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Régimen cubano, contra las cuerdas por la presión de jamás haber producido nada: cierra hoteles y limita la atención sanitaria

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Desde el pasado 3 de enero, fecha en la que se interrumpió el flujo diario de combustible procedente de la Venezuela de Nicolás Maduro, la situación en Cuba se ha deteriorado con rapidez. La falta de petróleo ha obligado al régimen a cerrar establecimientos hoteleros y a redistribuir visitantes en enclaves turísticos como Varadero, al tiempo que hospitales, escuelas y transporte operan bajo mínimos.

La Gaceta de la Iberosfera

Lo que durante años fue precariedad estructural se ha transformado en una crisis aún más profunda. La red sanitaria apenas funciona. Las cirugías oncológicas se han suspendido y el resto de intervenciones se limitan a urgencias estrictas. La reducción de personal y de recursos marca el día a día de los centros médicos.

El transporte interior roza la paralización. El ferry que conecta la isla principal con Gerona, en Isla de Pinos, apenas presta servicio. Los apagones se han normalizado y la ausencia de electricidad complica el suministro de agua potable. En las farmacias faltan tratamientos básicos para la hipertensión, la diabetes y otras dolencias crónicas.

En las escuelas, el deterioro resulta visible. Osmel Rodríguez, profesor de secundaria, describe a El Debate un panorama que conoce por experiencia directa. Relata que muchos alumnos asisten sin calzado adecuado, con ropa deteriorada y sin haber desayunado. Los mareos y desmayos durante las clases o en actos matutinos se han vuelto habituales.

Las clases también se han reducido ante la escasez de combustible. El propio docente admite que su generación no ha conocido otra cosa que la escasez desde la llegada de Fidel Castro al poder en 1959. A su juicio, el sistema acabó homogeneizando a la población en la dependencia del Estado.

Rodríguez sostiene que el envío puntual de crudo desde países aliados no resolverá el problema de fondo. Aspira a vivir de su salario y a no depender ni del Gobierno ni de familiares en el exterior. Expresar esta opinión, reconoce, puede acarrear represalias, aunque afirma que el miedo ya no paraliza como antes.

En la calle, el desánimo se mezcla con una indignación creciente. La falta de alimentos, de electricidad y de medicamentos dibuja un escenario de agotamiento social. Mientras tanto, el régimen descarta cualquier negociación con Estados Unidos y mantiene su cierre político.

La presión internacional sobre La Habana se intensifica en un momento en el que el sistema muestra signos evidentes de asfixia. La crisis energética ha dejado al descubierto la fragilidad de un modelo incapaz de garantizar lo más básico a su población.

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