizaciones criminales transnacionales con capacidad financiera comparable a pequeños Estados.
Este cálculo geopolítico cobra todavía más sentido cuando se considera que Donald Trump acaba de reunirse con Xi Jinping manteniendo una actitud relativamente cautelosa respecto a Taiwán. La lectura estratégica es clara: Washington parece estar construyendo una zona de influencia compartida con Beijing, donde China limita su penetración en el hemisferio occidental mientras Estados Unidos acepta ciertas realidades de poder en Asia-Pacífico. Venezuela deja entonces de ser únicamente un problema de gobernabilidad, narcotráfico o crisis humanitaria. Se convierte en un marcador territorial del nuevo “Corolario Trump”.
En los últimos veinte años, además, Venezuela dejó de ser solamente un exportador petrolero para convertirse en un espacio de disputa logística, energética y financiera. China desplazó progresivamente a Estados Unidos como receptor indirecto del crudo venezolano, mientras Rusia amplió capacidades de cooperación militar, tecnológica y de inteligencia en el Caribe. Para Washington, el problema venezolano dejó hace tiempo de ser ideológico. El punto central es impedir que potencias rivales controlen activos energéticos, rutas marítimas o infraestructura crítica en una zona considerada estratégica para la seguridad continental estadounidense.
La segunda dimensión es la política interna de Estados Unidos. Basado en todo lo anterior, Washington está demostrando que puede ejecutar operaciones sin resistencia real en el hemisferio, particularmente en Venezuela, debido a la importancia del país dentro de la cadena de suministros estratégicos. El acceso al petróleo y a otros recursos resulta vital para que Estados Unidos mantenga una oferta energética estable y pueda amortiguar impactos sobre la demanda interna.
El conflicto con Irán ha afectado parcialmente la percepción del electorado estadounidense justamente donde más le duele: el precio de la gasolina y el costo de la energía. Trump necesita demostrar que puede estabilizar los precios del petróleo sin entrar en guerras largas y costosas. Venezuela aparece entonces como una solución política ideal: estabilización bajo supervisión, acceso garantizado a recursos y reducción de incertidumbre energética sin necesidad de una invasión convencional.
Pero aquí “estabilización” no significa necesariamente democratización inmediata. Desde la lógica estratégica estadounidense, estabilizar implica previsibilidad operativa: reducción de riesgos migratorios, continuidad energética, disminución de actividades criminales transnacionales y construcción de un entorno suficientemente controlado para permitir negocios, extracción de recursos y circulación marítima segura en el Caribe.
El mensaje tampoco está dirigido únicamente a Caracas. El ejercicio militar funciona como una demostración hemisférica de capacidad. La administración Trump está dejando claro que considera legítimo actuar unilateralmente cuando interpreta que existen amenazas vinculadas al narcotráfico, migración masiva, cadenas de suministro críticas o penetración de actores extra hemisféricos. En ese sentido, Venezuela opera como laboratorio estratégico de una doctrina que eventualmente podría extenderse a otros escenarios regionales.
La tercera dimensión es la operacional. De acuerdo con fuentes abiertas, en esta operación participaron dos aeronaves MV-22B Osprey, un convertiplano capaz de despegar y aterrizar verticalmente y con capacidad para transportar hasta 32 soldados; un helicóptero MH-60S Knighthawk utilizado como apoyo aerotransportado; el USS Iwo Jima, con capacidad para desplegar hasta 30 aeronaves y transportar aproximadamente 1.200 efectivos; y un crucero lanzamisiles clase Ticonderoga, el USS Lake Erie (CG-70), equipado con 122 sistemas de lanzamiento vertical capaces de operar misiles Tomahawk, SM-2, SM-3, ASROC antisubmarino y Harpoon antibuque.
En términos operacionales, se trata de una plataforma de guerra integrada con capacidad de proyectar fuego terrestre, aéreo y naval a pocos kilómetros de Caracas. El mensaje implícito es inequívoco.
Pero lo verdaderamente notable no es solamente lo que se desplegó, sino la ausencia total de resistencia institucional venezolana. No hubo interdicción aérea, no hubo advertencias formales y ni siquiera se sostuvo un comunicado de protesta coherente. El silencio del aparato estatal venezolano resultó mucho más elocuente que cualquier discurso oficial.
Lo verdaderamente relevante del episodio es que la discusión ya no gira en torno a si Estados Unidos puede operar en el Caribe venezolano, sino hasta dónde está dispuesto a hacerlo. La ausencia de capacidad disuasiva real por parte del Estado venezolano revela un deterioro profundo de la soberanía operativa del país. El monopolio formal de la fuerza sigue existiendo en el discurso, pero no necesariamente en el terreno estratégico.
Este tipo de operaciones no son nuevas en la historia de Estados Unidos. Han sido utilizadas previamente como demostraciones de presencia operativa, capacidad de disuasión y construcción de control regional. Lo diferente en este caso es que el ejercicio ocurrió sobre un territorio cuya élite gobernante había construido durante años un discurso antiestadounidense basado precisamente en la idea de soberanía militar absoluta.
Cuando se analizan conjuntamente las variables geopolíticas, energéticas, operacionales y doctrinales, resulta evidente que lo ocurrido el 23 de mayo fue mucho más que un “simulacro”. Fue una demostración explícita de que Estados Unidos posee capacidad de despliegue inmediato en Venezuela cuando quiera y como quiera. Pero también fue un mensaje político mucho más amplio: Washington está dispuesto a garantizar que el proceso de estabilización venezolano continúe alineado con su arquitectura estratégica para el Caribe.
Venezuela ya no aparece como una incógnita geopolítica en disputa. Se ha convertido, de facto, en el principal hub operativo desde el cual Estados Unidos busca controlar el flujo de recursos, energía y poder en el Caribe ampliado.


