Friedrich Merz llegó a la Cancillería Federal alemana hace un año con alrededor del 28% de los votos y una coalición a regañadientes con los socialdemócratas del SPD. Ese matrimonio de conveniencia tenía fecha de vencimiento, y varios de sus propios diputados ya lo dicen en voz alta: la coalición «sin duda no durará cuatro años«, según Christian von Stetten, líder de un influyente grupo parlamentario de la CDU.
Pero posiblemente el dato más revelador de lo que iba a ser su Administración fue lo que ocurrió en las primeras horas de su mandato. Merz había construido buena parte de su campaña electoral sobre la promesa de una política migratoria severa, de mano firme frente al descontrol de sus antecesores. Pero a poco de asumir el poder, ya había comenzado a traicionar al electorado. Esa disociación inaugural marcó el tono de todo lo que vendría después.
En estos días su figura es puesta a prueba tanto en su política exterior como interna…y reprueba en ambas asignaturas. Si hay una historia que condensa la volatilidad de Merz, es la de su relación con Donald Trump respecto de las guerras actuales. Particularmente con la guerra en Irán, cuesta mucho saber cuál es la verdadera posición del canciller. Al principio, Merz fue el europeo más entusiasta con la ofensiva estadounidense. Sus declaraciones de apoyo incondicional a la guerra le valieron una audiencia en el Despacho Oval en marzo, donde la foto con Trump pareció sellar una alianza estratégica.
Pero el cortoplacismo es una pandemia entre los mandatarios europeos y Merz no es la excepción. Cuando sus homólogos del viejo continente dieron la espalda al norteamericano, no supo sostener su postura. Días después de ese encuentro, se atrevió a afirmar que el régimen iraní había humillado a Estados Unidos con sus «astutas tácticas de negociación». ¿Qué película estaba mirando Merz? Después criticó a Washington por carecer de estrategia ¡él, el líder de un país que hundió su generación de energía y se entregó a las fauces del león, un país pionero en abrir irresponsablemente las fronteras rompiendo no sólo su economía sino su tejido social!.
La respuesta de Trump fue inmediata y brutal: «¡No sabe de lo que habla!», tronó el presidente en Truth Social. «¡No me extraña que Alemania esté tan mal, tanto económicamente como en otros aspectos!». La disputa no terminó ahí. Trump amenazó también con retirar a los aproximadamente 36.000 soldados estadounidenses estacionados en territorio alemán y acusó a Merz de ser totalmente ineficaz para poner fin a la guerra en Ucrania, instándolo a arreglar su país en ruinas antes de opinar sobre política exterior ajena.
Y no se equivoca el estadounidense, porque el otro gran giro narrativo de Merz se dio con la guerra en Ucrania. Hablando ante estudiantes de un instituto de Renania del Norte-Westfalia, el canciller enunció algo que hasta hace poco habría sido impensable en Berlín: dijo que, fruto de un eventual tratado de paz con Rusia, !parte del territorio ucraniano puede dejar de ser ucraniano». Una capitulación semántica que el bloque europeo ha evitado durante años. Merz, que en campaña presentó a Alemania como pilar del orden europeo frente a la agresión rusa, ahora presenta un viraje que, paradójicamente, no puso en debate ante el bloque.
Lo que hace todo esto desconcertante es la trayectoria de Merz respecto de cada tema, pero claro, un líder que cambia de posición en función del ciclo de noticias no inspira confianza; y los resultados no tardarían en llegar.
La desaprobación del canciller no encuentra piso. Los números de Merz son alarmantes, considerando los años que aún le quedan en el poder. Según la encuesta del instituto Forsa para RTL/ntv publicada el 28 de abril, el 83% de los alemanes responde «no» cuando se les pregunta si están satisfechos con la gestión del canciller. Sólo el 15% dice que sí. En el ranking de popularidad del instituto Insa entre las 20 principales figuras políticas alemanas, Merz ocupa el último puesto. En el índice global de Morning Consult que compara a 24 líderes democráticos mundiales, Merz figura con un 19% de aprobación y cierra la tabla, por detrás incluso del presidente turco Recep Tayyip Erdoğan.
En intención de voto, el panorama es igualmente sombrío: AfD lidera con el 27%, cinco puntos por encima de la CDU/CSU, que cae al 22%, mientras el SPD no supera el 12%. La coalición que gobierna Alemania no llegaría unida a unas elecciones si se celebrasen hoy. Lo más llamativo es el colapso dentro de su propio electorado: entre votantes conservadores, Merz termina también en la parte baja de las preferencias, superado por el bávaro Markus Söder. Su base lo abandonó, y él no reacciona bien ante las frustraciones.
Alguien con una popularidad tan baja podría mostrar humildad, pero Merz eligió otra respuesta: la persecución judicial de quienes se atreven a criticarlo. El Tribunal Administrativo Superior de Berlín-Brandeburgo ordenó recientemente a la Cancillería Federal que revelara información sobre los procedimientos abiertos por presuntos insultos contra el canciller. Lo que se pregunta es qué fiscalías investigan los casos y bajo qué números de expediente.
Porque se trata de un escándalo mayúsculo, existen más de 300 casos abiertos contra personas que criticaron a Merz. El gobierno no sólo es intolerante sino cínico y opaco, argumentó que no existía interés público que justificara revelar esa información (vale decir: la persecución de ciudadanos de a pie por el delito de opinar) e incluso expresó preocupación por los derechos de los acusados!. El tribunal rechazó el argumento, claro; el canciller impulsa las causas y pretende además que nadie se entere.
El instrumento legal que Merz emplea con alarmante frecuencia es el párrafo 188 del Código Penal alemán, aprobado en 2021 con el apoyo de todos los partidos tradicionales. La norma tipifica como delito los insultos, la difamación y la calumnia contra figuras públicas, con penas de hasta tres años de prisión o fuertes multas. Fue vendida a los alemanes como herramienta contra el extremismo de derecha tras la crisis de refugiados. Inspirada en la Ley de Protección de la República de Weimar de 1922, su carácter agresivo la convirtió en un arma contra la ciudadanía común.
Algunos de los casos que han trascendido son terroríficos: Andreas Hüttner, un jubilado que publicó en Facebook una foto de Merz caracterizado como Pinocho con nariz larga, fue investigado formalmente. El caso se archivó pero luego de meses de angustia, el estigma de la investigación y de la pérdida de dinero y tiempo del acusado. El daño ya estaba hecho y Hüttner se convirtió en un mártir de la libertad de expresión. Un ejemplo del efecto Streisand en toda regla.
Otro caso es el de Stefan Niehoff, otro jubilado bávaro de 65 años que falleció a comienzos de 2026, padeció en noviembre de 2024 un allanamiento nocturno en su domicilio y la confiscación de su computadora por el crimen de compartir un meme satírico que llamaba «idiota profesional» al ministro de Economía Robert Habeck. Marie-Agnes Strack-Zimmermann, hoy eurodiputada, presentó la asombrosa cifra de 1.900 denuncias entre febrero de 2023 y septiembre de 2024. Entre sus víctimas, un jubilado con 25 seguidores en X.
El crecimiento de estas causas es exponencial y habla por sí solo: según estadísticas policiales, hubo 1.400 denuncias bajo el párrafo 188 en 2022, que pasaron a 2.600 en 2023, a 4.500 en 2024 y a 4.792 en 2025. La acusación en sí misma, acompañada de allanamientos, duros procesos judiciales que implican confiscación de teléfonos y computadoras, funciona como castigo, independientemente del veredicto final.
Lo que hace la situación todavía más grotesca es el mapa político de quienes cuestionan esta ley: prácticamente solo AfD pide su limitación. Los partidos tradicionales que la aprobaron en 2021 la defienden. Si las voces políticas que reclaman límites al poder arbitrario del Estado sobre el ciudadano son minoría, algo está profundamente mal en el sistema. En una democracia, los ciudadanos tienen el derecho fundamental a expresar frustración, enojo e incluso insultos hacia quienes los gobiernan. Reprimir eso no es defender la democracia: es traicionarla.
Paradójicamente, Merz tenía un análisis lúcido del problema estructural alemán: el colapso del Estado de Bienestar que tal como está configurado, es insostenible. Tenía toda la razón. Los números son implacables: el déficit anual de las Cajas del Seguro de Salud es millonario, el sistema de pensiones requiere reforma urgente y el gasto social crece a un ritmo que la economía productiva no puede acompañar.
Pero el diagnóstico de Merz requiere nombrar la causa más incómoda del problema. Alemania atraviesa un invierno demográfico sin precedentes. En 2025 nacieron apenas 654.300 bebés, un 3,4% menos que el año anterior, y la cifra más baja desde 1946, cuando el país salió destrozado de la Segunda Guerra Mundial con hambre, epidemias y la población diezmada. Ese mismo año, los fallecidos superaron el millón. La pirámide poblacional se invierte a velocidad acelerada: cada vez menos cotizantes sostienen a cada vez más pensionistas y pacientes, y la tendencia, según todos los indicadores, es irreversible.
Ahora bien: ese colapso del sistema tiene otra arista política detrás que compromete a casi toda la clase política y a su propia formación. Durante la crisis de refugiados de 2015, la entonces canciller Angela Merkel (CDU, como Merz a pesar de las disputas internas) abrió las puertas a más de un millón de solicitantes de asilo en un solo año. La política de sus sucesores mantuvo flujos elevados durante la década siguiente. El resultado fue una inmigración masiva que, lejos de compensar el envejecimiento con mano de obra calificada y cotizante como se prometía, introdujo tensiones fiscales adicionales en un sistema de bienestar que asumió costos de integración enormes sin los retornos esperados.
Merz fue candidato prometiendo cortar ese ciclo. Como canciller, lo menciona de refilón mientras recorta prestaciones a jubilados y familias. Su coalición acordó una reforma del seguro sanitario que elimina la gratuidad para cónyuges no cotizantes, aumenta los copagos por medicamentos y hospitalización, y prevé un ahorro de 19.300 millones de euros en el próximo año que llegará a 38.300 millones para 2030. En paralelo, el programa de rearme insume unos 100.000 millones anuales, una cifra que convive con los recortes sociales y genera una tensión que amenaza con fracturar no solo la coalición sino también a la propia CDU. El presidente federal de la CDU de Mayores, Hubert Hüppe, ya advirtió el absurdo: si las pensiones quedan convertidas en una «cobertura básica» que no supera la ayuda social, el incentivo para trabajar y cotizar desaparece. El problema no parece tener solución o al menos no tiene una solución que alguien con la volatilidad, cobardía y entorno de Merz pueda aplicar.
Friedrich Merz apenas ha transitado un año de gestión y ya es el político más impopular de Alemania. También el más litigioso contra sus propios ciudadanos, el más voluble frente a las presiones externas, el que más velozmente traicionó sus promesas electorales y para colmo gobierna con la arrogancia de quien cree que el cargo le confiere inmunidad ante la crítica. Cuesta imaginar cómo se mantendrá a flote en un contexto nacional e internacional que no augura viento a favor. Aunque para un canciller que necesita al código penal para que los jubilados no se rían de él, el viento a favor no existe.


