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Esclavas de las brigadas médicas de Cuba: «Somos prisioneras de la dictadura comunista»

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Por Yésica Sanchez en Libertad Digital

Aliocha y Yamilka tuvieron que separarse de sus hijos cuando aún eran muy pequeños para ir de ‘misión’ a Venezuela, donde fueron vejadas y acosadas.

Más de 50.000 cubanos -se cree que la cifra real puede alcanzar los 100.000- son explotados por el régimen comunista en las llamadas ‘Misiones de internacionalización’. Profesionales civiles (médicos, profesores, ingenieros, etc.) a los que envían a trabajar fuera de la isla en condiciones de auténtica esclavitud. Se apropian de alrededor del 85% de su salario, les retiran el pasaporte y les vigilan de cerca, como si se tratase de prisioneros. Muchos de ellos incluso denuncian abusos, acoso y maltrato.

La primera de estas misiones salió de Cuba el 23 de mayo de 1963 con destino a Argelia. Una expedición, formada por 54 sanitarios, que la dictadura vende al exterior como un envío de ayuda humanitaria desinteresada y sin precedentes, como se puede observar en la web del Ministerio de Salud Pública. Una imagen romántica y altruista que poco tiene que ver con la realidad que viven los cubanos que salen de misión, como explican las dos doctoras a las que LD ha recogido testimonio.

El relato de Aliocha Batista y Yamilka Izquierdo es especialmente interesante porque, durante mucho tiempo, los que salían a trabajar fuera de la isla -siempre bajo el férreo control de la dictadura- eran los sanitarios. Se conocían como ‘Brigadas médicas’. El régimen las utilizaba –y utiliza, como ha hecho durante la pandemia- para hacerse propaganda y alimentar el falso mito de la sanidad cubana.

Estas misiones han llegado a 163 países, según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Pero en 2003 hubo una campaña especial a Venezuela. Precisamente allí estuvieron las dos médicos que ahora quieren compartir su historia, con la esperanza de que el granito de arena contribuya a propiciar «el cambio». «Yo creo que le está llegando el final a este régimen, la gente está despertando. Están muriendo los que están ciegos, las personas que no ven nada más, y se está levantando un grupo de jóvenes que está cambiando el país», asegura Aliocha.

Ellas lograron fugarse. En la actualidad, viven en Bogotá (Colombia) y Virginia (Estados Unidos), respectivamente. Pero, aún hoy, recuerdan los años de misión con mucha angustia. Fueron separadas de sus familias. En ambos casos, tenían niños muy pequeños. Recibieron acoso, maltrato, humillaciones… Y, una vez lograron escapar del infierno, siguieron intentando castigarles, poniendo trabas para que no consiguieran «los papeles».

Hambre, abandono, tiroteos y agresiones

La historia de Aliocha Batista bien podría servir para escribir un guion cinematográfico. Ella es especialista en medicina familiar, ejerció como profesora universitaria en la Facultad de Calixto García de La Habana y llegó a ser Jefa del Departamento de Ciencias Básicas. Salió de misión dos veces, ambas a Venezuela. «Fui de los primeros médicos en llegar allí», señala.

La primera vez fue en 2003. Estuvo cuatro años, y la experiencia fue muy traumática. La obligaron a separarse de su hija cuando era sólo un bebé. Aún no tenía los 9 meses. Durante el primer año en Venezuela, no le permitieron volver ni una sola vez. «Fue muy duro, fue muy duro lo que vivimos», insiste, «vivimos mucho acoso de la dirección de la misión. Fue terrible, terrible… Acoso de todo tipo: psicológico, presiones, agresiones sexuales…». Lo peor que te podría pasar es «que un coordinador se enamorara de ti». «Te mandaban para al peor lugar de todos si no accedías», añade.

La doctora Batista junto a sus compañeros de misión en Venezuela

Por otra parte, los trabajadores de la misión vivían en condiciones deplorables. No recibían asistencia sanitaria cuando la necesitaban, pasaban hambre y vivían con miedo. «Nos soltaban en barrios donde había mucho peligro» sin preocuparse de nada más. «Se formaban tiroteos. Prácticamente dormíamos en el piso (suelo), no se podía dormir en la cama por si un tiro entraba», explica. Lo único que controlaban es que no se escaparan o entablaran relaciones personales con nacionales. «Pasaban sólo para ver si salíamos de allí o teníamos un novio venezolano», explica.

Se alojaban con familias de allí. En la primera casa en la que estuvo Aliocha, con sus compañeros de grupo, pasaron «bastante hambre». «Vivíamos en una casa con una mujer y su esposo. Tenían cuatro hijos y solamente trabajaba ella, en una peluquería. Se comían toda la comida que comprábamos nosotros», relata. «Bajé 10 kilos en 3 meses. Hice más dieta forzada que la que he hecho toda mi vida».

La muerte de Chávez le salvó la vida

Según cuenta Aliocha, «el hecho más traumático fue la amenaza tan terrible que recibí en la segunda misión». Todo comenzó cuando en 2007, a su vuelta, decidió -junto a su esposo- salir de Cuba. Él era misionero cristiano y «la Iglesia le estaba abriendo una oportunidad para trabajar con nuevas tribus». Tenían que intentar aprovechar esa circunstancia, aunque sabían que no sería fácil. «Nosotros somos prisioneros del imperio, prisioneros de ellos, de esa dictadura comunista», asevera.

Así que hicieron los trámites «sin que nadie lo supiera, todo bien escondido». Su marido logra salir con esa «invitación que le hace la Iglesia» y entonces «pide para que vayan los niños», que pudieron reunirse con su padre aprovechando un periodo vacacional, el 21 de agosto de 2012. A partir de ese momento, a ella -aún en Cuba- le tocó fingir que todo era normal y ellos iban a volver. Así, durante 8 meses. «Fue la experiencia más terrible para mi vida. Debuté con hipertensión, todo porque tenía que estar viviendo una doble vida». La estaban vigilando. «Me visitaban en mi casa», señala.

Debían sospechar, porque el Gobierno cubano retrasó todo lo posible la salida de su segunda misión. En 2013, cuando por fin llegó a Venezuela -esta vez lo deseaba con todas sus fuerzas- pidió un traslado. Estaba en Maracaibo y quería irse a Monagas, para estar cerca de su familia. Pero se enteraron, la amenazaron con darle «fin de misión» y le quitaron el pasaporte. Ni siquiera podía salir de la casa donde se alojaba. «Yo era una posible desertora», explica.

Aliocha atendiendo pacientes durante su misión en Venezuela.

La situación se había complicado mucho, pero un golpe del destino cambio su suerte. «Lo que a mí me salva la campana es que se muere Chávez», exclama. Corría el 5 de marzo de 2013. El caos se apoderó de la ciudad. A ella la encerraron en una de las casas en las que alojaban a cubanos de misión. Tenía una reja y pensó que poco podía hacer. Pero «un ángel» de carne y hueso la ayudó. Era profesor. «Dejó la llave», indica. «Yo creo que lo hizo intencional, aunque él no me lo dijo de frente».

En ese momento, emprendió su fuga. En primer lugar, tuvo que averiguar qué llave de aquel manojo abría cada uno de los tres candados. Y hacerlo «sin hacer bulla», eran cerca de las cuatro de la madrugada. Cuando logró salir, allí estaba él… Mirándola. «No me despidió ni nada, pero realmente fue un ángel». Entonces, salió corriendo, saltó una valla de dos metros, escalando por los barrotes terminados en punta… Y pudo escapar.

La recogió uno de los pastores que trabajaba con su marido. La llevó a su casa, le facilitó lo necesario y le consiguió un billete de autobús a Caracas, donde la estaban esperando otras dos hermanas de la Iglesia. Ellas la llevaron a una vivienda donde se reunió con su familia y estuvo escondida durante tres meses. Después, inició los trámites para legalizar su situación. Una odisea que daría para varios capítulos de un libro.

Sin tener resuelto el tema de «los papeles», tuvieron que marcharse del país. «La gente de la izquierda empezó a amenazar a los cubanos que estábamos allá», por tratar de advertirles. «Nos encargábamos de decir que Venezuela iba para donde estaba Cuba» y ellos pensaban que «estábamos echando a perder allá la revolución».

A su marido llegaron a secuestrarlo. Incluso «le dispararon tres veces», asegura, pero «gracias a Dios, esa arma se encasquilló y, por la gritería de mi familia, vino mucha gente a ayudarnos». «El Señor no lo permitió», sentencia. Pero temían por sus vidas y se marcharon. «Desde el año pasado, somos refugiados políticos colombianos, tanto del régimen de Maduro como del régimen de los Castro».

Intercambio de médicos por petróleo

Yamilka Izquierdo tiene 49 años de edad y es especialista en medicina integral. Como la mayoría de sus compañeros de la universidad, salió de misión en cuanto se graduó, en 2003. Cuba se había convertido en una especie de exportador de médicos y hacía lo que fuese necesario para cumplir con los acuerdos alcanzados con países como Venezuela, con el que intercambiaba sanitarios por crudo. «La misión estaba necesitando más médicos y se graduó de manera acelerada a esa promoción de especialistas», asegura.

En un primer momento, no la obligaron. Se fue porque no encontró «mejor solución», dada la situación en la isla caribeña. Pero el precio fue demasiado alto. «Dejé a mi hija muy pequeña, de 3 años, con su papá. Estuve durante 10 largos años entrando y saliendo del país. Cada vez que decidía terminar la misión y regresaba a Cuba, la economía estaba peor y no había más remedio que volver a salir».

«Mi hija creció sin tener a su mamá al lado», lamenta, «y eso es una realidad que tienen miles de cubanos. No solamente madres, también padres». Por otra parte, mientras estaba en la misión, falleció su madre. No pudo despedirse. «Cuando pude entrar a Cuba ya estaba muerta». Además del coste personal, el trabajo no era muy alentador, dada «la persecución que se vivía por parte de los miembros de la seguridad de Cuba que estaban en Venezuela».

Los médicos estaban sometidos a muchísima presión para que las cifras cuadraran. La dictadura engordaba la cuenta y ellos tenían que hacer los ajustes necesarios para que no se notara. «Había que estar tratando todo el tiempo que las estadísticas cuadraran con los datos esperados por la Jefatura de la misión», explica. De ellos dependía «el pago de Venezuela».

Tampoco era fácil «vivir con los nacionales» hasta que -años más tarde- se crearon «los módulos». Se producían «conflictos» e incluso «agresiones». Y esto les llevaba a continuas mudanzas. Después de 10 años con esa tensión, Yamilka decidió dejar las misiones y estudiar una nueva especialidad, comenzar una nueva vida. Pero el régimen comunista tenía otros planes para ella.

«Yo quería hacerme angióloga» y «continuar la vida en familia», asegura. Pero se lo negaron. Se iniciaba una nueva misión en Brasil y no tenían suficientes relevos, le dijeron. Así que no le autorizaron que iniciara los estudios deseados. A cuenta de que «la educación es gratis», «todo está bien dirigido, no puedes estudiar lo que tú quieras», asevera.

Cuando la suerte no te sonríe

Pasado un tiempo, el poco dinero que pudo ahorrar durante la misión en Venezuela se agotó y se fue a Brasil, como le pedía el Gobierno cubano. Era una misión de 3 años. Los cumplió, «que era mi compromiso», pero ya no regresó a Cuba. Quería salir del país «de una manera legal», pero «no la había». Sólo podían hacerlo «desertando» o a través «de un programa, que ya desapareció, que permitía a los profesionales cubanos emigrar a los Estados Unidos con su familia». Así que intentó hacerlo por la segunda vía. «Solicité visa para los Estados Unidos en el Consulado de Sao Paulo, donde yo vivía», explica.

Según el mencionado programa, Yamilka tenía que haber podido llevar con ella a su familia en menos de tres meses. «Muchos médicos lo lograron hacer», exclama. Pero tuvo la mala suerte de que hubo problemas con la documentación de su hija y en ese ínterin la situación cambió. «Cerraron la embajada, quitaron el programa y eso nos dejó en un limbo… Con la familia en Cuba, con toda la tramitación hecha y después de 2 largos años de estar esperando que se nos diera una respuesta, nunca se nos dio».

Entonces, decidió iniciar la documentación «por la vía normal» que utilizan «los emigrados». Aún hoy está «en la espera», su hija sigue en Cuba y Yamilka no puede entrar en su país. Es «el castigo» por no haber regresado al finalizar la misión. Ha llegado a estar 5 años sin poder abrazarla, hablando con ella sólo a través de Internet. Sólo en una ocasión le dejaron entrar en el país para verla. Fue porque tuvo problemas psicológicos y psiquiátricos graves, y pidió una visa humanitaria que le permitió estar con ella durante 15 días. Hoy, su pequeña ya tiene 21 años y lleva tres años «sin poder abrazarla, sin poderla besar».

Historias como esta llevan a la «desesperanza» al pueblo cubano, que «ha perdido el deseo de vivir», reflexiona Yamilka. «La situación política de Cuba es bien deprimente», afirma, «por esa situación de que un grupo de personas se crea con el derecho a dirigir la vida de millones». Algo que ha sido posible gracias al «nivel de adoctrinamiento» que el régimen comunista ha conseguido. «Es una estrategia muy bien diseñada», pero «yo estoy en las que se dan cuenta de que el cuento no es como te lo contaron».

Ella abomina «la doble moral» de los dirigentes cubanos. «Están persiguiendo a todo el mundo, mientras que ellos están robando», afirma. Eso la entristece y llena de rabia. Ha necesitado alejarse, para minimizar el dolor. Pero «yo amo a Cuba, eso no me lo quita nadie», sentencia. «Sueño con volver a caminar por sus calles, lloro cuando oigo música cubana, se me eriza la piel con el himno nacional, tengo dos banderas en mi casa y también un cuadro con una palma real que me recuerda que soy cubana todo el tiempo». «Ellos me pueden quitar el derecho a entrar en mi patria, pero nunca el derecho a sentir amor por Cuba».

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