Desde Cali, en el suroeste de Colombia, los tripulantes de las lanchas rápidas dedicadas al narcotráfico describen su oficio como el de “cowboys” del mar: hombres jóvenes que cruzan océanos abiertos en embarcaciones mínimas, impulsados por el riesgo, la pericia y la promesa de un pago que en un solo viaje puede superar lo que muchos ganarían en años.
Con la decisión de la Administración Trump de designarlos como terroristas, su peligro ya no es solo la mar abierta, los naufragios o las patrullas navales: ahora también se exponen a ser destruidos desde el aire por el Ejército estadounidense. El viejo lema del negocio —“entregar o morir”— se vuelve más literal que nunca.
Los “cowboys” del mar y el eslabón clave del negocio
Las lanchas conocidas como go fast son el eslabón invisible pero indispensable de la ruta de la cocaína que sale de la costa colombiana hacia Centroamérica y México. Son embarcaciones de unos 12 metros, construidas en fibra de vidrio, con potentes motores fuera de borda sobredimensionados que permiten transportar cargamentos valorados hasta en 70 millones de dólares en plena mar.
Según fiscales y exoficiales navales colombianos, estas tripulaciones suelen estar formadas por tres o cuatro hombres:
- Un piloto, el más experimentado y mejor pagado.
- Un mecánico, encargado de mantener los motores y gestionar la compleja logística de combustible.
- Un “garante” de confianza para comprador y vendedor del cargamento.
- En ocasiones, un navegante especializado que calcula ruta y coordenadas.
Muchos comenzaron como pescadores artesanales en pueblos remotos del Caribe o el Pacífico y dieron el salto a la economía ilegal cuando aprendieron a leer los vientos, las corrientes y las entradas a los manglares mejor que nadie.
De pescadores a contrabandistas: rutas diseñadas al milímetro
Las autoridades colombianas explican que cada travesía se prepara con semanas de antelación. La cocaína avanza por tramos desde las zonas de cultivo y laboratorios en la selva hasta los estuarios del Pacífico o las caletas en el Caribe. Desde allí, las go fast se lanzan al océano buscando pasar inadvertidas entre patrulleras colombianas, barcos de guerra y helicópteros estadounidenses.
Los pilotos eligen condiciones climáticas que juegan a su favor: noches cerradas, lluvias intensas o incluso tormentas, cuando las unidades estatales suelen limitar sus salidas. Antes de los ataques aéreos de Estados Unidos, los principales temores de las tripulaciones eran volcar, morir ahogados o ser capturados. Hoy, el miedo a un misil guiado se suma a la lista.
Aun así, la recompensa sigue siendo descomunal para los estándares locales. Por un viaje exitoso de dos o tres toneladas, un piloto puede cobrar alrededor de 100.000 dólares por apenas un día de trabajo en el mar, según exclusiva del Wall Street Journal, una cifra que mantiene el flujo de voluntarios dispuesto a asumir el riesgo.
Dentro de una operación en el Pacífico rumbo a un “narco-submarino”
Un tripulante de 29 años que opera en el Pacífico colombiano relató cómo, en agosto, su lancha salió disparada desde un entramado de manglares con dos motores de 250 caballos de fuerza rugiendo bajo un cielo nocturno.
El bote cruzó a toda velocidad la franja costera, dejó atrás las aguas territoriales y se internó en el océano, a unas 200 millas náuticas de la costa. Las olas golpeaban con tal fuerza que el propio tripulante confesó que prefería no mirar demasiado al horizonte mientras vigilaba posibles patrullas de la marina.
Tras 12 horas, la lancha redujo levemente la marcha para encontrarse con un semisumergible —un “narco-sub”— que apareció en la superficie. En cuestión de minutos, los tres hombres de la go fast transfirieron medio tonelada de cocaína, valorada en unos 12 millones de dólares en la calle, al pequeño submarino, que continuó rumbo al norte, hacia México, antesala del mercado estadounidense.
Por ese viaje, el joven contrabandista recibió alrededor de 10.000 dólares, una fortuna en Colombia, pero muy por debajo de lo que gana el piloto. Rara vez vuelve a ver a las mismas personas: la lógica del negocio es fragmentada, basada en subcontratistas que cobran “por carga entregada”.
Bombardeos, “narco-terroristas” y los límites de la estrategia
En este nuevo escenario, Donald Trump y su secretario de Defensa, Pete Hegseth, han presentado a estas tripulaciones como “narco-terroristas” y “objetivos legítimos”, equiparando su persecución con la de organizaciones como Al Qaeda. El Pentágono asegura haber dado de baja a 83 personas en más de veinte ataques contra embarcaciones que, según Washington, transportaban drogas.
Expertos y excomandantes de la marina colombiana advierten, sin embargo, que el flujo de embarcaciones es muy superior a las que han sido atacadas desde que comenzaron los bombardeos en septiembre. Cada mes se mueven decenas de lanchas rápidas, semisumergibles, botes pesqueros y otras naves, muchas más de las que EE.UU. y Colombia logran interceptar o destruir.
La geografía juega a favor de los traficantes:
- Unos 1.000 kilómetros de costa sobre el Caribe y otros 800 sobre el Pacífico.
- Más de un centenar de ríos y canales que conectan directamente la jungla productora de coca con el mar.
- Pueblos aislados donde el Estado casi no llega y la economía legal no ofrece alternativas.
Con ese escenario, para los operadores del negocio lo más eficiente es comprar espacio en una lancha ya organizada, en lugar de montar una estructura propia. El resultado es una “economía de carga” donde grupos armados como el Clan del Golfo cobran por proteger y autorizar los embarques, mientras inversionistas y bandas pagan por transportar desde unos kilos hasta toneladas completas.
Entre el miedo a los misiles y la tentación del dinero fácil
En los caseríos de la costa, algunos marinos veteranos ya se replantean si volver a subir a una lancha cargada de cocaína. Los relatos de barcos destruidos desde el aire han encendido las alarmas: muchos calculan si el pago compensa el riesgo en un entorno donde no solo se juega la vida del tripulante, sino el futuro de familias enteras que dependen de ese ingreso.
El joven contrabandista del Pacífico reconoce que los ataques le generan temor, pero también admite que, si le ofrecen unos miles de dólares más por un nuevo cruce, probablemente acepte. Esa lógica resume el reto para las autoridades antidrogas: mientras el negocio siga ofreciendo pagos que multiplican el salario local en una sola noche y las rutas sigan abiertas, la combinación de pobreza, geografía y demanda internacional hace que siempre haya alguien dispuesto a tomar el timón de la próxima lancha rápida.


