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Muere Mijail Gorbachov, el último líder soviético

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Por morfema.press

Muere Mijail Gorbachov, el último líder soviético


El exdirigente soviético Mijai Gorbachov, artífice de los primeros pasos de la Rusia moderna, ha muerto este martes en un hospital de Moscú a los 92 años de edad. Gorbachov ha fallecido tras una larga enfermedad, según el Hospital Clínico Central, informa la agencia Interfax.

Gorbachov, por Francisco Herranz en El Mundo

El último presidente de la URSS y padre de la perestroikaha muerto hoy en Moscú a la edad de 91 años. A Mijaíl Serguéyevich Gorbachov, el primer y último presidente de la Unión Soviética, le cambió la vida cuando tenía 11 años y estaba en quinto curso. Su familia era tan pobre que no tenía dinero para comprarle zapatos. «Misha debe ir a la escuela», dijo por carta desde el frente su padre, Serguei Andréyevich, en cuanto se enteró de aquella lamentable circunstancia. Su mujer, María Panteléyevna, vendió todo lo necesario para que el pequeño Mijaíl pudiera continuar sus estudios. El muchacho se aplicó, recuperó el tiempo perdido y sacó muchos sobresalientes. Aquel esfuerzo valió la pena, pero poco podía imaginarse lo que le depararía el futuro.

Corrían muy malos tiempos por aquel entonces en la aldea de Privólnoye, situada en el territorio de Stávropol, en la zona meridional rusa. Los nazis ocupaban esta región próxima al Cáucaso y todo el mundo estaba movilizado en el esfuerzo de la guerra. Cuando el padre regresó del frente en 1945, tras el fin de las hostilidades, Misha ya sabía manejar solo una máquina cosechadora.

En el verano de 1948 padre e hijo consiguieron una cosecha récord -cinco o seis veces por encima de la media- trabajando 20 horas al día, lo que le valió recibir a los 17 años nada menos que la Orden de la Bandera Roja del Trabajo, un privilegio poco común para esa edad pues suele estar reservado por lo general a antiguos obreros con toda una vida de experiencia y de trabajo duro y fiel. Esa medalla, su pasado de campesino y su buen expediente académico le sirvieron para ser elegido entre los que solicitaban una plaza para estudiar Derecho en la Universidad Estatal de Moscú, la más prestigiosa del país.

Allí conoció a Raisa Titorenko, una bella e inteligente joven con la que se casó en 1953 tras un breve cortejo. Tuvieron una hija, Irina. Después de licenciarse, regresó a su región natal donde le ofrecieron un puesto en la Fiscalía que rechazó. Prefirió hacer carrera política dentro del Komsomol, las juventudes comunistas.

Inteligencia, astucia, don de gentes pero también suerte. Esas fueron las circunstancias que le llevaron a ser nombrado séptimo secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) el 11 de marzo de 1985.

El azar hizo que Gorbachov naciera y se criara precisamente en Stávropol, una vasta región sureña, rica en cereales y apreciada por sus balnearios de aguas termales y casas de reposo (Pyatigorsk, Minerálniye Vodi y Kislovodsk), donde descansaban altos cargos como Mijaíl Súslov o Yuri Andrópov.

Cuando ya era jefe del partido en Stávropol siempre procuraba recibir a los veteranos miembros del Comité Central que llegaban a descansar a su tierra. Fue en esas reuniones informales donde Andrópov vio el potencial del ‘benjamín’, el reemplazo generacional que buscaba para liderar el Estado.

Dentro del delicado teatro de alianzas, Gorbachov se granjeó un amigo en la cúpula soviética, un buen padrino que le informaba de lo que se cocía en Moscú. Ese hombre se llamaba Fiodor Kulakov, y llegó al Politburó en 1971 tras ser el jefe del partido en Stávropol. Incluso algunos le consideraban un posible sucesor del mismísimo Leonid Brézhnev. Por desgracia o por fortuna para Gorbachov, Kulakov falleció repentinamente en julio de 1978. Pero entretanto su nombre ya había sonado como candidato a ministro de Agricultura o para dirigir el Departamento de Propaganda.

Seleccionado a propuesta de Súslov y Andrópov -éste último oriundo de Stávropol-, la promoción de Gorbachov al sanedrín del partido se debió fundamentalmente a un intercambio de favores entre grupos adversos. Desde julio a noviembre de 1978 el futuro premio Nobel de la Paz de 1990 fue objeto de especial escrutinio por unos y otros. Y el 17 de septiembre de 1978 se había producido en la estación de tren de Minerálniye Vodi una determinante «entrevista de trabajo». Brézhnev y Chernenko venían desde Bakú y allí se encontraron durante dos horas con Gorbachov, que iba acompañado de Andrópov. La histórica reunión supuso la primera de una serie de jugadas suyas maestras.

Cuando Gorbachov llegó a Moscú como secretario del Comité Central, en diciembre de 1978, tenía sólo 47 años y era el más joven de una elite soviética que sufría un envejecimiento galopante. Con esos ‘galones’ podía asistir a las reuniones de Politburó, pero no votar las resoluciones.

Como si tratara de una partida de ajedrez, que se prolongó durante años, manejó los peones propios y contrarios, con jugadas precisas y otras no tanto, para conseguir finalmente convertirse, recién cumplidos los 54 años, en el hombre más poderoso del país más grande de la Tierra. Y sabía ser inflexible cuando debía. «Al contrario que Jrushchov, no tiene complejo de inferioridad. Confía mucho en sí mismo, en su capacidad de mando y está muy seguro. Es tan duro como Brézhnev pero más culto, más hábil, más sutil… Brézhnev se servía de un cuchillo de carnicero para negociar. Gorbachov utiliza un estilete. Pero bajo el guante de terciopelo que siempre lleva se esconde un puño de acero». Ese es el comentario que le hizo el expresidente Richard Nixon a Ronald Reagan tras entrevistarse en julio de 1986 con el líder soviético.

Gorbachov se planteó ejecutar una titánica tarea, aunque lo hizo con desigual fortuna. No triunfó en la reforma económica ni en la espinosa cuestión de las nacionalidades, pero sí logró forjar la transformación política de la URSS y fundamentar una nueva etapa en las relaciones internacionales. Aunque fue incapaz de hacer frente plenamente a la agonía de un dinosaurio, pasó con sobresaliente la prueba básica: se negó a usar la fuerza para cumplir sus objetivos. Y eso fue un golpe decisivo a la lógica del totalitarismo.

En el plano político impulsó la democratización interna del PCUS, la modificación de la Constitución para permitir el pluripartidismo y la conversión del país en una república presidencialista. En política exterior, retiró en 1989 las tropas soviéticas de Afganistán, normalizó las relaciones con China, firmó acuerdos de desarme nuclear con Estados Unidos, y replegó unilateralmente a miles de soldados del Ejército Rojo despegados en Europa. Lanzó medidas que llegaron tarde para acercar el sistema a la economía de mercado, promoviendo la liberalización de los precios fijados por el Estado o la creación de cooperativas. No le prestó suficiente atención a las tensiones interétnicas. Cuando se quiso dar cuenta del peligro que eso suponía para la misma existencia de la Unión Soviética, la secesión de las Repúblicas Bálticas ya era un hecho consumado.

La Perestroika o reestructuración y la Glásnost o transparencia informativa descarrillaron porque implicaban una transformación cuádruple y simultánea del régimen soviético. Pero sobre todo no alcanzaron sus objetivos porque los cambios fueron torpedeados implacablemente tanto por reformistas como por conservadores.

Los primeros, capitaneados por el imprevisible presidente ruso Boris Yeltsin, porque querían que el proceso se acelerara al máximo. Los segundos, aliados de Yegor Ligachov, porque temían perder sus privilegios.

El principal error de Gorbachov fue que no actuó con más rapidez y firmeza. Dejó que gran parte de sus colaboradores conspirara contra sus planes y perpetrara un golpe de Estado en agosto de 1991 que tuvo a todo el mundo tres días en vilo. La asonada fracasó porque algunos no estaban dispuestos a volver al pasado. Él soñaba con «un socialismo con rostro humano» y era sincero cuando pensaba que «a más democracia, más socialismo». Luego la experiencia le demostró que eso era imposible en su país.

Como apunta la politóloga del Carnegie Moscow Center, Lilia Shevtsova, «hay muchos nombres célebres que han moldeado el curso de la historia reciente: Winston Churchill, Charles de Gaulle, Margaret Thatcher, Helmut Kohl, Ronald Reagan, Vaclav Havel, y Lech Walesa. Todos son líderes que en momentos decisivos determinaron el curso de la historia de sus países. Pero solo un líder -Gorbachov- determinó la historia del orden global a largo plazo». Él fue sin duda el personaje principal de un drama griego; transformó el tablero mundial y en favor de la paz, pero en su patria fue considerado un Terminator o incluso un traidor a la patria

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